En Sociedad > mujer
La participación de las mujeres en la vida laboral se incrementa día con día, al igual que nuestra incursión en ámbitos académicos, políticos y sociales diversos, sin embargo, las mujeres contemporáneas, marcadas por el momento histórico que nos ha tocado vivir, somos presas aún de un conflicto interno latente: queremos ser modernas ante el mundo sin dejar de lado lo tradicional en nuestra intimidad.
Vivimos un tiempo de profundas transiciones, las mujeres contemporáneas, sin importar nuestra nacionalidad o cultura, padecemos la contradicción de tener vidas marcadas por obligaciones tradicionales y al mismo tiempo por transgresiones que nos conducen por el camino de la modernidad. Actualmente, las mujeres del mundo compartimos el hecho de ser el producto de una doble construcción de género que nos define, concepto que la antropóloga Marcela Lagarde ha denominado sincretismo de género, es decir una mezcla entre la tradición y la modernidad que nos lleva a vivir conflictos internos que reflejan sin duda, los problemas culturales y sociales que hoy en día se viven en el mundo.
En su libro Claves feministas para la negociación en el amor, Marcela Lagarde enfatiza que antes que nada, las mujeres contemporáneas debemos entender que estos conflictos nos acompañarán toda la vida ya que esta es una contradicción que no se resolverá rápidamente, la eterna contradicción entre tradición y modernidad.
¿Cuántas de nosotras trabajamos arduamente, nos preparamos, alcanzamos metas profesionales y académicas elevadas, al mismo tiempo que nos partimos en mil pedazos por conservar una familia en el más puro y tradicional sentido de la palabra? ¿Cuántas veces hemos tratado de ser súper heroínas para atender a las y los hijos, prepararnos, trabajar y además, todavía preocuparnos por tener una casa impecable y ser las amantes perfectas para nuestras parejas? Estas dobles y triples jornadas que cada día nos desgastan más son consecuencia de que, a pesar de habernos modernizado en muchos aspectos de la vida, las mujeres seguimos siendo enteramente tradicionales en todo aquello que tiene que ver con el amor, esto debido a que el amor, histórica y culturalmente, ha definido nuestra identidad de género.
Al respecto, Lagarde afirma que nuestro sincretismo de género suele ser lastimoso a menudo debido a que el amor es central en nuestra vida y paradójicamente, resulta ser el espacio más tradicional, aun en las mujeres modernas. En una formación meramente tradicional, se ha asociado al amor con una ignorancia innata, se ha pensado como un concepto que surge por sí mismo ante el cual no hay que analizar nada. Un paso hacia la modernidad, según Lagarde, sería entender que para amar es preciso conocer, sobre todo, conocernos a nosotras mismas.
El autoconocimiento como punto de partida nos permitirá establecer relaciones más sanas, donde nuestros derechos y necesidades no queden subordinados a los requerimientos de los demás. Dejaremos de seguir mandatos amorosos para satisfacer nuestras propias necesidades afectivas.
Para las mujeres, el amor es definitorio de la identidad de género, hemos sido configuradas socialmente para el amor, construidas por una cultura que coloca al amor como una ordenanza, como un deber y no como un acto de voluntad. Es el deber ser que culturalmente se nos ha asignado.
Tradicionalmente, las mujeres hemos sido educadas para satisfacer las necesidades afectivas de otros (pareja, hijos, hijas, padres, madres, amigos, amigas, etcétera) lo que nos ha llevado a subordinar y reprimir los deseos propios para realizar los de otros y otras.
¿Por qué es importante que las mujeres pensemos en nuestros propios deseos y necesidades amorosas en este momento histórico? Porque de nada servirán las leyes, los programas y los instrumentos de defensa de nuestros derechos humanos si nosotras mismas no nos consideramos sujetos de tales derechos, si nosotras mismas, al interior, no nos sentimos libres.
A juicio de Marcela Lagarde, las mujeres contemporáneas necesitamos establecer una filosofía amorosa, lo cual implica una concepción del mundo y de la vida. Esta filosofía debe diferir de la tradicional para que dejemos de percibir nuestras carencias, dificultades y problemáticas desde la filosofía patriarcal con la que hemos sido moldeadas. Es innegable que la cultura patriarcal ha creado una moral amorosa para las mujeres y nos ha asignado como identidad existencial al amor.
Para avanzar hacia una forma moderna de relacionarnos amorosamente, es necesario entender que el amor es una construcción histórica, un hecho aprendido socialmente, condicionado por las épocas y las culturas, pero sobre todo, que está especializado por géneros, es decir, que tiene normas y mandatos diferentes para hombres y para mujeres. Entender esto nos ayudará a saber por qué las mujeres de hoy conservamos en nuestra subjetividad formas históricas del amor ya superadas socialmente en el pasado.
La filosofía feminista critica fundamentalmente al amor que somete, que se impone, que devasta, que profundiza y perpetúa las desigualdades. “La clave de la justicia, de la equidad, es fundamental para entender a las mujeres de hoy, que más que la salud, la educación, el agua potable o el alimento sienten al amor como su necesidad más básica y no cubierta”
Así, de acuerdo con la teoría feminista, no es posible transformar al amor si no se transforma a la sociedad, pero tampoco es posible transformar a la sociedad si no se transforma al amor. Esto nos hace demandar una nueva ética amorosa, el establecimiento de nuevas relaciones humanas, políticas, sociales y de poder.
Muchas veces hemos escuchado a mujeres modernas decir que su objetivo en la vida es alcanzar la plenitud. La modernidad relaciona tal plenitud con la condición de ser personas, implica la realización, la trascendencia y la libertad. Sin embargo, seguimos aspirando a ser generosas, a hacer el bien a los demás. Esta doble aspiración crea una implacable contradicción en las mujeres, misma que nos marca y nos lleva a sentirnos partidas en nuestro interior.
Queremos amar, con libertad y con generosidad, queremos amar y hemos sido educadas en una cultura judío-cristiana que nos hace no esperar nada a cambio, sin embargo, nuestro anhelo de plenitud nos lleva a querer ser correspondidas. De ahí la frustración; los valores tradicionales y los valores modernos que vivimos tratan de coexistir en cada una de nosotras. Marcela Lagarde asegura que la trampa amorosa más trágica en que la cultura patriarcal ha colocado a las mujeres es justamente la de priorizar a los demás en el amor.
La filosofía feminista no es la única que ha abordado este punto. Jean Paul Sartre , el padre del existencialismo, plantea en El ser y la nada que el amor es la relación desde el sí mismo (ser individual) con el otro. Sastre aseveró que en el amor se establece una relación entre dos libertades, por lo tanto, la materia del amor es justamente la libertad.
Es el momento entonces de remitirnos a una grande de la filosofía feminista: Simone de Beauvoir quien, haciendo una crítica feminista a Sartre planteó que mientras las mujeres no vivamos desde “el yo misma” no podremos ser libres ni mucho menos aspirar al amor en libertad. Pero el punto es que no se puede plantear este anhelo mientras las condiciones sociales, sexuales y de género sean desiguales.
Esto llevó a De Beauvoir a afirmar que los hombres tampoco son libres porque las relaciones amorosas tradicionales sólo se basan en su libertad, ahogando las libertades de las mujeres. El amor libre implica seres en libertad.
La sociedad y la cultura patriarcal hacen de las mujeres seres que aman a otros, les han negado el derecho al amor propio. En la cultura tradicional, el egoísmo en las mujeres es reprobable. Simone de Beauvoir afirma que la perfección amorosa del patriarcado es haber creado en las mujeres la creencia de que la realización personal está en allegarse a un hombre plenipotenciario en la vida, lo cual nos coloca en una experiencia de no libertad ya que es el otro el que ocupa el centro de nuestra vida.
En las sociedades actuales, la experiencia amorosa está ceñida a la pareja, vista como el espacio simbólico para su realización, sin embargo ante las contradicciones entre la tradición y la modernidad, hoy en día la pareja es una de las relaciones más dispares y complejas, en ella se sintetizan las relaciones de dominio y opresión, se unen lo público y lo privado, se ensamblan lo social y lo personal y confluyen aspectos como la intimidad afectiva y sexual, el erotismo, la convivencia, la corresponsabilidad, la economía, el amor y el poder.
Los dramas de la pareja actual siguen concentrándose en los poderes de dominio, en el no reconocimiento de la individualidad y en la dependencia emocional. Por ello es necesario pactar y negociar en forma equitativa para dar paso al encuentro de dos individuos, al amor y a la ansiada libertad, meta de la modernidad y por consecuencia, de las mujeres modernas.
Si eres un usuario registrado, puedes hacer comentarios sobre este artículo.
|
![]() |
||||||
|
![]() |
BúsquedaInformación de este artículo
Vínculo Más artículos sobre mujerMujeres reunidas por un plan de lucha en busca de la igualdad de los géneros Análisis basado en la película "Y tu mamá también" Análisis basado en la película "Antonia" El rol de la mujer en las sociedades latinoamericanas Temas que interesan a toda mujer Más artículos de este autorLa magia de las montañas sagradas: Tepoztlán y Tlayacapan El oso que no lo era: literatura infantil contra la discriminación El manejo de los residuos sólidos: un compromiso desde casa |
Comentarios
Comentario de gimenaolmos
De contenido muy significativo y buena redacción, el tema es más que interesante y el enfoque muy acertado; anima a leer mas.