PUESTO QUE NO EXISTEN, afortunadamente, instrumentos científicos para radiografiar, escanear o efectuar una resonancia magnética de las emociones, podemos formularnos la siguiente pregunta: ¿Existe algún modo de saber se estamos más o menos sanos o insanos emocionalmente? La respuesta tiene que ser terminantemente afirmativa. Toda persona puede descubrir hasta qué punto está sana o insana emocionalmente, puesto que la suma de emociones insanas (odio, envidia, celos, ira y tantas otras) denotan insania, en tanto que la suma de emociones saludables (amor, alegría, ecuanimidad y otras) evidencian salud. Pero, en principio, podemos asegurar que la gran mayoría de los seres humanos sólo están parcialmente sanos, si nos referimos a las emociones, del mismo modo que están parcialmente insanos. ¿Quién no padece emociones negativas, e incluso es víctima de las mismas, y no puede evitar que se le impongan a su pesar? Parte de los seres humanos se ven aquejados por este tipo de emociones y algunos por otras. Pero salvo si uno ha aprendido un largo ejercitamiento de autoconocimiento y autointegración, toda persona se ve afectada, con mayor o menor intensidad, por emociones insanas y que, por ello mismo, resultan tan destructivas como autodestructivas. Estamos, por lo general, muy lejos de la verdadera armonía emocional, lo que nos llevaría a otra pregunta: ¿Es posible recuperar la salud emocional? También debe contestarse afirmativamente. No hay persona que, si se lo propone, no pueda mejorar positivamente su salud emocional y favorecer así su equilibrio psíquico, su más genuina relación con las otras criaturas e incluso su salud somática, puesto que infinidad de trastornos físicos pueden devenir como consecuencia de desequilibrios emocionales, pues, como ya descubrieron los yoguis hace más de cinco mil años, anunciando la conexión mente – cuerpo, muchos desórdenes físicos son debidos a causas psico-somáticas.

Toda persona puede transformarse. Nadie es inmune a la superación si se empeña en cambiar sus modelos mentales y potenciar el lado más hermoso de sus emociones y sus sentimientos. Cada emoción insana que consigamos debilitar o erradicar representa ya un gran logro; cada emoción sana que consigamos desplegar e intensificar es ya un gran beneficio para uno mismo y para los demás.

Hay un adagio que reza: “Somos lo que comemos.” Otro podría rezar: “Somos lo que sentimos.” Y resulta, además, que todo es sentir, porque a las cinco sensaciones físicas corresponde la sexta sensación, que es la mente. Si todo es sentir, eso ya nos permite darnos cuenta de lo importante que es sentir bien, porque las emociones positivas son balsámicas, restablecen la salud psicosomática y disponen de su propio poder curativo, del mismo modo que toda emoción negativa en un tóxico que arruina la salud. Así como el nutrimento del cuerpo son los alimentos, el de la psique son las emociones. Si le proporcionamos a la psique emociones constructivas y saludables, ésta logrará mayor equilibrio, prestancia y armonía. Desde muy niños deberían enseñarnos a alimentarnos emocionalmente, pero nunca es tarde para poder procurar a nuestra mente impresiones constructivas y a nuestra psique emociones provechosas.

A nadie parece gustar el sufrimiento y, sin embargo, cuánto sufrimiento nos provocamos dolor a nosotros mismos y a los demás por permitir que las emociones negativas fructifiquen en nosotros. Son como dardos que nos clavamos a nosotros mismos y, subsiguientemente, a los demás. No hay mayor necedad. Como señala una antigua instrucción: “No basta con pronunciar la palabra luz para que la lámpara se encienda.” No es suficiente, desde luego, con desear mejorar y ser dueños de emociones positivas e integradoras, sino que, partiendo de ese noble deseo y tomando la firme determinación de trabajar sobre nosotros, debemos emprender la vía hacia la plena salud emocional. Es un peregrinar en compañía por ese camino, sinuoso a veces, sembrado de escollos otras muchas, pero, innegablemente muy enriquecedor y que nos va a otorgar paz interior y nos va a ayudar a estimular nuestros potenciales emocionales. El camino del corazón es más elevado y eficiente que el de la simple razón, pero por encima de ambos, y conjugando uno y otro, se encuentra el de la Sabiduría. No es un camino hacia fuera, sino hacia dentro; pero en la medida en que se recorre, también comenzamos a manifestarnos más armónicamente en el mundo exterior y es entonces cuando la fecunda vía de la introversión ilumina (con su atención y ecuanimidad) la vía de la acción.

El ser humano se mueve en dos realidades o planos: el mundo exterior y el mundo interior, por expresarlo de una manera sencilla e inteligible. Lo que caracteriza el universo exterior o la denominada vida cotidiana son las circunstancias, acontecimientos y situaciones, más o menos relevantes o rutinarias. Es asimismo el entorno. No hay ninguna persona que no esté influida por lo exterior, en mayor o menor medida, si bien cuanto más trabaja uno interior mente sobre sí mismo y desarrolla visión clara, madurez, ecuanimidad, en mejor disposición se encuentra para sustraerse a las influencias del exterior. Nuestro control sobre los eventos del exterior es muy limitado y a veces nulo, pero todos podemos aprender a manejarnos con las circunstancias externas y a tratar de afrontar adecuada y sagazmente las situaciones. Como reza un adagio hindú: “Si no puedo resolver una situación en el exterior, debo resolverla dentro de mí.” ¿Cómo? Cambiando la actitud; no hay otro modo. Unas veces nosotros podemos incidir y controlar acontecimientos externos, pero otras muchas ellos nos dominan o nos influyen. Otro adagio reza: “La vida se encarga de desbaratarlo todo.” Se requiere una actitud de equilibrio en una sociedad desequilibrada para poder mantener la identidad, el sosiego y la visión clara. No es, por supuesto, nada fácil, y exige un prolongado trabajo interior.

El universo interior, denominado con este término difuso y todo englobante que es psique, se caracteriza por los estados de ánimo, los pensamientos, las emociones y los sentimientos. Dentro de nosotros fluyen todas las operaciones pensantes, afectivas, emocionales y, en suma, anímicas, muchas veces provocadas por estímulos del mundo exterior y otras por nuestra propia historia psicológica. Ese polivalente complejo que llamamos ser humano, y que es una entidad bio-psico-social, está conformado por una serie de centros o funciones, todos los cuales están interrelacionados, de tal modo, por ejemplo, que un pensamiento puede generar una emoción y una emoción se traduce en un pensamiento, si bien es cierto que consideramos el pensamiento como más conceptual o ideacional, y más de superficie, y la emoción como más intima y visceral. La respuesta emocional, que luego puede traducirse en ideación y algún tipo de reflexión, es una reacción ante una situación externa o interna, que a menudo, sobre todo si es intensa, desencadena alguna alteración somática, así como tiene una repercusión bioquímica. Un ser humano es cuerpo, percepciones, sensaciones, emociones, estados anímicos, sentimientos y consciencia. Todo ello está íntimamente interconectado, y las primeras psicologías del mundo –el yoga (precursor así mismo de la ciencia psicosomática) y, tres mil años después, la del budismo- ya apreciaron desde el primer momento –por su carácter experiencial- que hay una estrechísima relación entre el cuerpo y la mente, de modo tal que todo lo que incide en el cuerpo lo hace sobre la mente, y viceversa. Una sensación, por ejemplo, provocará una reacción emocional, del mismo modo que los estados de ánimo siempre en el cuerpo, aunque a veces de un modo tan sutil que sólo es posible darse cuenta de ello si se ha trabajado mucho con la atención vigilante.

Las más antiguas instrucciones de la psicología yóguica insisten en declaraciones como las siguientes: “Así como piensas, así eres”; “eres el resultado de tus pensamientos”; “todo pensamiento tiende a convertirse en un acto”; “cambia tus actitudes mentales y cambiarás tu vida”, y otras similares, poniendo de manifiesto la importancia de los pensamientos y de las actitudes o modo de tomar los acontecimientos. Los pensamientos constructivos favorecen el carácter y la relación además de evitar mucha desdicha a la persona; los pensamientos destructivos generan sufrimiento inútil, perturban la personalidad y dificultan las relaciones con los otros. Y aunque este es un relato sobre las emociones, el cultivo de pensamientos positivos y la neutralización de los negativos deben ser considerados, pues también juegan un papel considerable en la salud emocional. Los pensamientos obsesivos, perniciosos y dañinos alteran emocionalmente y generan estados anímicos atribulados y agitados. Los pensamientos saludables, por el contrario, estabilizan las emociones y desencadenan estados anímicos provechosos.

Aunque la lucidez o visión clara no pueda considerarse una emoción, es un estado de mente que puede colaborar de manera determinante en el cultivo de emociones positivas y en la superación de las negativas. Pero ¿qué es la lucidez? Es la capacidad de ver con claridad, y por eso también se la ha llamado visión justa o cabal, discernimiento claro, visión penetrativa, sabiduría o clara consciencia. Su opuesto, y generador de innumerables emociones negativas, es la ofuscación, que genera confusión y que oculta los hechos (internos o externos) con tres velos distorsionantes: el de la interpretación, el de la reactividad y el de la imaginación.

Sólo en la medida en que uno se va entrenando para ver con claridad, más allá de la distorsionante influencia de estos velos, puede percibir y apreciar con sabiduría. De la ofuscación sólo surge ofuscación. El trabajo sobre las emociones debe incluir el trabajo sobre la mente, porque si la mente no está purificada, atenta, consciente y ecuánime, será el suministro de innumerables emociones negativas. La ofuscación es siempre es siempre un semillero para emociones negativas, y es por la ofuscación por lo que surgen la avidez, el odio, la ira, la malevolencia, la envidia, los celos y otras tantas emociones siempre perniciosas. En la medida en que la mente se va esclareciendo y se va superando la ofuscación, la propia claridad que dimana de la mente es una energía de gran cordura para promover emociones positivas. Así como la ofuscación genera emociones insanas y las promueve, la visión clara suscita emociones sanas y las cultiva. Si se conquista la lucidez, se comprende que nada bueno deviene de las emociones negativas y que, al contrario, es provechoso todo lo que acarrean las positivas, con lo que la persona pone en marcha recursos para su transformación emocional.

La lucidez o visión clara va consiguiéndose en la medida en que la persona va corrigiendo las actitudes equivocadas de su mente, drena y ordena su subconsciente, supera códigos coagulados y patrones de conducta y clarifica la perceptividad. Todos los métodos de meditación, y de manera muy especial los de meditación perceptiva y los que acentúan la atención vigilante, tienden a desencadenar la visión clara. Asimismo, permanecer más atento a cada momento, desarrollando el elemento vigil, y entrenarse en la ecuanimidad, nos van permitiendo disipar las densas nubes de la ofuscación.

Así como muchas veces no es posible ejercer ningún tipo de control sobre las circunstancias o situaciones externas (aunque siempre las podemos vivir con atención consciente y ecuanimidad), sí lo es sobre los estados anímicos y las emociones y pensamientos. En la senda hacia la salud emocional, el practicante aprende a modificar actitudes vitales, controlar saludablemente los pensamientos, estimular factores de crecimiento interior (lucidez, contento, equilibrio y otros), suscitar emociones positivas y afrontar adecuadamente (con sabiduría y ecuanimidad) las situaciones del exterior. Uno se va convirtiendo pacientemente en el arquitecto de sus pensamientos, emociones y reacciones. Aplicando la atención vigilante y la ecuanimidad es posible conseguir que las reacciones (incluidas las emocionales) sean menos desmesuradas y, por lo tanto neuróticas, lo que ya es un paso gigante en la vía hacia la armonía.

Para promover esa salud emocional que deseamos, y que representa siempre un bienestar no solamente emocional, sino subsiguientemente mental, tendremos que ir no sólo promoviendo emociones positivas y superando las negativas (que es la base del trabajo emocional), sino también poniendo todos los medios para sanear y reorganizar saludablemente la psique, resolviendo ese núcleo de caos y confusión que hay en todos nosotros en tanto no vamos madurando y armonizándonos. El trabajo integral sobre la psique que deberá irnos permitiendo:

- Resolver ambivalencias anímicas.

- Solucionar conflictos internos (luchas de tendencias que tanto nos desgarran).

- Estabilizar la actividad emocional.

- Superar carencias emocionales y afectivas, pudiendo armonizar y enriquecer la vida afectiva.

- Conocer y aprender a manejarnos con las tendencias neuróticas.

- Aprender a superar frustraciones y solventar traumas y represiones.

- Ejercitarnos en una genuina autoestima.

- Descubrir autoengaños, subterfugios, escapismos y justificaciones neuróticas, para tratar de crecer interiormente y aproximarnos a nuestra naturaleza más real.

- Adiestrarnos en superar aflicciones mentales y emocionales o poder instrumentarlas constructivamente, desde el desosiego o la angustia, a la inercia o el miedo.

- Desplegar el amor consciente, consiguiendo así relaciones fecundas y más cooperantes.

- Esforzarse por ir descubriendo emociones negativas y tratar de superarlas o transformarlas.

- Suscitar y cultivar las emociones positivas.

- Recurrir a todos los métodos de automaduración solventes y fiables, tales como: la autoobservación, la atención vigilante, las técnicas de meditación y autoconocimiento; los métodos de apaciguamiento, relajación y autoencuentro; la acción consciente y menos egocéntrica e interesada.

Como la mayoría de los seres humanos tenemos un lado difícil o neurótico, como queramos llamarlo, tenemos que trabajar pacientemente sobre nosotros mismos para irlo conociendo.

Si somos biología, psique, seres en relación, el verdadero trabajo sobre nosotros mismos tendrá que extenderse sobre estos tres ámbitos, toda vez, además, que están muy interrelacionados y que las emociones o respuestas emocionales conectan con los tres. El entorno genera respuestas emocionales, del mismo modo que las emociones son productoras de reacciones físicas y mentales y también determinan la personalidad y condicionan la relación con las otras criaturas. Sin duda, también, hay una estrechísima relación entre las emociones y el estado inmunológico, y, como ya dijeron los yoguis hace milenios, hay emociones que son balsámicas e incluso favorecen la longevidad, así como las hay tóxicas y que perjudican gravemente la salud y frustran el bienestar físico, mental y de relación. Las reacciones de ira, descontento, la ansiedad y el estrés, por ejemplo, perjudican gravemente el sistema endocrino, desorganizan el “reloj” biopsíquico y propenden a engendrar trastornos psicosomáticos de mayor o menor gravedad.

Para que exista una buena salud hormonal seguramente también tiene que haber un buen equilibrio mental y emocional, pues del mismo modo que disfunciones hormonales alteran psíquicamente a la persona, trastornos psíquicos repercuten en el funcionamiento glandular. En cuanto a la esfera de lo puramente afectivo, tampoco cabe dudar de que las relaciones pacíficas, entrañables y genuinas son nutrientes y estabilizadoras, de la misma manera que relaciones conflictivas y dolorosas son tóxicas para el sistema nervioso y alteran anímica y bioquímicamente. Las psicologías de Oriente siempre han hecho referencia al poder tanto curativo como destructivo de la mente, dependiendo de su equilibrio o desequilibrio. En las emociones constructivas, como la compasión y la benevolencia, siempre se ha visto una fuente de bienestar físico, mental y social. Por todo ello, si fuéramos un poco más caritativos con nosotros mismos, estaríamos persistentemente en el intento de suscitar emociones saludables, para beneficio propio y de los demás pero con frecuencia realimentamos todo tipo de tóxicos mentales y emocionales, tan dolorosos y debilitantes que no se lo desearíamos ni a nuestro peor enemigo.

Aunque todos somos victimas de las nocivas influencias del entorno enfermizo en el que vivimos, pues la sociedad actual no es precisamente un escenario de paz y armonía (y mucho menos en las junglas urbanas), y estamos sometidos a estímulos negativos que nos dañan biológica y psíquicamente, también dependerá mucho de nuestro equilibrio mental y emocional el que dichos estímulos no perjudiquen más o menos; dicho de otro modo, nosotros podemos reeducarnos para mantener una actitud de serena inafectación o un espacio de quietud y ecuanimidad a pesar de las nocivas influencias del mundo circundante. Asimismo, podemos lograr, con el ejercitamiento adecuado, que la reacción dolorosa que nos puedan causar los nocivos estímulos exteriores no se perpetúe innecesariamente y no se acarre, e incluso que no sea desmesurada ni, por tanto, generadora de intensas y nocivas respuestas emocionales. Cuando, por poner un ejemplo muy claro, alguien insultaba al Buda, él no se sentía afectado y alegaba: “los demás me insultan, pero yo no recojo el insulto”, o como dice un verso del hermoso poema de Kipling: “Si nadie que te hiera, llega a hacerte la herida.” O sea, que dependiendo de nuestra actitud y de cómo tomamos las cosas, los eventos y las situaciones externos nos afectarán de uno u otro modo. Si nuestra actitud mental es ecuánime, aun hechos muy estresantes o mortificantes podemos encajarlos sin que nos afecten excesivamente y, por lo tanto, sin que nos deterioren psíquicamente en exceso. En la senda hacia la salud emocional hay que aprender ano reaccionar desmesurada y neuróticamente y, sobre todo, a evitar la reactividad neurótica. El control del pensamiento también es necesario, aunque hablemos de emociones, porque un pensamiento incontrolado se torna el ladrón de la felicidad, en tanto que un pensamiento preciso y bien instrumentalizado puede ser de enorme ayuda en la vía hacia la integración. No podemos pasar por alto que el recuerdo de lo doloroso genera miedo, y el del placer, apego, así como que la fantasía desatada negativamente nos trae al presente posibles calamitosas situaciones de futuro que quizá nunca sobrevengan, o que, si lo hacen, sea de otro modo, o nosotros podamos poner en marcha recursos y resortes que ni siquiera sospechábamos.

El pensamiento incontrolado nos causa mucho sufrimiento extra, y de ahí que los grandes maestros antiguos de la mente realizada, por otro lado sagaces psicólogos no académicos sino prácticos, han insistido en la necesidad de aprender a controlar el pensamiento y ejercitarse asimismo en el metódico desarrollo de la atención consciente será siempre de gran ayuda. Mediante ella podremos observarnos y conocernos; descubrir emociones negativas y no expresarlas o tratar de rectificarlas; sondear en nuestro propio inconsciente; pulsar reacciones anímicas y no identificarnos ciegamente con nuestros estados mentales; enfocarnos más en la realidad momentánea, en lugar de estar naufragando en el pasado o en el futuro; percibir con más intensidad y sabiduría. La atención consciente es, pues, amiga, maestra, guía, custodio y filtro. Es una gran auxiliadora, y trabajando sobre ella desarrollamos esa lucidez tan necesaria para comprender con claridad vivencial que las emociones negativas son siempre nocivas y poder, asimismo, penetrar la realidad, tal cual es, pues desde el momento en que lo hagamos así se frenarán las reacciones excesivas de apego y aversión.

Por otro lado, es necesario indicar que una cosa es la respuesta fresca en el momento mismo y otra cosa bien diferente las reactividades mentales. Muchas de nuestras reactivaciones, acarreadas ad infinitum salvo que no trabajemos sobre nosotros, son las causantes de tantas aflicciones mentales y emocionales. Con mucha frecuencia incluso, lo que en un momento dado sólo nos causó cierta molestia o un leve sufrimiento, al ser alimentado por la reactividad mental nos infringe mucho más dolor y ansiedad. Lo que no nos irritó en su momento puede irritarnos enormemente cuando lo recordamos, por poner este ejemplo extensible a muchas otras emociones negativas. La mente puede, por tanto, mitigar o amplificar. En última instancia, la mente puede tornarse en la peor atadura. Como le decía un maestro zen a su discípulo: “Quien te ata sino tu mente”. En este sentido, no puedo dejar de referirme a uno de los más significativos e instructivos discursos del Buda: el de los dardos.

Cuando una persona mundana que no conoce la Enseñanza es tocada por una sensación dolorosa, se inquiera y aflige, se lamenta, se golpea el pecho y llora y está muy turbada. Es como si un hombre fuera traspasado por un dardo y, a continuación del primer impacto, fuera herido por otro dardo. Así pues, esa persona experimentará las sensaciones causadas por dos dardos. Ocurre lo mismo con la persona mundana que no conoce la Enseñanza: cuando es tocada por una sensación dolorosa, se inquieta y sufre, se lamenta, se golpea el pecho, llora y está muy turbada. Así experimenta dos sensaciones: la sensación corporal y la sensación mental.

No cabe duda de que, dependiendo del grado de lucidez mental y madurez emocional, las reacciones serán más o menos anómalas. Es por esta razón por lo que un pequeño incidente genera mucha tensión y malestar en una persona inestable, en tanto que un incidente mucho más grave puede no afectar en exceso a otra más integrada. En la senda de la madurez emocional también hay que ejercitarse en:

- Dejar los sucesos en su justo lugar, sin reaccionar desproporcionadamente, aplicando la visión clara, la ecuanimidad y firmeza, con aceptación consciente de las situaciones inevitables. Cuando algo no pueda ser solucionado hay que resolverlo dentro de uno y no estar clavándose innecesariamente el segundo dardo. Mediante la ecuanimidad comprendemos que todo discurre, todo pasa, nada permanece igual constantemente.

- Aprender a desdramatizar, que ya en sí mismo es signo de salud mental.

- Desarrollar el sentido del humor, que deviene cuando la visión se amplía y somos menos egocéntricos.

- Comprender que la vida, al ser dinámica, “se encarga de desbaratarlo todo” y que es necesario propiciar emociones positivas a pesar de las circunstancias adversas o vicisitudes que a todos nos toca vivir.

- Tomar la vida como un maestro, un desafió y un aprendizaje, fluyendo en armonía, sin inútiles resistencias.

- Renunciar a todo sufrimiento inútil, como el que precisamente nos generan los estados mentales y emocionales negativos.

- Y, por supuesto, desear mejorar y poner todos los medios posibles para ello. Son necesarios la motivación consistente y el esfuerzo sabiamente aplicado, de ese modo uno va “desaprendiendo” emociones y respuestas emocionales negativas y “aprendiendo” emociones y respuestas emocionales positivas. Desde la autoaceptación consciente (que no es nunca fatalista resignación) se aprende la vía del mejoramiento humano.