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Sería imposible discutir la importancia que revisten los medios y la injerencia de los mismos en el desenvolvimiento de la opinión pública. El ejemplo más claro, quizás fundador, de esta creciente – tal vez indetenible – relevancia de los medios podría situarse en los años previos al estallido que fue la expresión final de un proceso gestado durante décadas: la Revolución Francesa de 1789. En una época en la que no existían dispositivos tecnológicos como los que han ido surgiendo a lo largo de los últimos años (Internet como caso paradigmático), los folletines, los periódicos, la prensa en general, funcionaban como difusores de ideas en una sociedad que deseaba ver a un sistema despótico absuelto, representado por el rey y la monarquía absoluta. Abolido el sistema de monarquía absoluta, se proclamó el 27 de agosto de 1789 la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que en su artículo 11 prescribe: “la libre comunicación de los pensamientos y las opiniones es uno de los derechos más preciosos del hombre: todo ciudadano puede, por tanto, hablar, escribir, imprimir libremente, con la salvedad de responder por el abuso de esta libertad en los casos determinados por la ley.”
El proceso de transformación que ha sufrido la sociedad ante el advenimiento del capitalismo más salvaje se puede demostrar claramente con un par de hechos esclarecedores: por un lado, el crecimiento de los holdings, las fusiones empresariales y la concentración de los medios (cine, televisión, radio, diarios, etcétera), en unos pocos y multimillonarios propietarios. Por otra parte, es también ejemplificador el rol que juegan las agencias de noticias, que venden a las mismas como si fueran mercancías. Éstas terminan poseyendo uno u otro valor según su “importancia” (determinada subjetivamente por la agencia). El monopolio de la comunicación aumenta y los medios se convierten en empresas que buscan, como en todo sistema capitalista, obtener el máximo beneficio posible. A este hecho abominable se opuso incansablemente la UNESCO a través de Sean MCBride y su Informe titulado Un solo mundo, voces múltiples, en el que entre otras cosas se pugna por el equilibrio informativo mundial, la distribución equitativa de los ingresos, la oposición a los monopolios y por supuesto, la libertad de opinión, expresión, información; el derecho a comunicar.
A la luz de estos hechos, nuestro objetivo será demostrar que en la sociedad “hipermediática” actual la información se ha deificado, se ha transformado en un producto y es tratada por los medios con la lógica propia de las empresas. Asimismo, remarcaremos dos aspectos de la desinformación generada por el manejo mediático: la “desaparición” paulatina o repentina de la información y el no-análisis crítico de aquellos datos que son brindados a, en nuestro caso, los lectores. Tomaremos como ejemplo paradigmático el caso Blumberg y su repercusión en los medios de comunicación a partir de artículos tomados del diario Clarín. En este sentido, serán vitales y enriquecedoras las palabras de Juan Francisco Seguí, profesor de derecho en el Colegio Nacional de Buenos Aires y abogado.
Los hechos
Tras un largo período de inestabilidad política y descontento social generado por la crisis del 19-20 de diciembre de 2001, que dejó como saldo un sentimiento de inseguridad casi permanente que se fue acrecentando con el tiempo, se produjo una ola de secuestros que fueron informados permanentemente por los medios. Sin embargo, ningún caso tuvo la repercusión y la duración en la escena mediática como el caso Blumberg, concebido como “caso” a partir del asesinato de Axel Blumberg, noticia publicada en Clarín el 24 de marzo de este año . A partir de allí, Juan Carlos Blumberg, padre de Axel, comenzó una escalada en los medios que se prolongó hacia la vida política. Como ejemplos podemos mencionar las marchas a Plaza de Mayo por él convocadas, que tuvieron respuesta masiva, los pedidos de penas más duras a través del Petitorio Blumberg , y su paulatina inserción en las discusiones del Congreso . Luego de un auge mediático que lo tuvo en el centro de la escena, Juan Carlos Blumberg desapareció progresivamente y poca es la información actual que se brinda sobre su accionar político y sus pedidos de justicia. También es nula la información brindada sobre el estado de la investigación, que instintivamente podría decirse que quedará impune, como suele pasar con los crímenes más atroces ocurridos en este país.
Como primera propuesta diremos que tres factores que influyeron en esa decisión fueron actitudes de Blumberg en los medios de comunicación respecto de temas conflictivos: en primer lugar, sus dichos poco felices sobre el caso Bordón; en segundo término, la designación de su abogado, Roberto Durrieu, un ex funcionario de la dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla; en tercer término, su alineamiento con el diputado Casanovas, defensor de la mano dura. Ante esto, el medio habría decidido apartar del plano informativo a la figura de Juan Carlos Blumberg, para evitar cualquier generación de conflicto. Estos tres factores son parte de un proceso más amplio de manejo mediático.
“Los medios en la Argentina gozan de una impunidad y de un poder casi incomparable. El sistema político argentino es débil, al punto de que casi se quiebra en el año 2001 y los límites puestos a ese factor de poder que son los medios de comunicación son casi nulos. Amparados en la libertad de expresión y la real malicia su vulnerabilidad es casi inexistente”. La libertad de expresión que menciona Seguí está reglamentada en el artículo 14 de la Constitución Argentina: “Todos los habitantes de la Nación gozan de los siguientes derechos conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio; a saber: (...)de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa.” . Asimismo, el Pacto de San José de Costa Rica, en su artículo 13 establece que “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento y de expresión. Este derecho comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole (...)”. Del mismo modo, la Declaración Universal de Derechos Humanos afirma en su artículo 19 que “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de (...) investigar y recibir informaciones y opiniones y el de difundirlas (...), por cualquier medio de expresión”. Estas tres citas, en consonancia con el artículo 75 inciso 22 de la Constitución, agregado en la Reforma de 1994 y que incorpora lo reglamentado en los pactos y tratados internacionales como leyes supremas de la Nación, por encima de las leyes (siempre y cuando no contradigan algún artículo de la Constitución), dan muestra de la legislación vigente respecto de la libertad de expresión. Ahora bien, ¿hasta qué punto puede realmente un ciudadano ejercer este derecho? “Hoy, la libertad de expresión está reservada casi exclusivamente a los medios de comunicación, que conforman grandes grupos empresariales con ganancias multimillonarias y que sólo darían espacio a alguien con el suficiente capital económico para pagar una aparición en el medio. En otras palabras, el medio se comporta pura y exclusivamente como una empresa. Vende el derecho a expresarse libremente.” En el caso elegido por nosotros, el medio en cuestión es el diario Clarín, perteneciente al Grupo Clarín, liderado por Ernestina Herrera de Noble. Como toda empresa capitalista, busca maximizar sus beneficios, aumentar sus ventas y para ello debe lograr que su información produzca lo que Seguí bien describe como “shock de ventas”, tal como ha ocurrido con el caso Blumberg, el caso Juan Castro, la internación de Maradona, etcétera. Antes de comenzar el desarrollo propio del caso, debemos hacer referencia a otro derecho, el derecho a la comunicación. Englobando al derecho a la información, al derecho a la expresión y a la opinión, hace referencia a un diálogo, a una interacción entre partes. Y si bien está descripción es bastante utópica es por ello por lo que se debe luchar: que la relación no sea entre una parte que informa (medios) y otra que se informa, compra y consume (público), sino entre dos partes que funcionen como interlocutoras.
En nuestra hipótesis trataremos de mostrar cómo Clarín trata el caso Blumberg y cómo maneja la información. Como afirma Seguí, “los medios de comunicación, a la hora de informar, toman como ‘escudo’ a la libertad de expresión, y por detrás aplican los principios básicos de la matriz empresarial”. La explicación de esta propuesta puede desarrollarse de la siguiente manera: el diario, en su propósito por maximizar las ganancias, por vender más, aprovecha un momento en el cual el clamor popular por seguridad y justicia se hace oír fuertemente y toma un caso resonante como el asesinato de Axel Blumberg para comenzar a desarrollar a la información como un producto de la comunicación. El primer paso consiste en delimitar ese producto: centra la mira en la persona de Juan Carlos Blumberg, y delimita sus características: padre, empresario, con trabajo, de clase media, con aspiraciones y sueños y que al matarle al hijo le han quitado “las ganas de vivir”. Esa descripción es la piedra basal para que, a partir de brindarle espacio mediático comience a delimitarse la identificación social de Blumberg con el sujeto comprador del diario. El segundo paso consiste precisamente en que esa identificación se haga carne en la clase media, que la misma vea en Blumberg el prototipo de ciudadano medio que pone en práctica los reclamos de toda la sociedad, que accede a los medios por su voluntad y su movilidad (cuando en realidad son los medios los que deciden en la inclusión o no-inclusión de determinada información). Aquí se aplica el principio empresarial de la construcción del sujeto comprador del producto. Y es en este paso donde se concreta la transacción: identificación social del comprador con lo que se vende en el diario y posterior beneficio económico del mismo. El producto ya tiene comprador. A pesar de carecer de datos económicos que permitan confirmar empíricamente la afirmación, es casi instintivo establecer la relación de proporcionalidad directa entre aparición de Blumberg y aumento de beneficios. “Es evidente – dice Juan Francisco Seguí – que nunca se podrá acceder, por ejemplo, a un dato tan relevante como es saber cuánta publicidad se vendió y cuánto se cobró por ella estando Blumberg en los medios y compararlo con la situación de Blumberg estando ausente de los mismos. La información termina siendo, además de un producto, un condicionante para temas como las tarifas publicitarias, o la tirada de los diarios”.
En el camino de mostrar el manejo del personaje Blumberg como producto hay que hacer mención al artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que establece que todo individuo no sólo tiene libertad de expresión (como sí lo dice la Constitución Nacional, que sólo refiere a esa parte de lo que hoy es el derecho a la comunicación), sino que también señala el derecho a informar y a informarse, a difundir y recibir información. Y en este sentido es que los medios, aplicando una política empresarial, desinforman o en última instancia, informan sólo cuando les resulta conveniente. En nuestro caso, podemos afirmar que Clarín, como ya fue mencionado en la introducción, primero se aparta de una visión crítica de los hechos que informa (en los artículos del anexo se observa claramente, tan sólo en algún caso aparece una pequeña columna de opinión o, se propone un “debate sobre seguridad” en el que el diario se limita a enumerar distintas posturas, o en el que el diario simplemente describe un acto en el que participó Blumberg pero sin explicar muy bien qué fue lo que se llevó a cabo), y luego, cuando el producto ya empieza a tornarse poco redituable, lo retira del mercado. Elimina la información que debería brindar como servicio a los ciudadanos. En este sentido, puede esbozarse la explicación que cierra el proceso. La identificación de la clase media con Blumberg comienza a decaer hacia fines de mayo, luego de las polémicas declaraciones sobre Bordón, y posteriormente con la designación de su abogado y su alineación con el diputado Casanovas (ver introducción y fuentes citadas). El producto ya no se asocia tan directamente con el sujeto comprador construido previamente: en la misma opinión pública comienzan a surgir reacciones, inclusive de las madres de algunas otras víctimas, que otrora habían apoyado a Blumberg y sus medidas y que empiezan a ver que no coincide tanto con su conciencia de clase. Las opiniones sobre Blumberg giran en torno a su “verdadero carácter derechista” y su actitud en favor de la represión y la dictadura. Y es el mismo diario el que al notar esto decide retirar el producto del mercado, en una operación que no consiste en criticarlo o analizar sus dichos o actitudes: simplemente se lo elimina de la escena, “se retira la información de las góndolas”.
En esta exhibición de poder queda marginado, olvidado, el derecho a comunicar, que explicado someramente por Aldo Cocca, establece entre otros elementos, el derecho a ser informado y el acceso a las fuentes de información 9. El individuo no accede a la información que el derecho le permite, el medio es el que define esa situación, será el medio quien informará o desinformará según le parezca más acorde a su política empresarial. “En definitiva, los medios de comunicación en la Argentina más que en ningún otro lado gozan de una omnipotencia extraordinaria. Son factores de poder demasiado importantes como para ser enfrentados por un sistema político débil, frágil, que avala y defiende a los mismos medios. En Estados Unidos, por ejemplo, existe un Estado fuerte, que regula, por un lado la posibilidad de la existencia de monopolios (existe una ley antimonopolios que aquí fue derogada bajo el gobierno de Menem), y por el otro, castiga severamente a cualquier medio que cometa una falta seria, como brindar información errónea deliberadamente, ya que en Estados Unidos no existe un tope indemnizatorio en las conciliaciones por calumnias e injurias. Por lo tanto, antes de publicar cualquier cosa, se debe estar seguro de no incurrir en una falta grave: al no haber tope indemnizatorio, se puede fijar un pago multimillonario que podría dar con la quiebra del medio. En Argentina, el tope indemnizatorio es mínimo para empresas gigantes como el Grupo Clarín y cualquier falta grave es fácilmente encubierta con el pago de una indemnización benévola”. También hay que tener en cuenta que los medios gozan de un absoluto poder gracias a la hiperprotectora legislación que, tomada de Estados Unidos, sólo establece que el medio puede ser juzgado si se comprueba que hubo real malicia. Esto es, si se comprueba que el medio deliberadamente publicó una información que sabía que era falsa. Para salvar este castigo, ya de por sí benévolo (queda claro lo difícil que es probar que algo se dijo sabiendo que no era cierto), los diarios pueden utilizar el potencial, con lo cual no están afirmando, sino que expresan meramente potencialidades. ¿Qué pasaría si en la tapa de un diario apareciera la foto de algún alumno y en tipografía enorme dijera “se busca a N.N, que habría violado a cinco nenas de jardín de infantes”?
A modo de cierre
El producto Juan Carlos Blumberg, en nuestro caso analizado a través del diario Clarín, pone de manifiesto un sistema pérfido que debe ser cambiado. Y no es de ningún modo un caso excepcional. Tomando el modelo de análisis propuesto en el desarrollo del trabajo, otros ejemplos acuden a la memoria con rapidez: caso Bordón, caso Cabezas y el famoso “No se olviden de Cabezas” (¿quién se acuerda hoy de José Luis Cabezas?), caso María Soledad, caso Juan Castro, caso Maradona, etcétera. Al día de hoy, podemos ver cómo se ha tomado un nuevo secuestro para erigirlo nuevamente como “cosa”: la desaparición de Cristian Ramaro, las movilizaciones clamando por justicia y “basta de impunidad”, una nueva aparición de Blumberg, la liberación de Cristian (15 de junio). Habrá que ver cuánto dura la repercusión de este caso, los datos sobre las investigaciones, etcétera, en el plano mediático.
Quizás haya que concluir que hoy en día, en abierta contraposición al carácter de los medios de difusión previos a la revolución francesa, el perverso sistema capitalista se perfecciona tecnológicamente cada vez más, afectando no sólo al sector de los medios de comunicación, sino también a toda la esfera empresarial. Todo producto nuevo es más valorado siempre que sea “más tecnológico” que otros. Sin desconocer los interesantes progresos que puedan realizarse en el ámbito técnico, ese es también otro aspecto que concierne al sistema capitalista del siglo XXI. Y en este sistema, más aún en la Argentina, los medios terminan revistiéndose de una impunidad que les permite decir lo que quieran, informar y desinformar según criterios propios y utilitaristas, despojando al individuo de toda posibilidad de ejercer efectivamente su derecho a expresarse por la prensa, a exigir información, a establecer ese diálogo que lleva implícito el derecho a la comunicación.
Desde un punto de vista optimista, amparándonos en los avances en la normativa internacional y en el espíritu de lucha de algunos sectores (como lo fue la UNESCO, de la que las grandes potencias retiraron su apoyo económico), podría decirse que algo se está haciendo en pos de la defensa del derecho a la comunicación y de evitar los monopolios y las grandes concentraciones de medios en pocos propietarios. Pero ni bien la esperanza comienza instalarse, aparece el aspecto más pesimista y negativo que parece desequilibrar la balanza ad infinitum: el poder real que ostentan esos grupos. ¿Quién estaría dispuesto a intentar hacerles frente, sabiendo o creyendo que cualquier medida que intente tomarse sería en vano? ¿En qué proporción estarían dispuestos los grandes medios de comunicación a ceder aunque sea en una muy pequeña fracción? Al igual que la brecha entre ricos y pobres aumenta cada vez más, de la misma manera que – presumimos – quedarán impunes crímenes como el de Blumberg y como ya han quedado los de Bordón, Cabezas, Perel y tantos otros más sobre los cuales nunca hubo información; del mismo modo en que la sociedad avanza premiando siempre a los más poderosos, los medios acumulan diariamente una injerencia y una capacidad de dominación que amaga con permanecer por siempre, embistiendo contra los pilares fundamentales de toda sociedad que se precie de ser democrática: la libertad de expresión, el derecho a la información y el derecho a la comunicación.
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