En Sociedad > medio ambiente
¡Nubes rosas!, ¡nubes blancas!, que más da el color. Si caminando entre ellas vuelan, si divagando entre sus albores fantasean, si navegando por sus inmensidades excavan sueños. La entelequia de ser o saber, de pretender entender absolutamente todo, se dilucida de un casi ufano intelecto por tratar de conocer. Si, tratar de conocer, pero, sin transgredir el medio ambiente.
¿Nubes de algodón? ¿Dejarán de proclamar a los cuatro vientos que no son más que lo que el mundo ha puesto en su discernimiento? ¿En una vida laborada o inadmisible de realidades? Fatídicas mañanas y laboriosas tardes entregadas a quien sabe cual polémica creada. Descolorida por sus satisfacciones. Entumecida en sus resarcimientos. Desportillan sus estanterías cargadas de promesas. Conocimientos jamás apilados en libreros. Sonidos roídos por su rechazo. Ecos persiguiendo avatares. Desafían una y otra estrella que demanda un intenso fulgor: dorado, azul, verde, que más da… un celeste constante, un ennegrecido cielo a punto de claudicar, para romper en llanto, dejando caer enormes gotas ácidas en sus suelos, para mandar un mensaje, para decirles que es complejo, para dejar en claro un maltrate, para despojar sus resquemores y clamar: “ya no puedo, están a punto de exterminar la vida, están a punto de crucificar la verdad. Hincan su integridad. Son artífices nefastos con el medio ambiente.¨
Una naturaleza que se ahuyenta de luces indiscretas, de energía malgastada, de hipocresía cargada. Suplicando compasión. Pidiendo con bramidos sollozantes vuelvan para reflexionar, dejen de apartar alguna verdad. Se convenzan que caminando entre ella se deslizan los que insertos de amor se concatenan en unción eterna. Logran esclarecer un sentimiento cabal que se entrelaza en una unión casi perfecta, obsequiada en su naturaleza.
Dístalas conclusiones, a veces sujetas a rocas burdas aliadas con mentiras. Cáscaras de frutas circundan en sus basurales. Despiden aromas ocultos que los confunden. Parecen decir, que ese no es su lugar. Están en el equivoco lamento, sin saber como coincidir con lo que anhelan. Allá en los calados ósculos de un corazón travieso que se atrevió ahondar su aspiración.
Imperceptibles manejan sus ilusiones. Les desatan las hileras que colocan en sus zapatos para que tropiecen y se deleiten en su vejación. Repitiéndose en una declaración casi programada, que no deben, que no son, que no se puede, que no crean. Insertos de temor en sus almas resquebrajadas de sinsentidos. Claudicados de sinsabores.
Tal vez haya una respuesta que se entrelaza con sus honores. Que obedece pautas desatadas del entorno. Almas que se atreven a ver. Se atreven a creer. Se atreven a decir que las nubes de algodón que no hay en la naturaleza, son analogías que pueden dilucidar respuestas en un entendimiento vasto y oportuno que da al medio ambiente un respiro. Sugieren sentido y adquieren el compromiso de un trabajo conjunto para dejar de destruir su mundo.
Aquellas posibilidades que enlazándolas pueden convertirse en una realidad. Son ellas las que tal vez podrían hacer caminar, volar, soñar, entre nubes de algodón. Aparecer entre ellas, vislumbrando alguna verdad.
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