Mas allá del abordaje conceptual que podemos llegar a construir desde nuestro sujeto creativo, cualquier intento de aproximación a esta área tan importante y fundamental para la humanidad, que es el sentimiento de divinidad y religiosidad, esta destinada al fracaso.

Solo podemos contentarnos con oscuras y cambiantes descripciones acerca de esto que desborda la racionalidad, puesto que nos es inabordable desde el plano del intelecto.

Estas lecturas y reflexiones me han llevado a establecer ciertas diferencias y leyes que, no obstante, son pura especulación, y de ninguna forma establecen certeros y seguros caminos para abordar el objeto que deseamos conocer.

Este es en si inabordable. Desborda al yo y no se deja clasificar dentro de las categorías convencionales del pensamiento. En extremo ambicioso es este cometido que me propongo y felizmente me respalda un total abandono de querer hacer de estas especulaciones leyes universales. Completamente rendido al error, cualquiera puede afirmar lo contrario u opuesto, y tendrá razón.

Comienzo por citar a Freud, en “El Malestar de la Cultura” con la siguiente frase: “Normalmente no tenemos mas certeza que el sentimiento de nuestro si-mismo, de nuestro yo propio. Este yo aparece autónomo, bien deslindado de todo lo otro. Que esta apariencia es un engaño, que le yo mas bien se continua hacia adentro, sin frontera tajante, en un ser inconciente que designamos ello, y al que sirve, por así decir, como fachada: he aquí lo que ha enseñado la investigación psicoanalítica”

En el mismo articulo Freud comienza hablando del “sentimiento oceánico” como lo denomina su criticado amigo Romain Rolland, que describe, con todas las características comunes de la experiencia divina, ese sentimiento de totalidad, pertenencia y alegría total, que encontramos en la base de la religión.

Freud lo aborda desde el campo analítico, igualándolo a cualquier otra representación normal de la vida anímica. “Esta manifestación de mi venerado amigo, que además ha hecho una ofrenda poética al ensalmo de esa ilusión, me deparó no pocas dificultades. Yo no puedo descubrir en mi mismo ese sentimiento oceánico” Posteriormente ejerce la afirmación citada mas arriba.

El fading del sujeto, en su “inefable y estúpida existencia” como alguna vez describió Jacques Lacan, al cual la construcción lingüística le provee la ilusión de una identidad que se desvanece por doquier, es en si el trauma con el cual nos las vemos en la falta del significante. Es el trauma esencial del sujeto barrado por el plano simbólico del lenguaje que no puede abordar en su totalidad el plano real, no puede ejercer una estructura cerrada y completa.

Es el trauma fundamental. La solución de esta arcaica encrucijada del ser parlante es la que el místico pretende alcanzar. Es la que Freud en sus primeros años creía como el fin de análisis.

Y en realidad, la simple solución que se encuentra en el emerger de la angustia existencial que quiebra en si la ilusión de permanencia que el yo cree poseer.

Muerte y sexualidad, traumáticos en si, lo son por la falta de significante en el orden simbólico. Lo son porque no hay forma de entender y manipular o clasificar su oscura irrupción o invasión en la vida. No las podemos abordar de la manera en que abordamos la ley de gravedad o las leyes clásicas del mecanicismo.

En si, retrocediendo a periodos anteriores de la historia de la humanidad, existe una ciencia que hasta la mitad del siglo XX formo una estructura perfecta y cerrada. Me refiero a la matemática.

Esta fue una forma de conocimiento que logro brindarle al humano la ilusión de una estructura total y sin falta, apoyada sobre las palabras positivistas de certero y seguro. Palabras en si que encarnan y dejan a la superficie el miedo fundamental que el ser humano quiso reprimir mediante este campo de números ideales; el no saber que deriva en el no ser.

Y si rastreamos y ejercemos un recorrido epistemológico de la ciencia en todas sus áreas, para nuestro terror, terminaríamos concluyendo su inevitable igualdad con la religión y el misticismo. Ambas formas del conocer derivan en un fin común: Convencer al inefable humano de una totalidad controlada y abordable.

Pero, lamentablemente para los ojos de la razón y de la fe, amigos desde siempre (aunque se peleen mucho) ese otro escenario que Freud puso por primera vez en palabras, insiste.

Ello golpea, insiste, repiquetea, agujerea, mata y angustia. La falta, la anomalía, el resto irracional de una estructura de subjetiva división que no es susceptible de volver a ser dividido encarna el fantasma oscuro y fundamental de la humanidad.

El diablo para la religión. La incerteza estructural para la ciencia.

No obstante, cambios han surgido. Dos teorías terminaron por echar por tierra todo deseo de seguridad y certeza: La teoría cuántica y la teoría de la relatividad. La física moderna puso fin último a la división cartesiana entre sujeto y objeto. Le dio el último y ganador golpe al positivismo y al materialismo. Le dijo de manera amenazante al científico: “No busques mas controlarme, no lo puedes hacer, admite tu derrota. El mecanicismo no es la respuesta, pero yo no te diré cual es.”

Decimos ultimo y ganador golpe…si ajustamos nuestro oído, el relativismo es mucho anterior al siglo XX. Ya se ha dicho muchas veces lo que cotidianamente vuelve a repetirse, una y otra vez. Pero es desde la mano de una ciencia de las denominadas “duras”, como lo es la física, que esto puede alguna vez penetrar la estructura fija, lógica y cerrada de un discurso positivista. Las ciencias humanas lo han repetido desde siempre.

Hemos llegado al punto de crecimiento en donde ya debemos dejar de engañarnos. Debemos ya desterrar las fantasías ilusorias que nos hacen perseguir el sueño y aceptar la movilizadota realidad de la caída del dualismo, y como efecto del materialismo.

Hace ya medio siglo que los psicoanalistas repiten a sus placientes “No busques llenar la estructura. No busques el 100%, es imposible”

A lo obsesivo le dicen “La falta es inevitable”. A la histérica le dicen “No hay significante para la mujer”. Repiten la derrota. Ello es incontrolable, la realidad es mayor y nos desborda, y la mente no la puede entender.

Hay una tradición no obstante, (una religión, si se quiere) que ha dicho estas cosas durante mucho mas tiempo que la ciencia occidental. Unos 2500 años, y va mas allá que el psicoanálisis, la sociología o la física. Siddartha Gautama Buda despertó del sueño del porvenir de una ilusión simbólica. Estableció su enseñanza, en una estructura simbólica, pero, cuidado aquí, no para hablar de la verdad, no para enseñar la verdad, sino para que el sujeto de por si pudiera ser la verdad.

La religión (en plural) lo ha dicho. No obstante bástenos con este fragmento del Nuevo Testamento de la religión cristiana “Quien tenga oídos para oír, que oiga”.

Línea causal de la evolución será el aprisionamiento mental que nos agobia, quizás simple causa-efecto al fin y al cabo, pero que la religión lo ha dicho, no cabe duda. No es lo mismo interpretar que imaginar comprender.

Estamos ya en el punto donde deberemos empezar a librarnos al inevitable final de nuestra simulación de identidad, a la falta de nuestro yo. Nuestro mas grande mal, querer abordar lo real y oceánico con las palabras. Incluso la física se ha rendido a la subjetividad (Ciencia que alguna vez fue el modelo de la objetividad y la razón), la física ya lo ha dicho. Quien no se sorprenda con tal panorama, no ha de preocuparse, la muerte todo lo dice y lo dirá, y no hay más que hablar.

He ahí una aproximación a esta especulación sobre lo místico: ¿Qué hemos de hacer? Admitir la derrota, postrarnos ante lo traumático de tal manera que nos posea, allí donde el yo muerto se desvanece, allí donde el sujeto y el objeto no existen, allí donde inevitablemente termina, y allí, finalmente, donde el terminar se convierte en lo total.