El largo periplo de Barack Obama por las sociedades Oriente Medio y Europa, está demostrando que su carisma no es cuestión de ser negro, blanco, cobrizo, amarillo. Es simplemente una demostración de sensatez ante lo erizado y sensible del sofisticado arsenal nuclear y convencional en muchas regiones y/o sociedades del mundo.

Su discurso, calificado de histórico en Alemania, por la franqueza y abierta postulación a un diálogo de cooperación, a una mayor participación de criterios y razonamientos no tradicionales de la política exterior norteamericana, son índices de una etapa de florecimiento, entendimiento y reconciliación entre los más recalcitrantes y benévolos, cuyo resultado deber ser la igualdad, el respeto, la confraternidad y la libertad de poder elegir para las generaciones futuras un clima benigno y de consideración humana para el planeta, que herido ruge su desestabilización ambiental –y no es una metáfora-, por los excesos y abusos cometidos por el poderoso clan de las naciones ricamente industrializadas y generosamente productoras de miles de toneladas de desechos tóxicos.

Paradójico hablar de libertad más allá de las fronteras raciales, cuando el verdadero meollo del asunto, estriba en controlar las emisiones mortíferas que fábricas, minas, talas, equipos de rodamiento terrestre y residuos aéreos, que todos los días afectan el clima global y social, con la hecatombe que padecemos.