En Sociedad > amor
El ser humano mantiene en su identidad global una bella controversia entre lo físico y las ensoñaciones, y de allí surge el sentimiento posesivo y el idealismo espiritual.
Amor a primera vista, expectación, arrobamiento, pasión y admiración, componentes casi primarios diríamos, son los resortes que conducen a la emoción cuando por primera vez conocemos, rozamos o miramos a alguien como fugaz visión, y que es la identidad biológica hacia ese otro ser aún desconocido, pero que se presiente cercano cuando la imaginación desborda los límites secretos de la nostalgia y se va conformando una subyugante y posesiva pasión idealizada, pero nutrida y fortalecida por el deseo y la excitación material, lo cual química y biológicamente es imposible de rechazar.
Se idealiza y se quiere inmortalizar el rostro, la voz, los ademanes y el aroma del ser que nos llega como una visión de paraísos donde la identidad espiritual conmueve y confude esa primera vez, esa primera visión en amor platónico, en esencia pura, en un palpitar estremecedor que nos hace levitar en la más inocente expresión de ensoñación donde las diosas y los dioses nos purifican el alma y nos colman de dicha.
Pero...cuando la identidad biológica infiltra a la identidad espiritual, se desata una controversia, un dilema, un estado de posesión física contra un arrobamiento de idílicas percepciones que riñen entre el abrazo y el beso y los suspiros, mirando y admirando la foto del ser amado, así sea imaginario.
Pero esa es la condición humana y para ella vivimos. Porque después de todo, somos parte de esa hermosa contradicción.
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