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De la diversidad de espíritus: unos del demonio y otros de Dios
"Así, ustedes son evidentemente una carta de Cristo, dirigida a nosotros,
escrita no con tinta,
sino con el Espíritu de Dios vivo,
no en tablas de piedra, pero sí en tablas de carne.
que son vuestros corazones".
Corintios 3,3
San Ignacio, en su autobiografía, precisa la diferencia entre los pensamientos demónicos y los divinos, los primeros, ligados a la fantasía y a la mundanidad, los segundos a la reflexión en torno a Dios y a la vida de los Santos ( Santo Domingo y San Francisco). El contacto con el recuerdo de lo profano de su vida pasada lo dejó en numerosas ocasiones martirizado, agotado, triste, seco y descontento, no obstante, en su acercamiento imaginario –condicionado momentáneamente por su limitación física- a Jerusalem y a las cosas de Dios, encontró el sosiego y se maravilló su espíritu al discurrir sobre estos asuntos. La diversidad que halló San Ignacio en la reflexión divina le trajo mayor entendimiento para olvidar su pretérita y pecaminosa vida y para comprometerse con la gracia del Señor, previa necesidad de hacer penitencia para expiar sus culpas. Por otra parte, San Ignacio, deja implícita su particular teoría sobre la relatividad del tiempo al exponer que los instantes dedicados a lo licencioso son efímeros y, en contraposición, el tiempo en Dios es infinito y genera regocijo espiritual. Lo efímero atado a la acción humana mundana corrompe al espíritu, mas no todo lo evanescente es mundanal y desdichado. Una rosa es efímera, así como la sonrisa de un niño en un momento determinado, ambos ejemplos, relacionados con lo transitorio, dependerán de la calidad espiritual con la que se los mire para que, por derivación, se experimente un estado de eternidad temporal congraciada con la energía creadora omnipresente y omnisapiente. El ser humano experimenta con frecuencia lo que San Ignacio denominó como diversidad de espíritus. El ser interior es un condición humana derivada de su relación consciente o inconsciente con Dios. Mientras mayor sea la conciencia de su vida interior y de cómo afectan sus ademanes, palabras, pensamientos y acciones al entorno familiar y extrafamiliar, mayor será su sentido de unidad con la bondad divina y con ideal de la desfragmentación religiosa que tanto hace falta para erradicar el espíritu de intolerancia y desunión entre creyentes de distintas religiones. La fragmentación genera infelicidad: ser evangélico y no tolerar al adventista significa ser infeliz; ser mahometano y no tolerar al sefardita significa ser infeliz, ser católico y no tolerar al luterano ortodoxo significa no estar en correspondencia con el estado de felicidad para el que Dios nos hizo. Ser hijo de Dios, de Mahoma, no serlo hijo de ningún Dios pero creer en el principio de la creación cósmica, no creer en nada, deberá aceptarse dentro de la libertad de culto propuesta en numerosas ocasiones por los Concilios Ecuménicos- desde Nicea hasta Vaticano II- celebrados por la Iglesia Católica. Es el ecumenismo el norte del ideal precéptico de la verdadera religión, de la que contribuirá a que el individuo prefiera ,entre la diversidad de espíritus, seguir el ejemplo de San Ignacio y de tantos ( Mahatma Gahndi) seres entregados a la oración, al silencio y a la reflexión.
La importancia del silencio, la reflexión y la oración
Cuando silenciamos nuestra mente y la ponemos en conexión con Dios, experimentamos una felicidad inconmensurable e inigualable. La fama, el dinero, nada que se produzca en la ruidosa cotidianidad y que, en consecuencia, nos “alegre” la vida, puede compararse con la divina gracia del silencio, la reflexión y la oración. La felicidad que se obtiene en momentos de algarabía a través de los hijos, de la madre, del padre, de los hermanos, de los familiares, de los niños, del ser humano en general, es semejante al encuentro con Dios, sí y sólo sí, cuando nuestra mirada se conecta con la otra, cuando nuestro oído escucha con atención a nuestro semejante, cuando el sonido de nuestras palabras se hace conciente en nuestro interior, cuando esas palabras se edifican sobre la moralidad, la espiritualidad, la fe en Dios, la unidad, la tolerancia, el respeto, la admiración...el amor.
La libertad teológica de San Ignacio de Loyola
La libertad experimentada por San Ignacio procede de su propia libertad interior en conexión con el amor de Dios; por ello, San Ignacio vence los obstáculos, es decir la libertad negativa, ( la vida licenciosa, los vicios, el afán de adquirir bienes materiales, el pecado en general) que le impiden desprenderse de lo material y lo mundano para entregarle a Dios su total fidelidad y servir desde el amor y en completa dedicación a su servicio. La libertad teológica manifiesta en la acción de San Ignacio es una libertad para retribuir con amor el amor que de Dios recibe, y no será una libertad de indiferencia (libertad de) porque no existe en principio, intención alguna de negar la influencia de Dios en su vida, por lo tanto, ontológicamente, San Ignacio contradice a la postura filosófica que admite que la libertad para es indisociable con la libertad de. Ahora si libertad de significa autocensurarse o coartarse la propia espontaneidad, entonces, San Ignacio, desarrolla la libertad para sin ninguna traba que pueda superar a través de los Ejercicios Espirituales. San Ignacio no niega los obstáculos, de ahí que estoy de acuerdo con que su libertad sea libertad para.
Los Ejercicios Espirituales son de naturaleza filosófica
Son de naturaleza filosófica de transición espiritual-religiosa. Es de naturaleza filosófica porque cuando San Ignacio compara sus pensamientos sacros con lo profanos experimenta una admiración por los primeros, y este principio es el origen del filosofar conocido como el asombro o la admiración. Luego San Ignacio coteja, pone en duda si seguir o no su vida mundana o descubrir el camino de los Santos; he aquí otro estado del filosofar: la incertidumbre. Luego del dolor, de la cercana muerte, busca la meditación, la soledad en sí mismo y en Dios, reflexiona sobre sus culpas para entregarse de lleno a la vida espiritual y comunicar todo lo que aprendió en su retiro. En síntesis: la admiración, la incertidumbre, el dolor, la muerte, la reflexión en la culpa, la reflexión decantada para comunicar luego una verdad divina, todos principios que se remontan al origen de la filosofía.
Cuando la Iglesia adopta los fundamentos ignacianos, la naturaleza filosófica, primigenia de sus postulados se transfiere a la vida interior eclesiástica con la finalidad de causar una revisión de institucional y personal de todos sus miembros.
¿Amigos en el Señor, Compañeros de Jesús, expresiones vanagloriosas.?
No pienso que en la intención de llamarse amigos en el Señor o compañeros del Señor , haya privado la necesidad de vanagloria. De ser así, entonces, La Agrupación poética Trovadores de La Esperanza, tendría razones para gloriarse y sentirse el adalid de la Esperanza Universal. Para mí sería petulante si un ignaciano se atreviera a decirme que si no formo parte de ellos dejaría de ser compañero de Jesús o dejaría de ser un amigo en el Señor.
La respuesta a las preguntas primera y segunda del ítem uno va implícita en desarrollo de la primera.
A guisa de explicación de las anteriores aseveraciones diré que derivan de la reflexión hecha sobre las preguntas colocadas en el aula virtual, específicamente en la página final de las lecturas de la primera sesión: M encuentro espiritual e intelectual con la obra de San Ignacio ocurre dentro de esta universidad, sin embargo, el silencio, la reflexión y la oración, son procesos tan promovidos por la religión cristiana católica que se adhieren al ser humano sin ser éste perteneciente a alguna religión o incluso sin ser cristiano, sino por necesidad instintiva d dialogar con Dios o con aquello nominado por otras culturas – desarrolladas sin la influencia de la occidentalidad- como la energía creadora y expansiva del universo que llevamos en nuestro espíritu, cuerpo y mente. Así como en 1950, Noam Chomsky, asombró al mundo con su tesis sobre la condición innata (genética), del ser humano en relación con su desarrollo lingüístico, así mismo, San Ignacio de Loyola, cuatrocientos años antes, sistematizó sus Ejercicios Espirituales con la finalidad de ponerlos al alcance de la humanidad y también con la intención de rescatar la vida interior de la Iglesia, no obstante, habrá que deliberar de manera analógica sobre si hacer silencio, reflexionar y orar, son procesos a los que cualquiera puede llegar por derivación, por naturaleza o por instinto; en fin, porque es una iniciativa en todo ser que reciba una mínima idea sobre religión o conceptos teogónicos, cosmogónicos y antropogénicos. La religión es el oprobio de los pueblos dijo alguien alguna vez, y es que la religión en el mundo actual ha dejado de ser una conexión con la espititualidad. Por eso la religión cada día está más acorralada por quienes buscan en su interior lo que el exterior no le brinda. Toda religión es un fragmento y Dios no nos quiere fragmentados sino unidos, de modo pues que la religión hoy es negativa para el progreso de la humanidad.
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