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Infinitos libros se han escrito y han intentado responder la desgastada pregunta “¿qué es la cultura?”. Los antropólogos más reconocidos dicen estudiar el funcionamiento de diversas “culturas”. Numerosos artículos reclaman que se valore a “todas las culturas” por igual, apelando al relativismo cultural. Otros se desgarran clamando por la equivalencia de status, en tanto fenómenos “culturales”, entre la “cultura alta” y la “cultura popular”, entre un ballet y un recital de cumbia, entre un concierto de cámara y un partido de fútbol, entre un libro “bien escrito” y un best seller.
Existen también políticas de Estado vinculadas con la promoción de la “cultura”: programas de enseñanza de instrumentos musicales de orquesta en villas; programas de créditos que financian -exiguos- emprendimientos “culturales”; agendas “culturales”; revistas “culturales”.
Por último, también debemos nombrar a quienes enarbolan los pregones de que “cultura es todo”, de que tanto el letrado como el iletrado, el alfabetizado y el analfabeto, el taxista y el intelectual; las alarmas más relativistas que el relativismo defienden como expresiones de “cultura” tanto un cuadro expresionista como los fiambres sobre tela del grupo Mondongo. Y la lista podría seguir.
Queda claro que no resulta gratuito hablar libremente de “cultura”. El concepto en sí mismo resulta problemático, porque envuelve una cantidad de referentes tan diversos que termina resultando una palabra vaciada por completo de sentido. Estamos, ciertamente, ante un problema de lenguaje. En un artículo publicado en este número, León Ferrari habla de la cultura como una “sucia palabra”. No sólo es sucia: es también ambigua y confusa. ¿Es pertinente un concepto que engloba semejante diversidad de fenómenos? Si “todo es cultura”, desde el almacenero hasta Picasso, ¿no caemos en la terrible tentación del relativismo, de igualar todo y pretenderlo indiferenciado?
La cultura, un error del lenguaje
Nadie puede dudar de que el ser humano está atrapado, y no puede escapar, de esa red que conforman las palabras. El hombre necesita nombrar las cosas, no hay otra forma por la que pueda expresarse. El mundo en realidad no es más que un “mundo de lenguaje”. Es lo que Eco ha denominado el mundo duplicado: lo “real”, los objetos reales, para poder tener existencia para el hombre, son duplicados por él, y adquieren entidad en las palabras que los nombran. Y en el solo hecho de tener que nombrar, el hombre choca contra ese muro que Lacan denominó el muro del lenguaje: lo dicho, lo nombrado, no es más que un intento de expresar un deseo imposible de decir. Y esto vale tanto para el lenguaje oral como para el lenguaje escrito.
El problema del concepto de cultura reside en que, al ser utilizado indiscriminadamente para nombrar una infinidad de fenómenos diversos, termina vaciándose de contenido. Se constituye en lo que Lacan denominó “significante flotante”: un significante sin significado, un término vacío, llenado a conveniencia, nutrido de significación en combinación con otros significantes, en una cadena . ¿Vale para nosotros hablar de “cultura”?
En un ensayo escrito en 1945, George Orwell expresaba su preocupación por la situación del lenguaje en Inglaterra. El lenguaje “se transforma en feo e impreciso porque nuestros pensamientos son nimios, pero la desprolijidad de nuestro lenguaje hace que sea más fácil para nosotros tener pensamientos tontos” . En ese círculo vicioso yace la potencial mediocridad del pensamiento: en tanto no se utilice el lenguaje en forma inteligente y apropiada, no podrán cristalizarse las ideas que se pretendan expresar. Es lo que sucede cuando entra en juego el concepto de cultura. El lenguaje pierde su potencia, su posibilidad de expresión, de descripción. Así como Orwell reclamaba a sus contemporáneos poder dar con las palabras exactas para describir aquello que piensa, debemos tener cautela al elegir los términos que queramos utilizar. Antes de lanzarnos a pregonar la diversidad y la igualdad de culturas, es necesario que podamos reflexionar sobre qué se esconde bajo ese concepto tan ambiguo. En ese momento reflexivo será posible que desglosemos el concepto y definamos con mucha más precisión los fenómenos que queremos explicar.
Mencionar el trabajo de Orwell no es arbitrario: en el artículo citado hay una manifiesta preocupación por la proliferación de eufemismos en el periodismo y la crítica inglesa. “El lenguaje político se construye principalmente a partir de eufemismos y una total vaguedad. Ciudades vulnerables son bombardeadas desde el aire, sus habitantes expulsados hacia las afueras y las casas incendiadas: esto se llama pacificación” . El tono crítico de Orwell es el camino que deberíamos tomar para poder comprender que sería mucho más valorable, a los fines de un análisis crítico, destruir el concepto de cultura, eliminarlo de nuestro pensamiento. De esta manera, cuando el Estado promulgue que su deseo es “promover la cultura”, seremos capaces de detenernos, de reflexionar, de darle al concepto el significado que esconde. Después de todo, “el lenguaje político está diseñado para que las mentiras suenen verdaderas y el crimen respetable, y para dar la apariencia de solidez al viento más puro” .
Lo que en definitiva ocurre cuando seguimos valiéndonos irreflexivamente del término cultura es que lo usamos como un “comodín”. En el furor taxonómico que gobierna al hombre desde el laborioso esfuerzo de Linneo por brindar un sistema clasificatorio de todos los seres vivos, pretendemos que todo se pueda subsumir bajo alguna categoría mayor. Y allí vuelve la “cultura”, con toda su oscuridad, a empobrecer el lenguaje, a achatar la significación. Llegamos a igualar, como decíamos al principio, al taxista con el escritor, al ballet con el fútbol, a la biblioteca popular con el MALBA. ¿Sería justo, en aras de la diversidad, decir que todo eso es lo mismo (“cultura”)? No se equivocaba Karl Kraus cuando afirmaba que “el lenguaje no es el aya, sino la madre del pensamiento” , aquí reside el secreto: la palabra mal utilizada desnuda un pensamiento pobre. Debemos reconocer que termina siendo una actitud simplista concluir en que “todo es cultura”.
No se trata aquí de redefinir el concepto. Se trata de destruirlo. Acaso sea posible proponerse pensar más sobre las cosas, buscar más responsablemente la forma de enunciarlas. Tal vez tengamos que ser más atentos, dedicar más atención a nuestras formas de decir y de escribir. El síntoma que para Steiner nos pone “en una poscultura” , que es ni más ni menos que la falta de atención, es lo que necesitamos subvertir para que el concepto de “cultura” pueda ser erradicado.
Pensar sin cultura
En “El ensayo como forma”, Adorno afirma que quien escribe “compone experimentando, (…) vuelve y revuelve, interroga, palpa, examina, atraviesa su objeto con la reflexión (…) parte hacia él desde diversas vertientes y reúne en su mirada espiritual todo lo que ve y da palabra a todo lo que el objeto permite ver bajo las condiciones aceptadas y puestas al escribir” . Si el ejercicio de la escritura supone cuestionarse, pensar en términos de problemas, formular preguntas e intentar dar alguna respuesta —tal vez sin llegar a ninguna—, se pone en juego una responsabilidad, que implica reflexionar sobre los términos, apropiarse de los conceptos para darles significado. Y hablar de cultura constituye indudablemente un error conceptual: referirse a ella nos deja a las puertas del eufemismo.
Por eso, tal vez, en un artículo publicado en este número, León Ferrari se refiera a ella como una “sucia palabra” . Para ir un poco más allá: no sólo es sucia, es engañosa y acomodaticia. Si pretendemos abandonar el sentido común, esforzarnos más y evitar las ambigüedades, es hora de que nos desprendamos de ella. No más cultura.
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