“Se requiere profesional con sentido de urgencia, disposición para trabajar con varios jefes, manejo de situaciones ambiguas, habilidad para relacionarse asertivamente, retención de órdenes, flexibilidad mental y, sobre todo: habilidad para trabajar bajo presión, de lo contrario absténgase de enviar su currículo”.

Espero que usted, cuando hace un instante decidió salir de su rutina y concederse un pequeño espacio para invertir su tiempo leyendo ésta revista, lo haya hecho con la plena tranquilidad de estar en lo correcto, pues en realidad son pocos los minutos que personas como usted y como yo, dedicamos a este tipo de esparcimiento tan enriquecedor y hasta divertido. Tan divertido, como esta clase de avisos clasificados que ofrecen excelentes vacantes laborales, donde sus aspirantes (si no lo son casi todos, pues así la variedad será más infinita a la hora de contratar al “Elegido”) han de demostrar que poseen aptitudes tan prodigiosas como estas:

Muy seguramente si alguno de nosotros alguna vez aceptó un trabajo así -demostrando durante el proceso de preselección contar con todo este gran cúmulo de “virtudes laborales”- habrá terminado enfermo de estrés. Esa reacción, estímulo o quizás interacción de nuestro cuerpo, que identificamos rápidamente cuando la somatizamos de manera involuntaria, en la parte superior de nuestra espalda, en donde se “cuelga como un mico”. Sí, un mico que lleva esa gran carga representada por un trabajo con una excesiva jornada laboral, o a veces, con una intensa serie de conflictos interpersonales con los clientes, proveedores, jefes y hasta con algunos de esos colegas que son impositivos de manera irrespetuosa y hasta desconsiderada con nosotros. Aquí también caben aquellos personajes de la oficina, que son felices afectando negativamente el prestigio de los demás, entre otras tantas aficiones.

“Síndrome del Quemado”

Es allí cuando ese estrés se encarama, detonando de inmediato en quien lo lleva a cuestas un amargo grado de frustración profesional, agotamiento emocional y un distanciamiento o despersonalización del “Quehacer laboral” pues éste, empieza a dejar de ofrecer realización profesional. Y son estas características las que componen el famoso “Síndrome del Quemado”, un mal que afecta a aquellas personas que ya han perdido la ilusión por su trabajo y por hacer las cosas bien.

Lo más riesgoso de este síndrome, es su dificultad para detectarlo en quienes lo padecen, ya que sabe esconderse en los rasgos de personalidad más simples. Sus víctimas, por ejemplo, son personas muy optimistas y entregadas al trabajo, honradas, con iniciativa e independientes, de quienes su jefe nunca sospecharía alguna inconformidad. Pero los afectados, o mejor dicho “Los Quemados”, pueden abandonar su puesto de trabajo en el mejor momento de sus vidas profesionales, dejando atrás una carrera promisoria, sin antes haber enfrentado ese gran monstruo que nació del temible estrés.

El riesgo de decidir "cuándo y cómo operar"

Sin embargo, hallé una serie de profesionales de diversas áreas, dedicados a laborar con la más profunda convicción de que su oficio les puede otorgar, a pesar de las altas dosis de estrés que encuentran día a día dentro del desarrollo del mismo, y durante horas en las cuales usted y yo estamos durmiendo.

El primero de ellos es el médico especialista en cirugía general y vascular, Jorge Alonso Ospina, actual Director Médico de la “Clínica del Country” y cirujano en ejercicio, quien comenta que opera pacientes que ingresan por “Urgencias” con traumas ocasionados por armas de fuego, accidentes automovilísticos o caídas de grandes alturas, entre otro tipo de pacientes.

En ese orden de ideas, su cargo es bastante estresante, pues ha de enfrentar diariamente complicaciones vitales en sus pacientes y, de golpe, si esto persiste durante una intervención quirúrgica, él como cirujano siente que de manera muy delicada puede comprometerse tanto la vida de ese Ser como su propio trabajo, y ante esto la primera sensación que el médico Ospina dice experimentar, es la frustración. Y ni hablar de correr el riesgo de producirle una lesión adicional al paciente, la que no presentaba cuando entró a cirugía, porque el problema de la medicina, según él, es que es ejercida por humanos para humanos y en esto existe el riesgo latente de No acertar en la decisión de qué operar, cuándo operar y cómo operar.

Pero a pesar de esto, el médico Jorge Ospina dice asumir una actitud muy positiva de entrega y de compromiso hacia su trabajo; es así como él puede estar disponible para operar a cualquier hora y también para escuchar de sus pacientes la palabra “Gracias”, esa que le expresan apenas sienten cómo él les proporcionó lo mejor de sí para su beneficio”.

Qué susto!: "Una mamá piloto".

A Ana Milena Sepúlveda, también le complace escuchar la palabra “Gracias” de aquellos comandantes de aeronaves de 200 pasajeros y más, que andan por nuestros aires recordándole cada vez la ven, cómo por la gallardía de ella aprendieron a volar. Ana Milena fue su primer Instructor Piloto y en la actualidad es la mujer colombiana que cuenta con el mayor número de horas de vuelo en su haber (casi ocho mil horas). Ella debe preservar un excelente estado físico, mental y anímico que le permita pilotear bien con cada uno de sus alumnos, pues un buen Aeronauta, además de cerciorarse de tener condiciones normales de vuelo, ha de dejar siempre sus problemas personales en la casa y nunca subirlos al avión… Y mucho menos al tipo de avión que ella pilotea: un “Cessna 152–172 N” o el modelo “PA 28”.

Hace algunos años su hija menor le rogaba que no saliera a volar, porque sus compañeritas del colegio le decían: “Qué susto tener una mamá piloto como la tuya, porque puede morirse en cualquier momento y tú estás muy chiquita”. Ante esto, Ana Milena optó por enfrentar a su hija a este gran temor, llevándosela un día a volar, a fin de que comprendiera mejor cómo es que esta profesión es su gran pasión; y que es mejor vivir a plenitud cada día, confiando en la ayuda de Dios en caso de una falla técnica grave, que pueda poner en peligro su vida y las de sus queridos tripulantes.

Escuchar la señal de hasta "doscientos taxis a la vez"

Pasajeros son también los que atienden tanto Sandra Bernal como Ángela Carvajal, dos Jefes de Recepción y de Turno, respectivamente, de la central de taxis “Real Transportadora”, donde realizan turnos de trabajo muy intensos. Recordemos que los taxis son de uso constante para todos, más en una ciudad que nunca duerme como Bogotá.

Y es aquí donde precisamente la lluvia hace estragos, ocasionando incluso que los taxis se demoren en llegar hasta los usuarios, o en el peor de los casos, no alcancen a arribar. Es en este instante cuando Sandra y Ángela, viven el estrés telefónico de unas líneas aglomeradas por las llamadas de los clientes, que se escuchan desde furiosos hasta incómodos y urgidos por recibir su taxi.

Ellas se adaptaron además, al ruido emitido por sus otros compañeros, quienes deben subirles el volumen a sus propios equipos de comunicación, en especial cuando los aparatos presentan la interferencias normales dentro de la frecuencia comercial con la que opera la central, pues allí utilizan la banda “vhf”, de las más concurrentes y, por ende, de las más ruidosas. La banda captura cuatro frecuencias a la vez, y por cada una de ellas se escucha la señal de hasta doscientos taxis, los cuales Sandra y Ángela oyen constantemente.

Aún así, siendo esto bastante estresante, lo es más sentir esa fuerte angustia que experimentan durante aquellas desdichadas ocasiones en las que escuchan por sus radioteléfonos cómo están atracando a sus taxistas. Así ellas han vivido casos de taxistas heridos, que no alcanzaron a ser auxiliados por sus compañeros, mucho menos por la Policía, que no logra seguirles el rastro a los delincuentes.

Podríamos decir, que todos estos personajes son la mejor muestra de lo positivo del estrés: el trabajo bajo presión. Ellos se han sometido a éste tipo de compromiso, armados de su enorme pericia para manejar el tiempo, los recursos y hasta las adversidades del entorno, logrando finalmente sobresalir en esos momentos de “crisis contra reloj”. Cada uno de ellos cree vehemente que está haciendo lo mejor que puede por su empresa, por su familia, por sus colegas y por ellos mismos. Con dicha actitud, estos profesionales admiten que si estuviesen en el caso contrario, es decir, si no trabajasen, sufrirían entonces de un estrés peor. Ese estrés de in-actividad que carece de estimulación y no exige ningún tipo de destreza.

Ahora sólo nos queda responsabilizarnos por saber llevar nuestra propia carga laboral para no sufrir del “Síndrome del Quemado”, y en cambio, seguir aprendiéndo de todo aquello que se encuentra camino al trabajo.