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El siglo XVIII fue quizás el que aportó a la historia del ajedrez los jugadores más brillantes. Philip Stamma, François Danican Philidor (también compositor de música clásica), Alexander Deschapelles, Louis Labourdonnais, son tan sólo algunos representantes de aquellos grandes maestros. Su continuo desarrollo en el tiempo permitió que el siglo XIX también ofreciera el nacimiento de otras tantas mentes brillantes que se destacaron en el tablero, de los que quizás Wilhelm Steinitz sea el mejor de todos.
Pero además de quienes se dedicaban a ganarse la vida moviendo los trebejos en un tablero de sesenta y cuatro casillas blancas y negras, existieron numerosos aficionados que acompañaron el surgimiento de los grandes jugadores y campeones mundiales. Y justamente la segunda mitad del siglo XVIII fue testigo de la creación del lugar de reunión más importante en la historia del ajedrez: el Café de la Régence.
Fundado en 1.681 como el Café de la Plaza del Palacio Real, en 1.715 adquirió el nombre de Café de la Régence. Fue testigo de matches memorables y de partidas históricas: en otoño de 1843 se enfrentaron Pierre Saint-Amant y Howard Staunton, que ganó con comodidad; en 1858 el brillante Paul Morphy derrotó a Daniel Harrwitz. Lamentablemente, en 1910 el Café cambió de propietario y se transformó en restaurant. Y también las tertulias ajedrecísticas, que se trasladaron a otro Café: el Café del Universo.
Nombrar el Café de la Régence implica hacer referencia a un lugar clave en la Historia, no sólo del ajedrez sino también del pensamiento. Allí se reunían intelectuales aficionados que tenían un interés muy marcado por el llamado “juego-ciencia”. François Diderot aporta una descripción interesante del ambiente que se vivía en el Café: “Si el tiempo es frío o lluvioso, me refugio en el café de La Régence. Allí, me divierto viendo jugar al ajedrez. París es el centro mundial del ajedrez, y el café de la Régence el lugar de París donde mejor se juega. En casa de Rey (gerente del Café) rivalizan Legal el profundo, Philidor el sutil, el sólido Mayot, allí se contemplan los movimientos más sorprendentes y se oyen las peores palabras; pues se puede ser hombre inteligente y buen jugador de ajedrez, como Legal, pero también se puede ser un gran jugador de ajedrez y un perfecto necio, como Foubert y Mayot” .
En un estudio histórico de cómo se transformó la vida pública de los ciudadanos en los albores de la Revolución Francesa, Habermas señala a las “casas de café” como aquellas instituciones en las cuales determinados individuos podían reunirse a debatir, discutir ideas y conformarse como “público”, opuestos al recogimiento “privado” de la Corte. “Se trata de centros de crítica literaria y, luego, también política, en los que comienza a establecerse una paridad entre las gentes cultivadas procedentes de la sociedad aristocrática y las de la intelectualidad burguesa” . De esta manera, aquellos “iluminados” encontraron un lugar donde poder expresar sus ideas.
Pero no sólo la literatura y cuestiones políticas reunieron a intelectuales como Diderot, Montesquieu, Voltaire, Rousseau, Robespierre; a personajes como Franklin o Napoleón, entre tantos otros, en el Café de la Régence. Para justificar la inclusión de la frase de Turgueniev al principio de este escrito, hubo una razón mucho más fuerte: el ajedrez. Entre nubes de humo de puros y cigarros, y humeantes tazas de café, los pensadores más destacados de la historia de la Ilustración se daban cita en el Café de la Régence para disputar, días enteros, partidas de ajedrez. Y si muchas veces se ha asociado al ajedrez con una disputa bélica, podemos decir que entre quienes se reunían en el Café no existía la menor contemplación para con sus rivales. En El arte del estudio de ajedrez, Zoilo Caputto relata la siguiente anécdota de la historia: “Diderot era tan aficionado al ajedrez que su mujer le daba cada día seis monedas para que fuera a tomar su taza al Café de la Régence y viera jugar al ajedrez. Él mismo cuenta que J. J. Rousseau, que le ganaba siempre, le negaba alguna ventaja de material para equilibrar la partida. ‘¿sufrís perdiendo?, me decía… ‘No –le respondía yo–, pero me defendería mejor y vos gozaríais más’. ‘puede ser –replicaba él–, pero dejemos las cosas como están’” . El ajedrez funcionaba como un plano diferente en el cual podían discutir los distintos interlocutores. Fuera de toda política, de toda discusión retórica, quienes frecuentaban el café se valían del ajedrez para escaparse, seguramente, de sus vidas habituales. “El acto de mover treinta y dos piezas en un espacio de sesenta y cuatro casillas es un fin en sí mismo, un mundo muy completo y al lado del cual la vida biológica, política o social da la impresión de ser desordenada, aburrida y contingente” . ¿Sentiría esto mismo Jean Jacques Rousseau, cada vez que vencía a Diderot?
Las casas de café proporcionaron un lugar seguro en el cual hacer circular las ideas, sobre todo en las vísperas de la Revolución Francesa. Todos los personajes de la Ilustración pudieron debatir, como hombres privados, en esas instituciones que empezaron a abrir sus puertas a fines del siglo XVII, como el Café de la Régence. El ajedrez, que hasta entonces no disponía de lugares físicos donde poder jugarse (el primer club de ajedrez se fundó en Berlín, en 1.803), se diseminó por toda Europa, en las distintas salas que aparecieron entre 1.680 y 1.730. Fue entonces como convergieron, en el mismo recinto, las ideas burguesas de la Ilustración, y la pasión por un juego tremendamente absorbente, como lo describe Steiner: “Hay momentos
mágicos en los que criaturas completamente normales dedicadas a otras cosas, hombres como Lenin o como yo mismo, sienten la tentación de renunciar a todo –a su matrimonio, a su hipoteca, a su carrera o a la Revolución Rusa–” . Esos momentos mágicos, claro está, son los momentos que compartían quienes concurrían asiduamente al Café de la Régence.
Y si bien en el Café “reinaba siempre un respetuoso silencio”, como afirma Javier Cordero Fernández, la tensión que genera una contienda ajedrecística debía colmar el ambiente de discusiones y broncas contenidas. El campeón argentino Miguel Najdorf alguna vez bromeaba y decía que “cuando la partida termina, los maestros se estrechan caballerescamente las manos, porque no pudieron estrangularse”, en referencia a la costumbre habitual de la historia que indica que luego de finalizada una partida los rivales deben estrecharse las manos, siendo el que pierde o abandona el juego el primero que debe hacerlo, como ofrendando al otro la victoria, el orgullo de la partida ganada.
El Café de la Régence, cuna de grandes maestros y brillantes pensadores de la historia, también reunió jugadores profesionales que daban clases (Monsieur Kermur de Legal fue el primero, luego Lionel Kiezeritsky), jugadores que disputaban partidas por dinero, militares, sacerdotes, aristócratas; ciudadanos de todas las nacionalidades: rusos, griegos, españoles, franceses. Un siglo y medio antes del citado texto de Habermas, George Walker, uno de los grandes jugadores que vivió durante el siglo XIX, había dicho: “El ajedrez era en aquel tiempo el juego de la aristocracia. Pero le fue arrebatado de sus manos, y ahora es la recreación del millón. Un espacio dedicado al ajedrez para que prospere debe estar abierto a todo el mundo -libre como el aire del cielo-, accesible, a un coste reducido, para todos los hombres, no solamente para los que pueden comprarse un sombrero lujoso y una chaqueta distinguida”. Los Cafés franceses, las salas de té inglesas, funcionaron como esos lugares, que fueron los antecesores de los modernos clubes de ajedrez.
En medio del mundo ilustrado y las acaloradas disputas de ideas, el ajedrez tuvo su espacio y, desde el Café, se convirtió en otro terreno en el cual todos podían jugar y deslumbrarse con jugadas brillantes, composiciones bellas y partidas tensionantes. Rousseau y Voltaire; Robespierre y Diderot; D’Alembert; Franklin, Napoleón, Montesquieu: todos estuvieron unidos por el ajedrez. Y todos lo practicaron en el mismo lugar: un Café.
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