Uno de los temas primordiales a la hora de abordar las cuestiones económicas – sociales de la República Argentina y mayormente tratados por los historiadores, es la agroexportación de este país, y su inclusión como país periférico dentro del concierto mundial, marcando así su rol de proveedor de materias primas para los llamados países centrales. Es así como se da una relación viciosa entre la agroexportación y la industrialización en nuestro país porque nunca se llegó a lograr una industrialización verdadera que pusiera fin a la dependencia internacional y a su vez, esta incipiente y mal formada industrialización se sustentaba en las regalías que la agroexportación le proveía. Había una clara dependencia en cuestiones tanto técnicas, como estructurales, ideológicas y sociales (entre las últimas se pueden nombrar, por ejemplo, la resistencia de hacer una reforma agraria). Durante la Segunda Guerra Mundial, como señalan numerosos historiadores, la Argentina exportaba alimentos a Europa que se encontraba combatiendo y con una industria destinada a cubrir las necesidades armamentísticas. Frente a este panorama, y la no llegada de productos manufacturados por parte del “viejo continente”, la Argentina se vio en la obligación de crear una Industria Sustitutiva que suplantara a las importaciones. Sin embargo, los historiadores plantean que ante esta situación real de autonomía que ofrecía la coyuntura política-económica mundial, la Argentina se enmarcó cada vez más en una dependencia con respecto a los países centrales. Nuestro país se endeuda para mantener el proceso industrial con lo cual esas deudas, al exportar sólo materias primas y productos manufacturados de escaso valor, no lograban cubrirse y se caía en un círculo vicioso de dependencia con los ya mencionados países desarrollados. Este vínculo fue analizado por diversos autores y/o historiadores, los cuales comparan los milagros del sudeste asiático con los procesos económicos similares que tuvieron lugar en la Argentina. Y llega a la conclusión de que las políticas que se adoptaron tanto en una región como en la otra fueron determinantes para explicar el por qué del desarrollo económico del los países asiáticos y por el contrario, la continua dependencia de la Argentina con los países europeos. Explican así, historiadores, que el sudeste asiático sí llegó a la tercera fase de lo que aquí se denominó la Industrialización Sustitutiva de Importaciones, cuando sustituyeron las máquinas y comenzaron a hacerlas ellos mismos. Esto se dio gracias a un Neotaylorismo sanguinario, ya que la mano de obra de aquellos países era muy sumisa y permitía la explotación de su clase. Esta primera etapa, apoyada por el oficialismo, permitió a los empresarios obtener beneficios extraordinarios que volvieron a invertir, mejorando las condiciones de la oferta y de la productividad. Todo esto se logró también gracias al apoyo de los Estados Unidos, que tenían sumo interés en la región, ya que quería evitar el avance del Comunismo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que amenazaba con acaparar por completo y bajo su poderío al sudeste asiático.

Todas estas realidades no tuvieron lugar en la Argentina, ya que con el peronismo jamás hubo una reforma agraria ni una modificación en la matriz de los derechos de propiedad. Todo esto perjudicó en el mediano y largo plazo. Cuado los historiadores se refieren concretamente al primer y segundo gobierno de Juan Domingo Perón, los Planes Quinquenales que lo caracterizaron fueron determinantes en nuestra economía de la época. Desde el inicio de su gobierno, hasta el año 1949, la política económica del país implementada por Perón, se regocijaba por sus éxitos y mantenía contenta a la población. Los beneficios sociales para las clases populares podían ser financiados gracias a esa coyuntura mundial favorable que era la Segunda Guerra y el rol de la Argentina como proveedor de alimentos para los países beligerantes. Se daba lugar a políticas de redistribución que se habían visto negadas desde la crisis de 1929. Durante los ya mencionados años 1946 y 1949, se protegieron los productos nacionales y se creó el Instituto Argentino de Promoción y del Intercambio (IAPI). Este Instituto monopolizaba la compra de cereales a todos los productores, y así manejaba las divisas del exterior, para luego proteger la industria nacional. A partir del año 1949, comienzan en la Argentina las dificultades económicas intrínsecas al modelo peronista. En este período la Balanza de Pagos se vuelve deficitaria y se pierden todas las ganancias extraordinarias que se habían acumulado durante el período de guerra. La agricultura y ganadería también se estanca. Los beneficios que habían acumulado los sectores bajos de la población, comienzan a desaparecer poco a poco ya que le era imposible al gobierno mantener una economía de gasto interno de las magnitudes del período de la historia inmediatamente anterior. El segundo Plan Quinquenal que puso en juego el general Juan Domingo Perón, trató de fomentar la exportación de bienes primarios. Esto trajo consigo una notable inflación, ya que el precio interno de la época de los bienes primarios, se acomodó a los precios internacionales.

Los historiadores de la época dejan ver que el gobierno peronista, al no hacer una reforma agraria, y tampoco llegar a la tercera fase de la Industrialización Sustitutiva de Importaciones, (como sí lo hicieron los países del Sudeste asiático, tal como se explica más arriba), cayó en sus propias contradicciones y limitaciones y debió “retroceder” todos los avances que en materia económica había logrado. La caída económica de la época dejó en evidencia que no bastaba una relación directa entre la agroexportación y la industrialización para lograr el desarrollo económico, sino se implementaban políticas que reformaran la estructura económica desde sus cimientos, como sucedía en los países asiáticos.

Continuando con la historia de la Argentina, numerosos historiadores y/o autores destacan una época del país muy importante que signó los desarrollos políticos de dicho país a partir de su surgimiento, hasta el día de hoy, y es el peronismo. Las tres interpretaciones de los autores y/o historiadores Gino Germani, Louise Doyon y Murmis y Portantiero sobre el surgimiento y la primera época del peronismo tienen rasgos que los asemejan y también otros que los distancian. Para comenzar, es importante destacar la perspectiva que Gino Germani tiene acerca de este período de la historia argentina. Él entiende que el peronismo actuó con demagogia exacerbando su costado populista y aprovechando la coyuntura política del momento que había dejado sin representatividad a una masa popular en crecimiento y ansiosa por lograr reformas económicas y sociales en su beneficio que jamás, en lo que iba de vida del país, habían tenido. Germani continua su análisis rechazando la idea que él mismo desarrolla del “plato de lentejas”, que es que el dictador populista (en este caso que se analiza se refiere al general Juan Domingo Perón) dio a los trabajadores unas pocas ventajas materiales a cambio de sus libertades. En concreto, esta idea analizada por diversos historiadores dice que el pueblo habría vendido su libertad por un plato de lentejas, que serían esos beneficios económicos que estaban buscando y que Perón les ofrecía. Germani claramente se opone a esta posición, y plantea que la política llevada a cabo por el general Perón basada en la demagogia apuntó a darle al pueblo la experiencia de que habían logrado ciertos derechos y que los estaban ejerciendo, dejándoles creer que se les estaba afirmando su dignidad personal. Este autor se refiere en términos de demagogia porque el gobierno peronista desde sus inicios, a lo largo de la historia y hasta su posterior desarrollo, tuvo ideas antiobreristas que lo hacían defender, en el fondo de la cuestión, a los intereses de las clases más acaudaladas de la sociedad.

Germani analiza el fenómeno del advenimiento de los denominados obreros industriales nuevos desde el interior hacia la capital, y de cómo fueron cooptados por Perón que les ofrecía representatividad, algo que ellos no tenían y que vieron con muy buenos ojos. Esta integración de las masas a la vida política provocó una escisión entre la clase media y la clase baja muy notoria. Otro de los aspectos que analiza este autor sobre el peronismo, es el propósito que Germani tiene de hacer la distinción entre el fenómeno peronista con respecto al de los demás movimientos totalitarios europeos (Nazismo – Fascismo) con los cuales se suele asemejar al peronismo por muchos historiadores. Este autor explica que la originalidad del peronismo estribó en ser un “Fascismo” basado en el proletariado y con una oposición democrática representada por las clases medias.

Louise Doyon, hace también un análisis de los primeros momentos del peronismo, desde su surgimiento hasta su posterior aplicación y desarrollo en la sociedad argentina. Este autor coincide con Germani cuando se refiere a que los obreros en un principio, no se encontraban unidos, y menos aún, con representación política por parte de los sindicatos, hasta la llegada de Perón. La estrategia de Perón entonces, fue la de construir un Estado mediador entre las clases trabajadoras y los capitales. Desde su asignación en el Departamento Nacional de Trabajo, comenzó a darle forma a su concepción del Estado. Perón no quería ni una masa proletaria sometida al mercado, ni una fuerza obrera organizada e independiente, tal como lo cita Doyon, y se estaba dando lugar por quellos años de la historia en la Argentina. Pero sus políticas orientadas en beneficiar a la clase trabajadora las sustentaba a partir de ver que si los poderes públicos continuaban ignorando la cuestión social, prontamente la seguridad social se vería amenazada. Fue así como Perón hizo de la clase obrera su fuerza para poder gobernar. Doyon, deja bien en claro esta idea, resaltando el poder central que prontamente cobraron los sindicatos gracias a este apoyo y el consecuente poder que Perón les estaba dando. Por todos estos motivos Louise Doyon y otros tantos historiadores, al igual que Gino Germani, dice que resulta inadecuado hablar de un sindicalismo autónomo durante el gobierno que va desde 1946 hasta 1955. Por último, este autor observa que el beneficio de los obreros durante este período fue real, pero que esos beneficios distaron de ser completamente efectivos, ya que radicaron en una limitación propia del peronismo, que fue el estancamiento de la economía, producto de nunca haber llegado, el país, a la tercera fase de la Industrialización Sustitutiva de Importaciones. Es por eso que los derechos conquistados por los obreros fueron una realidad, pero no se pudieron hacer consistentes con el paso del tiempo.

A su vez, los autores e historiadores Murmis y Portantiero también analizaron este período de la historia argentina. Ellos coinciden en que la legitimación por parte de los obreros hacia Perón fue Racional. En términos Weberianos, la legitimación de la autoridad se puede dar por tradición, por carisma (la figura del caudillo) o por una legitimación racional legal. Estos autores, entonces, niegan la caracterización de Perón como una figura con características caudillas. Es así como Portantiero critica el modelo europeizante que plantea que las masas fueron manipuladas por un líder carismático, y por el contrario, menciona que las masas de la época reaccionaron a favor de Perón, porque él representaba la legitimación de sus derechos que habían visto pisoteados en los períodos anteriores. A través de los sindicatos, los obreros apoyaron racionalmente la asunción de Perón. En esta forma de analizar la época, los historiadores y autores Murmis y Portantiero se apartan notablemente de la concepción que tiene Doyon sobre el peronismo.

Por último, cabe destacar que los historiadores Murmis y Portantiero hacen una diferenciación clara de los dos distintos tipos de trabajadores (los viejos y los nuevos) y cómo se configuraron políticamente. Los nuevos trabajadores, recién llegados desde el interior, tenían una concepción más ligada a la pobreza y no tanto así a la concepción de “clases”. Esto traía aparejado su interés por formar parte de un grupo y no por defender sus intereses ideológicos y económicos. También estos autores hablan del peronismo en términos de una alianza de clases, ya que el sector industrial se vio en la obligación de apoyar a Perón para que éste protegiera al mercado interno. Murmis y Portantiero sostienen que durante los períodos anteriores al peronismo, las demandas de los obreros nunca fueron tenidas en cuenta, ni siquiera, escuchadas.

Pero si se quiere abordar aún mejor la historia argentina, como suelen hacer profundamente los historiadores, es fundamental y de sumo interés poder analizar los períodos anteriores a la asunción de Juan Domingo Perón al poder como presidente y es allí donde surge la figura de Hipólito Yrigoyen como un eje central a tener en cuenta en las idas y venidas del acontecer de la historia argentina. Los posicionamientos de Yrigoyen y Perón con respecto a las clases sociales, en muchos aspectos son totalmente antagónicos mas en otros tantos se asemejan notablemente. Asimismo, la relación tanto de Yrigoyen como la de Perón con las fuerzas armadas, no siempre fue buena en ambos casos, a pesar de que por el lado de Perón, él mismo surgió de las líneas militares y con el tiempo se fue distanciando por su manera de hacer política.

Diversos historiadores sostienen que Perón tenía claras ideas antiobreristas, pero sus políticas surgieron como una necesidad ante el avance de una masa obrera incipiente que se hacía cada vez más fuerte en sus reclamos y en su densidad, favorecida por la coyuntura política-económica de un mundo que necesitaba a una Argentina exportadora de materias primas y por lo tanto, una importante masa de mano de obra. Fue así como Juan Domingo Perón, a partir de lo que describe en sus textos Peter Waldmann, desde sus comienzos se inclinó por políticas que beneficiaron a las clases obreras en los aspectos económicos y sociales. Perón cimentó una relación de lealtad con esa clase y la convirtió en un sólido respaldo para su gobierno, intentando erradicar el abismo económico entre las clases y apoyando también su política en estrategias ideológicas y emocionales de identidad y nacionalidad. A través de medidas económicas como la prohibición en 1943 del aumento de los alquileres para la capital federal, medidas que jamás antes habían tenido lugar en la historia argentina, políticas de precios máximos vinculadas con las del salario mínimo y la creación del sueldo anual complementario denominado aguinaldo, Perón hizo una integración de los estratos más bajos del engranaje social de la nación a través de estas reformas sociales. Uno de los beneficios que traía aparejado esto como se cita en varios artículos de historiadores de la época en análisis, además de las ventajas reales en esta clase, era que el aumento de los sueldos absorbía los productos de la industria sustitutiva incipiente, con el mercado interno. Frente a todas estas realidades, historiadores sostienen que empieza a surgir la contracara del peronismo que se ve reflejada más explícitamente en el peronismo acérrimo de la segunda etapa de su gobierno, con medidas autoritarias que imponían absurdos como por ejemplo, el requerimiento de tener que ser peronista para poder ejercer un cargo como docente universitario, incluso la exagerada propaganda peronista en los libros escolares, entre otros tantos ejemplos de autoritarismos que se fueron dando a lo largo de la historia. Además, con el transcurso de su gobierno, las fuerzas armadas se fueron separando cada vez más del general Perón, enemistándose con su política personalista y principalmente porque estaban en desacuerdo con el poder que acumulaba la figura de su esposa Eva Duarte. En un principio, Perón aisló y neutralizó políticamente a las fuerzas armadas, satisfaciendo sus necesidades profesionales y mejorando su calidad de vida. Adoptó medidas que contentaban a los militares, como lo fueron el constante y en aumento gasto armamentístico en épocas de posguerra y también las facilidades para el ascenso en los cargos del ejército. Sin embargo, a posteriori, entre ambos sectores se estableció una lucha encubierta por el poder, que tenía su raíz en los métodos cada vez más represivos de Perón y Evita y sus esfuerzos por dividir a la población en dos frentes cívicos opuestos que por primera vez en la historia de la Argentina, se enfrentaban. Los historiadores enfatizan que los disgustos mayores de las fuerzas armadas estaban inspirados en las políticas de Evita, cuando se dejaron ver claramente las intenciones de ella de movilizar los estratos más bajos de la población contra la clase alta. Sumado a esto, el estancamiento de la economía que ya no podía comprar tantos armamentos como en épocas anteriores. La Fundación “Eva Perón” también hacía su parte y despertaba tanto el malestar en los sectores militares como en la Iglesia, que veía con malos ojos su accionar social, y el rápido surgimiento de una “religión peronista” que se apoyaba en este accionar “dadivoso” por parte del gobierno. Esta tensa situación, y tras el recrudecimiento por el golpe de Estado fallido por Menéndez en septiembre de 1951, desembocó en que para el año 1955, otro golpe de Estado no fallara y derrocara a Perón.

Final similar tuvo Yrigoyen años atrás, cuando fue derrocado por un golpe de estado en el año 1930, y tras su segundo paso por la presidencia de la nación. Yrigoyen apoyaba sus discursos en la idea de que ellos eran la “causa” frente al “Régimen”, o sea, los conservadores, y con esto trataba de cooptar a la clase media que se iba forjando para aquellos años. Sin embargo, la actitud con las clase media por parte de Yrigoyen fue totalmente opuesta a su proclama ya que los conservadores, durante su gobierno, influyeron notablemente en las decisiones que se iban tomando. Un dato a destacar de este período de la historia, fue la notable participación en el gobierno de la Sociedad Rural tal como lo explica Peter Smith, y se ve claramente reflejado en las designaciones de ministros que se hicieron durante los gobiernos radicales, en donde el 45% de los ministros nombrados, pertenecían a la mencionada Sociedad Rural. Esto trae la clara consecuencia de que le era imposible al gobierno oponerse a los intereses de la oligarquía terrateniente. Asimismo, se dio para fines de 1917 un hecho que dejó ver cuál era la posición del gobierno para aquellos años, con respecto a las clases más bajas de la red social. Frente a la huelga de los obreros frigoríficos que tuvo lugar, queriendo ellos organizarse en la FORA (Federación Obrera Regional Argentina), para reclamar por demandas justas como jornadas de ocho horas, pago de horas extras, aumento gradual de salarios, viáticos para quienes vivieran lejos y feriado el 1° de mayo, los directores de los frigoríficos Swift y Armour despidieron a los líderes de la revuelta. Frente al conflicto, el gobierno tomó una posición de apoyo hacia los frigoríficos, ya que según el pensamiento de Yrigoyen los que hacían la huelga eran agitadores profesionales y por lo tanto, la huelga debía ser dominada y los trabajadores debían volver al trabajo. Con esta actitud, Yrigoyen se ubica claramente en oposición a los obreros y a favor de los ganaderos de la oligarquía como se dejó ver también durante los duros enfrentamientos de la denominada “Semana Trágica”, en donde el gobierno irigoyenista volvió a colocarse a favor de, en palabras de Peter Smith, “los reyes de la carne y los capitalistas extranjeros”. Estas actitudes se contraponen a la primera etapa del gobierno de Yrigoyen, en donde él llevaba adelante una actitud negociadora con los obreros, pero que cambió rotundamente tras la represión de la Semana Trágica del ’19. Con respecto a su relación con las fuerzas armadas, cabe mencionar que las clases más altas de la sociedad consideraban a Yrigoyen incapaz de mantener el orden y es por eso que veían en los militares la única solución a este problema. Así, con estos aconteceres de la historia argentina, se explica el por qué de la oposición del ejército para con su mandato, ya que las fuerzas armadas respondían a las elites conservadoras. Lo que en un principio Yrigoyen había logrado construir al obligar a la oligarquía a conceder reformas por la amenaza de la rebelión social, según lo explica David Rock, absorbiendo los intereses de la clase media, ofreciéndoles oportunidades y preservando la hegemonía de los terratenientes, se fue diluyendo hasta desembocar en la caída del radicalismo principalmente por motivos de crisis política. A su gobierno se le oponían los conservadores, los militares, los socialistas independientes, los radicales antipersonalistas, la clase media que ya no veía con tanto agrado la notable participación de la Sociedad Rural en el gobierno y también se le sumaban las clases trabajadoras, en consecuencia de su accionar en los acontecimientos de la Semana Trágica. Todo esto terminó haciendo que el pueblo apoyara el golpe de Estado del 6 de Septiembre de 1930 que puso fin a la participación de Yrigoyen en el gobierno nacional.