Nadie, absolutamente nadie, tiene la culpa de la similitud sonora y grafémica de los términos: suciedad y sociedad. Al parecer, la vida no está repleta de casualidades sino de causalidades. Es probable que la historia se haya transformado en un ente capaz de construir su propio destino, pero esto sería supremamente irracional si no entendiéramos al hombre como un hacedor de sucesos, que de una manera u otra, trascendentales o no, marcan huellas imperecederas en la existencia inaudita de la raza humana, de la sociedad. La sociedad es una bomba salpicada de rojo muy semejante también a una caja ovalada pletórica de absurdos que el mundo desde antiguo ha contribuido a aumentar. El simple hecho de la presencia de ascosidad, hedor y desorden, deja entredicho que los individuos que allí conviven no son inteligentes, y si lo fuesen, es porque sencillamente han sido escolarizados, es decir, fueron lanzados a la sociedad y sus múltiples estructuras por la mera razón de saber a medias, leer y escribir. Es por esto y por muchas otras razones que la gestión escolar tiene que orientarse hacia la formación de un excelente ciudadano que, luego de desprenderse del sistema educativo no profesional, es decir, del bachillerato, tenga la capacidad de reaccionar contra inepcia y el desatino de una manera intelectivamente lúcida y revolucionaria, para crear o, en todo caso, recrear si es necesario, su entorno y el de los demás en un hacer político constante.