Condenados a su incertidumbre, los hombres-cosa comienzan su jornada. Despachan a sus hijos, salen despedidos de sus aposentos con perfumes fugaces e ingresan en la peregrinación de pies cansados en la ciudad que los reclama. Se apresuran ansiosos por llegar, se angustian, se aprisionan. Logran ingresar, con suerte, en vehículos abarrotados de hombres que, como él, desesperan por no perder el presentismo de sus esclavos trabajos. A término, culminan mezclados de confusos hedores y se someten, al fin, a su triste rutina esquemática y abarrotada de exigencias que en nada compensan su paga. Ellos no han optado. Esta es sólo una necesidad imperiosa que se repite día a día en un país con pocas posibilidades a jóvenes y ciudadadanos capaces que, en muchos casos, quedan perdidos a medio camino.

Concluye el día, sólo el laborable. Resta poco tiempo para vivir y el reloj sigue exigiendo. Los ojos se vuelven cansados, la mirada triste. El cuerpo pesado. El trabajo ha absorvido todo. Nada como resultado.

Retornan los hijos de su jornada escolar y no alcanzan las fuerzas para recibirlos ni contenerlos. Los hombres- cosa caen en desgracia al no poder ya manejar sus capacidades. Han dejado todo pero ya están consumidos. Lloran. Se lamentan. Deben continuar para subsistir. Son necesarios los bienes y los servicios para un país que no perdona los atrasos y que cobra con uñas y dientes el standard mínimo de vida que impone. Imposible detenerse. Como por inercia, los hombres- cosa continuan moviendose. Son escasas ya las posibilidades y aptitudes. Ya deja de ser una cuestion de capacidad. Preparan la cena, la sirven. Deshechan los restos. Qué paradoja con sus resultados!. Son sólo un resabio. Cuando todos descansan ellos siguen, velando por la salud del resto.Los observan descanzar y se alegran aunque no dejan de preguntarse ¿Cuándo llegará nuestra hora?.

Sólo unos escasos momentos para el respiro y luego otra vez el ciclo. La mañana, la tarde, el anochecer. Todo vuelve de nuevo y se retroalimenta.

Pocas horas de sueño. Poco descanso. Las fuerzas se agotan y ellos se vuelven meros entes deambulantes. Sólo el vaiven torpe los distingue de las cosas. Allí se ven.. van hacia ellas y en grandes cementerios humanos, se vuelven tales.