Imaginemos por un momento que es cierto que ya todo está planificado. Pequemos (valga el sentido lúdico de la palabra) de ingenuos. Aceptemos que somos títeres que deambulan por un mundo terrenal inane, cuyo verdadero sentido está en el Paraíso. Dejémonos envolver fugazmente por la influencia letárgica de la que Sébastien Faure reclama que nos despertemos. Una vez que estemos impregnados de religión, no tendremos escapatoria: estaremos admitiendo que Dios existe y, desde ese instante, seremos esclavos y estaremos obligados a someternos a una lista interminable de prácticas rituales en su honor, para que tengamos, una vez muertos, un palco preferencial en el Paraíso. ¿Qué significan esos ritos, qué implica creer que hay un Dios Creador, que todo lo puede, todo lo controla y todo lo sabe? Hay un solo resultado de estos desatinos: el embotamiento de la reflexión.

“La misa dominical no se ha destacado nunca como lugar de reflexión, análisis, cultura, saber difundido e intercambiado, tampoco el catecismo ni los rituales y liturgias de las otras religiones monoteístas. Las mismas observaciones valen para los rezos ante el Muro de los Lamentos o las cinco reverencias diarias de los musulmanes: rezan y repiten las invocaciones. Ejercitan la memoria, aunque no la inteligencia”, dice Michel Onfray en Tratado de ateología. De eso se trata el quehacer religioso: someterse a la doctrina, esclavizarse al dogma, y recordar, cada día, que, como buen fiel a la divinidad (que puede ser Dios, Alá, Mahoma), deben respetarse todas y cada una de las prácticas asociadas a la religión. El espacio para la crítica no existe, tampoco es posible rebelarse, o siquiera deslizar algún disconformismo.

Pensemos en Galileo: gracias a sus mediciones empíricas, sustentadas en teorías científicas, pudo concluir que la Tierra no es el centro del Universo, sino que gira alrededor del Sol y que éste está inmóvil. La reacción de las autoridades eclesiásticas no tardó en llegar: lo acusaron de blasfemo, y lo condenaron valiéndose del libro de la justicia cristiana: prisión y hoguera, de la que se salvó por decir que estaba arrepentido y equivocado. Giordano Bruno no tuvo la misma suerte: fue perseguido y quemado en la hoguera por sus escritos sobre la existencia de otros cuerpos celestes más allá de la Tierra y su postura de la infinitud del universo.

El discurso religioso ha llegado tan lejos que aún hoy se niega en las escuelas con orientación católica la validez de la teoría de Darwin sobre el origen de las especies y la aparición de vida en el mundo. O se cree en Dios o se cree en Darwin. Se discute la ciencia con la fe, como si tuvieran el mismo estatuto. De un lado, largos años de viajes e investigaciones. Del otro, libros supuestamente sagrados y deidades que nunca se vieron ni se verán. En su Diccionario del Diablo, Ambrose Bierce definió con claridad la Religión: “Hija del Temor y la Esperanza, que vive explicando a la Ignorancia la naturaleza de lo Incognoscible”.

Lo que ha logrado la religión ha sido petrificar el pensamiento, paralizar las mentes. Como ya hemos dicho, todos los ritos religiosos están sustentados en un buen funcionamiento de la memoria, que debe recordar salmos, rezos, Padrenuestros y Avemarías. En las confesiones, lo que hace el fiel es contarle al sacerdote sus pecados. Debe recordar qué fue lo que hizo, contrario a los designios divinos. Pero no reflexiona sobre ellos: dice lo que hizo, para que el Padre, como si fuera un médico recetando un remedio, prescriba su castigo, castigo que por otra parte se apoya en la repetición: a peor pecado, mayor cantidad de rezos. La fórmula funciona para cualquiera de los monoteísmos, lo que importa es que el fiel se someta a los dictámenes de los libros sagrados. Y como los “libros sagrados” dejan por escrito que Dios ha creado el mundo, entonces los estudios científicos y los esfuerzos por presentar argumentos y pruebas en contrario, son esfuerzos vanos, desechados ya no como blasfemos, afortunadamente, pero sí como errados. Aunque no esté incluido como uno de los siete pecados capitales, el peor de todos será siempre contradecir a la Iglesia.

¿Cómo es posible que haya tantos devotos dispuestos a dar todo por supuestas deidades omnipresentes? ¿Cómo podemos concebir la creencia en entidades invisibles; más aún, ¿por qué debemos aceptar que a esa creencia se le otorgue el mismo valor que a experimentos científicos sostenidos en pruebas empíricas, como la teoría darwininiana, o las conclusiones de Galileo? Hay sólo una forma de hacerlo: cerrando la voluntad de reflexión, objetivo cumplido por la religión a lo largo de los siglos. Pensar acerca del fenómeno religioso, detenerse y discutir acerca de sus contradicciones, sus imposiciones y las atrocidades cometidas en su nombre (la Inquisición, el exterminio de indígenas, las inmolaciones, los flagelos), es lo único que puede abrir las puertas hacia, por lo menos, una conciencia de lo que implica la religión, más allá de la figura de Dios. ¿Cómo hizo Faure para demostrar la inexistencia de Dios, a través de argumentos lógico-filosóficos? Puso a funcionar su intelecto. Subvirtió los pregones de la religión (él mismo reconoce que de pequeño estuvo influido por la orientación católica de su familia). Lo mismo hizo Galileo, al igual que Darwin. Todos ellos pensaron. Y pudieron concluir que la fe cristiana, en muchos de sus preceptos, se sostenía en errores. Hoy se sigue apoyando en ellos, pilares para que los creyentes piensen y vivan esperando el Paraíso y temiendo el Infierno. “El problema del creyente es que cree en todo lo que le dicen, y no le explican nada. A todas las cosas que dice la Iglesia les hace falta explicación. Son puros dogmas que no se molestan en decir por qué las cosas son como ellos dicen que son”, dice León Ferrari. Tal el pilar de las religiones: no explicar, ordenar, prescribir, recetar. Proveer verdades incontestables.

Los problemas de la fe están vinculados con la aniquilación del intelecto. La inteligencia sufre ante cada pregón, ante cada salmo, rezo o reverencia; la memoria gana espacio, y se ejercita para poder cumplir con los deberes de todo buen cristiano. El temor al Infierno y el deseo de llegar al Paraíso son dos caras de la misma moneda: el dogma religioso que se ha fortificado a lo largo de los siglos. Es necesario impulsar la reflexión, juzgar críticamente los preceptos religiosos.

Si creemos que hay un Destino previamente digitado, si nos rendimos ante el facilismo de reducir todo a una única Causa, resumida en una figura inexistente, invisible e imposible de demostrar; si todo lo que acontece, en fin, se limita a una sola explicación, la reflexión queda pulverizada. El intelecto pierde peso, la inteligencia se achata. Triunfa la fe, y la razón es derrotada.