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1) Friedrich Hayek y el nacimiento de una nueva religión
Cualquier pensamiento contemporáneo sitúa en la historia a la era “eclesiástica” del Dios Todopoderoso que todo lo hace y al cual los hombres le son sumisos y dependientes, cuyas acciones están digitadas por Él, en los siglos anteriores a la denominada “Ilustración”. A partir de la divulgación de los ideales ilustrados, comenzando en René Descartes en 1688, la concepción de Dios como centro del mundo empieza a declinar. Precisamente, era Descartes quien afirmaba que Dios existía, que velaba por la vida de todos los humanos, pero que no era él quien sabía de antemano los accionares de los hombres, sino que el hombre mismo era el responsable de sus decisiones. De esta manera, la sociedad y todo su movimiento intelectual desplazaba a Dios del centro y ubicaba al hombre allí. El hombre empezaba a ser reconocido “como único ser supremo, (...), ignorando sus condiciones de desarrollo tanto históricas como sociales (...)” . El hombre, a partir de la razón, comenzaba a dominar la naturaleza, porque ya podía pensar por sí mismo .
Ahora bien, el neoliberalismo, desde una perspectiva meramente economicista, despojado de toda historia, corolario de sus antecesores liberales erigidos desde Adam Smith, vino a trastocar los ideales que, de alguna manera, la Ilustración había logrado afirmar; por lo menos, llegó para devastar la idea, cuando menos utópica, de que el hombre, a partir del intelecto, puede ser capaz de dominar la naturaleza que a veces parece excesivamente devoradora. Desde el caballo de batalla de Hayek, “la democracia en sí misma jamás ha sido un valor central del neoliberalismo” (, hasta las continuaciones más acérrimas de la ideología neoliberal, cuyo exponente se sitúa en 1962, en que Milton Friedman publicó Capitalism and freedom, lo único que se propone es terminar de abatir un concepto que ya en su definición se encuentra disminuido, y que en la práctica es inevitable verlo debilitándose día tras día: la democracia. Es bien sabido que democracia y (neo)liberalismo, jamás van de la mano, lo explica claramente Alberto Lettieri en su libro de historia La civilización en debate. Pero el inconveniente más radical del neoliberalismo no reside en una discusión sobre la aplicación o no de la democracia. La ideología neoliberal concibe a la desigualdad como elemento esencial para el correcto funcionamiento de una sociedad, en términos económicos. Este pensamiento, desarrollado por Alexis de Tocqueville y su “miedo a la tiranía de la igualdad”, es el axioma principal de todo aquel que se precie de ubicarse bajo el conjunto de los neoliberales. En relación a esta concepción, surge un tema central, discutido por Horst Kurnitzky : la constitución del neoliberalismo como una nueva religión.
¿Por qué pensarlo de esa manera? Porque la misma dominación que imponía – o impone – la Iglesia, como supuesta intermediaria de Dios, como poseedora de verdades absolutas e inobjetables, es la que pretenden desplegar los neoliberales, de aquí en adelante y a lo largo de la historia. Se desplaza una idea sobre otra: el hombre, que supuestamente es el nuevo rector supremo de su existencia, deja de serlo: vuelve a caer en las determinaciones de la “naturaleza económica”. Vuelve a entrar en escena la tan ponderada mano invisible del mercado y la ley de las motivaciones. Y el neoliberalismo surge como única forma posible de explicar todos los sucesos que ocurran en ese sentido: de allí que proclame la desigualdad, puesto que sin ella los individuos no estarían motivados a competir, a comerciar, a buscar mejores precios, a mejorar la calidad para vender más o abaratar costos para producir en menos tiempos. Más allá de lo simple que pueda parecer la relación, implica un oscuro determinismo que genera una espiral centrífuga que promete no detenerse jamás.
2) El avance sobre los fieles
Immanuel Wallerstein se pregunta si hay esperanza para África, si la historia puede llegar a cambiar para esa región . No es casual este interrogante. Surge inevitablemente y por decantación: el neoliberalismo, con su apología de la desigualdad, ha logrado indudablemente generar miseria en todo el mundo y el caso más patente es la región africana. Por otra parte, cabe recordar que la hegemonía neoliberal también se manifiesta en los medios, que se ocupan de ocultar el conflicto de cada nación africana, para limitarse a decir que son regiones sucias, plagadas de enfermedades, hambre y pobreza y por las que no puede hacerse nada. De esta manera, África desaparece del mapa, al igual que la mayoría de las regiones pobres, es una constante en la historia de la humanidad. Y aquí el neoliberalismo juega su papel preponderante. Al necesitar de la desigualdad para hacer crecer su dominio, los empresarios no cejan en su afán de acumular riqueza. Y es ahí donde lugares como África quedan sepultados bajo el lodo del olvido generalizado.
Ahora bien, para comprender la totalidad del problema, debe pensarse que sería una visión extremadamente optimista imaginar que es África la única región afectada por la religión neoliberal. Los problemas que aquejan a África y que la han aquejado a lo largo de la historia, son comunes a diversos espacios del mundo. Tanto en América Latina como en Asia las élites se corrompen, a cambio de ganancias monetarias; los movimientos nacionalistas de liberación desaparecen, generando individualismos que no hacen más que fortalecer la idea neoliberal. ¿Ocurre acaso esto a conciencia de los actores sociales? Difícil sería esbozar una respuesta. Pero la descripción de Kurnitzky es perfectamente válida: erigido como única solución a una crisis económica, el neoliberalismo se inserta en las masas, que lo aceptan, como aceptan todo movimiento hegemónico (en términos gramscianos). De la misma manera que se pueda creer o no en un Dios, se le otorga absoluta autoridad al neoliberalismo: es el nuevo dios de la sociedad, y rige a todos sus creyentes; el que no cree es el pobre, el miserable, el que está despojado, en definitiva, de cualquier tipo de ganancia. Así funciona el esquema axiomático de los neoliberales y es así como imparten su hegemonía.
Otro conflicto consiste en la desintegración de las estructuras estatales, construidas en la historia como eje de las sociedades, algo que no es exclusivo de Liberia o Somalía. “El problema más fundamental es la incapacidad estructural de proporcionar desarrollo igualitario cuando la demanda de democratización crece sin cesar”. También en cuanto a la salud, se puede decir que la situación africana es caótica y que siempre lo ha sido en toda su historia, con epidemias permanentes y propensión a enfermedades venéreas por falta de medios para protegerse de ellas (hospitales empeorando, sistema educativo en coma y – aparentemente – poco dinero). Pero nuevamente, no es específica de la región. No se puede quitar la vista de Sudamérica y Centroamérica, regiones donde la desnutrición y la falta de medios también conllevan al peligro de la salud de los individuos.
La región africana, en definitiva, es vapuleada por intereses monetarios. Y Wallerstein, desde su óptica, no parece brindar ninguna solución esperanzadora: “No me pidan que yo u otros no africanos hagamos un plan de acción concreto. No podemos hacerlo. El balón está sin duda en el campo africano”. Quizás de esta manera, pretende responder a su pregunta. Pero la respuesta debe ser otra. Tanto África como Latinoamérica necesitan ayuda. Y no depende sólo de ellos. Es cuestión de que algunos, en el mundo, piensen que el cambio es posible. Que una religión se reemplace por otra y las creencias puedan dirigirse en un sentido constructivo.
3) El paraíso neoliberal
La era del neoliberalismo comenzó en 1979, con la asunción de Margaret Thatcher al gobierno británico. Su política clasista coincidió en algunos aspectos con la ideología de Ronald Reagan, que asumió en Estados Unidos un año después. Las medidas tomadas en el primer caso apuntaron todas hacia el mismo objetivo: obtener las mayores ganancias posibles a costa del sufrimiento y la devastación de las demás clases sociales. De esta manera, se aplicaron políticas tributarias regresivas y se incentivó la creación de desempleo masivo. En el caso de Reagan, más allá de coincidir en la política impositiva, el gasto más importante fue el militar: la Guerra Fría estaba en marcha y el peligro rojo debía combatirse produciendo armamento para la defensa. El gasto militar efectuado por Reagan fue el más alto en la historia de los Estados Unidos. A estos paradigmas los siguieron otros, todos ellos del Norte europeo (como Kohl en Alemania -1982- y Schluter en Dinamarca –1983).
Vale recordar que el neoliberalismo también se hizo presente en Latinoamérica. Desde 1979, año en que llegó Pinochet al poder inaugurando una horrible dictadura, pasando por 1988 (Salinas en México), 1989 (Carlos Menem en Argentina), 1995 (otra vez Menem), los ideales fueron seguidos a rajatabla. La desigualdad se acentuó en todas las naciones, sobre todo en las latinoamericanas, que ya había sufrido los embates del dominio estadounidense (Nicaragua, El Salvador y Guatemala para brindar tres casos excluyentes), el desempleo aumentó masivamente y la brecha entre ricos y pobreza creció a paso agigantado.
De más está decir que ante esta situación los neoliberales no veían ningún tipo de problema: era lo que ellos mismos habían defendido y generado; cumplimentaban su objetivo con absoluta eficacia: la pobreza era grande, el desempleo obviamente también. Pero mayores aún eran sus ganancias. Las empresas neoliberales (en Argentina es patente el caso de las privatizadas como Telecom., Telefónica, Edenor, Edesur, etc.), no cesaron jamás de producir dinero. El mismo dinero que hoy le falte, quizás, arriesgando una cifra, a más de la mitad de la población mundial.
4) ¿Camino al infierno?
Las armas del neoliberalismo apuntaron hacia el derrumbamiento – necesario – del Estado Benefactor. Ante la crisis que había significado el año 1973, con los elevados índices de inflación, el neoliberalismo tuvo la coartada perfecta para embestir contra los postulados principales del Estado Benefactor: el gasto social, principalmente, implicaba una pérdida importante de ganancias empresariales, ya que el Estado destinaba mucho dinero a los sindicatos y a las clases más bajas o desocupadas. En última instancia, esta política, a pesar de ser una maniobra estatal para mantener el orden y poder seguir ejerciendo su rol empresario, constituía quizás la última esperanza de vida. Es necesario recordar que el Estado era por un lado neocorporativista y por otro empresario; es decir, que brindaba servicios y garantizaba las condiciones de vida para los trabajadores y a la vez producía bienes. El Estado desarrollaba entonces una economía mixta, no meramente capitalista: operando en la sociedad, por un lado, una lógica de mercado y por el otro una lógica atenta a la problemática social. De alguna manera, el Estado de Bienestar efectuaba concesiones a sus súbditos para poder seguir manteniendo una lógica empresaria. Pero el neoliberalismo no podía comprender semejante vituperio contra las leyes capitalistas: ni siquiera era permitido, dentro de su teoría, realizar concesiones de ningún tipo; el egoísmo neoliberal triunfó y con él sus pretensiones de generar más y más desigualdad, para continuar con la acumulación de riqueza típicamente capitalista.
Quizás haya que pensar que todo está perdido: la década del ’90, que ya tuvo efectos devastadores sobre el comienzo del siglo XXI, saborea su triunfo, logrado a base de corrupción, negociados y privatizaciones compulsivas. A la luz de lo que pueden llegar a ser los próximos años – y aquí nos limitamos al caso argentino – es más lógico ser pesimista que tener alguna esperanza. “Creo que la tarea de sus opositores [del neoliberalismo], es ofrecer otras recetas y preparar otros regímenes” 10. Perry Anderson tampoco parece ofrecer una respuesta acorde. Es difícil, en principio, pensar en una salida cuando las alternativas no parecen estar tan próximas. Sin embargo, es claro que no faltan opositores al modelo reinante por excelencia, pero lo que no aparece es la convicción necesaria para defender otra visión, otro modelo económico que, por lo menos, contemple a los que están del otro lado.
No obstante, es tarea nuestra no cometer el pecado que ya cometió Wallerstein. La solución es posible. Sólo hay que encontrarla. Al menos, el infierno no parece estar tan lejos...
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