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De pequeños, los padres suelen añadir a nuestros temores, personajes como el coco, ente antropomorfo, que a través de nuestra infantil imaginación era el único capaz de persuadirnos a tomarnos toda la sopa, pasar por nuestra garganta la cucharada de medicamento de sabor horrible y mantener el horario de juegos y estudio, sin excedernos en uno y dedicados en el otro. Su fisonomía dependía del grado de temor, unas veces era la sombra larga de la lámpara proyectada sobre el techo, otras, la gris imagen amenazante de las hojas del árbol del patio bañada por el claro de luna. Ya mayores, el coco se convirtió en un agradable y lejano recuerdo, nuestra vida de pareja nos enfrenta a otros temores, los del día a día, los recibos de los servicios públicos, las cuentas de las tarjetas de crédito, la póliza del auto; ante estos miedos adultos, el pobre coco palidece y resulta ser un simpático personaje candidato para audicionar en Sésamo Street, pero son llevaderos, nos aseguran que no podrá haber un coco mayor que nos desestabilice emocionalmente. Vana ilusión.
Al llegar a los cincuenta, es obligatoria la visita al médico, la edad comienza a recordarnos que empezamos a perder capacidades, la fritanga nos cae mal, las opíparas cenas se deben reducir a una simple taza de avena, dolores de espalda, fatiga al subir escaleras…en estas edades, todo se cae como si Newton quisiera recordarnos con su famosa ley que es la tierra el último recipiente, se caen los dientes, se cae el cabello, ya no podemos decir que nos tiramos un pedo sino que se caen y en medio de este caos aparece un nombre que llena toda la galería de espectros: el urólogo.
¿Cómo os va en la vida de pareja?- Bien Doctor, ella es muy comprensiva y nos entendemos muy bien.
-..este…. me refiero a vuestra relación….- Ah si…, ningún problema hasta ahora-
¿y el chorro? Como está vuestro Chorro?-…bien…, aún mi señora me reprocha por no levantar la tapa del baño.
Estas son las conversaciones rutinarias en los consultorios de los médicos que tratan a hombres como yo que pasamos de la cincuentena. Nos explican que el fantasma a temer en estos años es el cáncer de próstata, lo que hace necesario la obligada visita al urólogo. Aquí fue Troya, la sola insinuación de visitarlo me estremece, me remonta al coco de mis años infantiles, es que se me presenta cual infernal espectro con su mano enguantada, obligándome a ponerme de rodillas sobre la camilla dispuesto a hurgar donde no debe, cobrándonos esa otra virginidad.
-Bueno mi estimado paciente, su próxima consulta es con el urólogo para un rutinario chequeo….
Y me extiende una tarjeta con el nombre del especialista, la cual guardo sin leer en el bolsillo de mi chaqueta.
Reflexionando seriamente con mi esposa, pareja de siempre, llegamos a la conclusión que el verdadero enemigo de estos años otoñales para nosotros los hombres es el dichoso cáncer de próstata, cobra vidas, pero es tratable si se detecta a tiempo, mediante este incómodo examen de palpar por vía rectal. Esta rutina permite establecer el estado de la glándula y el médico puede direccionar el tratamiento, por tanto, aconsejo a pesar de los temores a visitar al especialista con la esperanza que el que nos toque tenga una mano pequeña para el tacto.
A propósito, busco con afán la tarjeta personal que me entregó el médico general y no me van a creer, tremendo susto me llevé, pero que le vamos a hacer…. En letras finamente delineadas pude leer:
DR. POLICARPO MANOTAS
Médico Urólogo
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