Cuando la memoria vence al dolor y la historia se vuelve intransitable

El período abierto el 24 de marzo de 1976 con la toma violenta del mando político de la Argentina por parte de las Fuerzas Armadas y cerrado el 10 de diciembre de 1983 con la asunción del presidente radical Raúl Alfonsín, dejó heridas abiertas que aún no han cicatrizado. El autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”, encabezado por los comandantes en jefe general Jorge Rafael Videla, almirante Emilio Eduardo Massera y brigadier Orlando Ramón Agosti, realizó un golpe de estado para “combatir la subversión, la corrupción y la irresponsabilidad en el manejo de la economía”, aduciendo la debilidad del gobierno democrático de María Estela Martínez de Perón. El discurso oficial delineó unos objetivos que en los hechos consistieron en la práctica sistemática de secuestros, torturas y asesinatos que dejaron por lo menos 30.000 desaparecidos para los registros de la historia.

Para llevar a cabo los procedimientos “antisubversivos” se instalaron en todo el país los denominados Centros Clandestinos de Detención (CCD), que según estimaciones de la Comisión Nacional Sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), eran más de 360. Estaban divididos en dos categorías, según cita el informe Nunca Más. Un CCD podía ser Lugar de Retención de Detenidos (LRD), en cuyo caso quien resultaba encerrado permanecía recluido durante un tiempo generalmente extenso e indeterminado, o Lugar Transitorio (LT), que implicaba un lapso de detención corto. En este caso, el secuestrado llegaba allí inmediatamente después de ser apresado para luego ser trasladado, o antes de ser dejado en libertad a la espera de la orden de liberación por parte de las Fuerzas Armadas. Se pueden citar los LRD “Pozo de Banfield”, la “Brigada de Investigaciones de San Justo”, la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), la “Base Aérea Mar del Plata”, la “Escuelita de Bahía Blanca”, “El Olimpo” y el “Club Atlético”; y los LT “Destacamento Policial de la Capilla de San Antonio” y “Comando Radioeléctrico”. Eran más numerosos los LRD, que permitían mantener presas en la clandestinidad a miles de personas durante mucho tiempo sin que nadie supiera su paradero, olvidadas en la historia.

K-04 fue detenida el 13 de junio de 1977 y llevada al CCD “Club Atlético”. Mientras ingresaba con los ojos vendados, pensaba permanentemente en el bebé que tenía en su vientre. Creía que lo perdería. Sufrió cuatro meses la tortura indiscriminada de los militares, que la liberaron en octubre de 1977.

Desde la vuelta a la democracia, se constituyeron numerosas organizaciones que lucharon y luchan por la condena de los culpables de los crímenes perpetrados en los siete años de dictadura militar. En la búsqueda de evocar el recuerdo de los desaparecidos, se formó el Proyecto de Recuperación de la Memoria del Centro Clandestino de Detención “Club Atlético”. Abuelas de Plaza de Mayo, Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, la Agrupación H.I.J.O.S, Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, Sobrevivientes del CCD “Club Atlético”, en conjunto con la Unión de Trabajadores de la Prensa (UTPBA) y la Subsecretaría de Derechos Humanos, trabajan desde el 13 de abril de 2002 en la primera tarea de recuperación arqueológica de un CCD en la Ciudad de Buenos Aires. El 16 de diciembre de 2003 el Gobierno fundó, a través de un decreto, la Comisión de Trabajo y Consenso, que debe diseñar los objetivos y los pasos a seguir en el Programa de Excavación, que promete cambiar la historia de la memoria.

“La idea de esta experiencia inédita de arqueología urbana es generar un testimonio material, tanto de las estructuras edilicias como de objetos relevantes que puedan encontrarse para contar qué pasó durante el Proceso. Creemos que es posible reconstruir la vida dentro del “Club Atlético” a partir de hallazgos tangibles que se articulen con las vivencias narradas por los sobrevivientes. En ninguna investigación arqueológica existe la posibilidad de cotejar lo que se ha encontrado con las palabras de los protagonistas”, subraya Luciano Pafundi, arqueólogo y director del grupo de excavación. Junto con la recuperación de elementos materiales se realiza una investigación histórica en la que se intenta determinar la identidad de quienes estuvieron detenidos en el lugar y buscar sobrevivientes del campo que permitan ampliar la información. Hasta el momento fueron identificados 105 liberados y 208 desaparecidos. Otros datos que se obtuvieron marcan que entre los detenidos en el “Club Atlético” hubo por lo menos diez embarazadas y cinco asesinados. “Queremos ampliar la lista de represores para que todos sean condenados. La única manera de que nuestra memoria pueda sentirse viva es recordar la historia y saber que hicimos todo para que los culpables estén presos”, sentencia Marcelo Castillo, docente de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires y encargado de la Muestra Gráfica del proyecto (ver “Perfil de un hombre inquieto”).

El CCD “Club Atlético” funcionó entre febrero de 1977 y el 28 de diciembre del mismo año en el sótano de un edificio de tres plantas ubicado en la Avenida Paseo Colón, entre Cochabamba y San Juan. El inmueble pertenecía al Servicio de Aprovisionamiento y Talleres de la División Administrativa de la Policía Federal. A fines de la década del 70’ fue demolido para construir la Autopista 25 de Mayo. La historia muestra que Muchos de los elementos de su infraestructura fueron utilizados posteriormente para construir el CCD “El Olimpo”, que funcionó entre agosto de 1978 y abril de 1979, según indica el Archivo de la Conadep. En 1984, familiares de desaparecidos y sobrevivientes pidieron al gobierno la conservación del lugar para que sirviera como testimonio histórico. En 1998, cuando las distintas organizaciones que hoy están bajo la Comisión de Trabajo y Consenso vieron la posibilidad de realizar excavaciones, no hubo eco en el Gobierno. “Recién el 13 de abril de 2002, un sábado a las once de la mañana, se pudo empezar con las tareas”, explica Castillo. El equipo de arqueólogos dirigido por Luciano Pafundi completó hasta el momento un trabajo que incluye hallazgos que por sí solos no significan demasiado: caños, materiales eléctricos, zapatos, gorras, botones de uniformes, restos de ropa, vajilla, monedas de época. “Los elementos no tienen mucho valor sin el testimonio oral de los sobrevivientes. Una pelotita de ping-pong en sí misma probablemente sea vista como algo insignificante o accidental. Pero si se relaciona con las experiencias de vida de los detenidos se cae en la cuenta de las terribles condiciones en las que sobrevivían”, explica el arqueólogo. En total se han encontrado, hasta el momento, 23.918 objetos, una cifra interesante para la historia.

Cuando K-04 se miró en el cuadrado de metal fundido que hacía las veces de espejo, no se reconoció. Hacía unos minutos que su compañera innominada había sido obligada a cortarle el pelo, “hasta que no quede ni uno”. K-04 admite que en ese momento no pudo darse cuenta de que lo reflejado en el metal era su rostro. Resalta que cuando decidieron devolverle la libertad y arrastraban su cuerpo fuera del “Club Atlético”, miró por debajo de la venda que le había tapado los ojos durante cuatro meses y observó a muchas personas, en su mayoría escuálidas, todas iguales, indiferenciadas, sin identidad. Esa fue la última imagen de su reclusión. “La vida entre comillas (sic) dentro del ‘Club Atlético’ era terrible. Por eso se inició el Proyecto. Para que todos puedan entender lo que implica haber encontrado una pelotita de ping-pong. Los que no estuvieron allí tienen que saber que los militares se dividían las tareas: mientras unos torturaban con picana eléctrica a los detenidos, otros jugaban al ping-pong en una mesa que estaba en una de las salas. Nunca voy a olvidar el ruido de la pelota picando, de un lado a otro, mientras era torturada”, completa K-04.

La primera etapa de excavación permitió descubrir, sobre la base de testimonios de los detenidos, la zona de una sala de reuniones (“El consejo”), tres celdas de aislamiento, un montacargas y un sector que los sobrevivientes denominan “Sala de guardia”. Lo planeado para la segunda excavación es trabajar sobre la enfermería, los baños y la escalera por la que los detenidos eran conducidos hacia el sótano (Ver planos). “El problema con el que hasta ahora nos encontramos es que nos resulta imposible realizar tareas en el lugar donde estaban las salas de tortura. Están justo debajo de la autopista y por razones de seguridad no podemos excavar ahí”, destaca Pafundi. “Lo que pudo constatarse con las excavaciones fue la correspondencia entre los testimonios orales y los hallazgos materiales”, agrega.

El esfuerzo constante de las organizaciones de Derechos Humanos por anular las leyes que absolvían a los militares dio sus frutos el pasado miércoles 15 de junio, cuando la Corte Suprema declaró la inconstitucionalidad de las Leyes de Punto Final (23.492), sancionada el 23 de diciembre de 1986 y promulgada al día siguiente, y de Obediencia Debida (23.521), sancionada el 4 de junio de 1987 y promulgada dos días más tarde. Cientos de militares fueron beneficiados por la normativa que indicaba que quienes no habían sido juzgados en los 60 días siguientes a su procesamiento quedaban en libertad (Punto Final); y que los represores habían actuado bajo la dirección y por orden de sus superiores y no podían ser juzgados culpables por los crímenes de lesa humanidad (Obediencia Debida). En el fallo histórico se amparan las distintas asociaciones que hoy trabajan en el Proyecto de Recuperación de la Memoria del CCD “Club Atlético” para sostener la esperanza de que los militares sean condenados, que quede registrado en la historia.

“Nadie nos va a devolver a nuestros hijos desaparecidos. Pero peleamos por la memoria día a día, desde hace treinta años. La única manera de seguir vivas es mostrar qué fue lo que pasó, recordarlo. Hay que luchar por la justicia y creer que un cambio es posible”, dice Enriqueta Maroni, madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora, agrupación que ha hecho historia por la memoria de sus hijos. En la investigación realizada por el Proyecto también se pudo determinar que, si bien el lugar tenía capacidad para doscientas personas, llegó a alojar a más de mil quinientas. Los secuestrados vivían hacinados. Y dos veces por mes algunos eran llevados a otros lugares, a destinos inciertos, “para hacer la rotación de presos. El eufemismo que usaban los represores para referirse a asesinatos era ‘traslado’ -comenta Dora Salas, periodista y sobreviviente del CCD ‘Club Atlético’-. Se llevaban a varios detenidos que después nunca volvían. Desaparecían”.

K-04 no desapareció, sobrevivió a la historia. Recuperó su identidad y volvió a ser Ana María Careaga. Se despojó del código de identificación que le habían asignado al entrar al “Club Atlético”, aunque es difícil que lo vaya a olvidar. Hoy se desempeña como secretaria de Derechos Humanos de la UTPBA y es una de las impulsoras del Proyecto de Recuperación de la Memoria, que actualmente está siendo difundido en Europa. Conserva orgullosa un pelo lacio que atesora y le llega casi hasta la cintura.