1) El legado de Friedman. En este trabajo veremos cómo la teoría de Friedman influyó en todo el pensamiento neoliberal posterior, y sus implicaciones para con la división del trabajo internacional, concepto rector del capitalismo.

La crisis del petróleo de 1973 permitió a Friedrich von Hayek tomarse revancha, y resultó un momento propicio para comenzar a propagar las ideas neoliberales. La combinación de procesos inflacionarios con bajas tasas de crecimiento bastó a los partidarios del neoliberalismo para “demostrar” que la crisis de posguerra se debía, fuera de toda duda, a las razones que ellos creían ciertas. El problema central era la presencia estatal en el mapa económico y el excesivo poder de los distintos sindicatos, que movilizaban a los obreros para obtener concesiones sociales “excesivas”. Estas presiones tendían a socavar las ganancias de los empresarios por aumentos de salarios y gastos sociales del Estado. Las empresas perdían de esta manera beneficios y la economía tendía a la inflación creciente y constante.

Los trabajos de Hayek a la construcción de un nuevo régimen ya habían sido desarrollados en Camino de servidumbre, publicado en 1944. La apuesta por liberalizar el mercado e implantar un laissez-faire, como había propuesto Adam Smith en el siglo XIX, dejando el mercado librado al trabajo de la “mano invisible”, había quedado suspendida por el advenimiento del Estado de Bienestar y las políticas keynesianas implantadas luego de la Segunda Guerra Mundial (un gran trabajo de Keynes, levantar las banderas de la economía frente a la crisis). La oportunidad de ver crecer al modelo neoliberal fue justamente la década del ’80, que luego de la crisis del petróleo dejó las puertas abiertas para la aparición de un personaje que no era nuevo, pero que se instalaría decididamente como el nuevo gurú en materia económica: Milton Friedman. Su trabajo fue acogido mundialmente

Friedman había ganado el premio Nobel de economía en 1976, y su trabajo Capitalism and freedom (1962), sentó las bases del que sería un éxito resonante dieciocho años después: Free to choose, otro trabajo con gran repercusión. Los aportes de Friedman son claves para entender las bases del neoliberalismo, y desentrañar su particular forma de escritura se torna necesario para comprender integralmente el pensamiento neoliberal más acérrimo junto a una forma muy particular de expresarlo. Indudablemente, hacer hincapié en los puntos centrales de Free to choose implica reconocer que la obra fue publicada en el momento más oportuno posible: Margaret Thatcher había sido elegida en Inglaterra en 1979, Reagan preparaba su camino en los Estados Unidos y la ola liberal se completaría con Köhl, que en 1982 venció a Helmut Schmidt en Alemania, conformando el bloque conservador Thatcher-Reagan-Köhl. Retomaremos algunos puntos centrales de la propuesta friedmaniana, que servirán como guía para entender las posteriores decisiones y los desarrollos neoliberales que se extenderán a la década del ’90 y al nacimiento de la globalización financiera. En conjunto con estos desarrollos, indagaremos también en otras teorías, que ayudarán a comprender el funcionamiento neoliberal y sus aportes al auge de la globalización financiera y su impacto en la cultura del trabajo.

Sobre el mercado y su relación con el trabajo

En los postulados básicos del pensamiento friedmaniano podemos encontrar una constante recurrencia a la ecuación Estado intervencionista=obstáculo para el desarrollo económico y político de la sociedad. Al mismo tiempo, el mercado aparece como la forma más excelsa de aquello que debemos venerar: es lo que permite a ciudadanos y consumidores llevar una vida alegre, libre y plena. “Todos los días cada uno de nosotros utiliza una cantidad innumerable de bienes y servicios -para comer, verstirnos, cubrirnos del frío y la lluvia, o simplemente para divertirnos-. Damos por sentado que [estos bienes y servicios] estarán disponibles cuando queramos comprarlos. Nunca nos detenemos a pensar cuántas personas han jugado un papel importante para proveernos esos bienes y servicios. Nunca nos preguntamos cómo puede ser que el almacén de la esquina -o, en nuestros días, el supermercado-, tenga en sus góndolas los productos que queremos comprar, cómo es que la mayoría de nosotros puede ganar dinero trabajando para comprar esos bienes” . La respuesta de Friedman es evidente: el mercado es la fuerza que permite todo eso, el mercado hace todo el trabajo. En este sentido, un punto clave en su desarrollo teórico (aunque debamos reconocer que no podríamos hablar estrictamente de “teoría”, sino más bien de la recolección de unos cuantos postulados sustentados en el sentido común), es el del concepto de “intercambio voluntario”. Dice Friedman: “Es natural asumir que alguien debe dar órdenes para asegurarse de que los productos ‘justos’ son producidos en las cantidades ‘justas’ y disponibles en los lugares ‘indicados’. Ese es un método de coordinar las actividades de un gran número de personas -el método del ejército” . Pero es obvio, continúa Friedman, que el general no puede tener control sobre el soldado más raso, no es su trabajo. ¿Cómo se llega entonces a manejar grandes números de personas? A través de una técnica “menos obvia pero mucho más sutil y fundamental”: la cooperación voluntaria. Una economía basada en la cooperación voluntaria, completaría Friedman, tiene en su seno el potencial de promover tanto la prosperidad como la libertad humanas, un duro trabajo. De esta manera, la vieja mano invisible adamsmithiana encontraría un camino fértil para propagarse.

La fábula de la cooperación voluntaria en los trabajos

Al carecer de un fundamento teórico profundo sobre el cual apoyarse, Friedman centra su análisis en la cuestión de la “cooperación voluntaria”. De esta manera, transforma al Estado en un obstáculo indeseable que impediría a los individuos actuar libremente según esa cooperación y que les impediría hacer sus respectivos trabajos, sustentada en principios solidarios. Es oportuno señalar una simpática historia que cita Friedman en Free to choose: “I, Pencil: My Family tree” . Esta historia nos permitirá ver, según el autor, cómo es posible que millones de personas cooperen unas con otras para el bienestar de todos. La historia de Read comienza así [el narrador en primera persona es el lápiz]: “ningún individuo, por sí mismo, sabe cómo fabricarme”. Luego, dice Friedman, “el autor nos cuenta todas las cosas que intervienen en el proceso de fabricación de un lápiz. Primero, la madera viene de un árbol”; se necesitan serruchos para cortarla, camiones y sogas para transportarla. “Muchas personas e innumerables habilidades están involucrados en el proceso: quienes producen el acero para construir serruchos, hachas y motores; quienes fabrican las cuerdas; los lugares donde descansan los leñadores; ¡e inclusive miles de personas han dado una mano en cada taza de café tomada por los leñadores!” . La historia de Read continúa y es bastante más extensa de lo aquí narrado. Lo que nos interesa es la conclusión a la que llega Friedman, por su voluntad de querer arribar a ella: “Ninguna de estas personas involucradas en la producción del lápiz realizó sus tareas porque quería un lápiz. Algunos de ellos ni siquiera vieron nunca un lápiz y tal vez podrían no saber para qué sirve. Cada uno vio su trabajo como un medio para obtener los bienes y servicios que deseaba (…) Nadie sentado desde una oficina central dio órdenes a esos miles de personas para que produzcan lápices. Ninguna fuerza militar tuvo que actuar para obligarlos a cumplir con su trabajo. Estas personas viven en distintos territorios, hablan distintos idiomas, practican distintas religiones, e inclusive podrían odiarse, pero nada les impidió cooperar entre ellos para producir un lápiz. ¿Cómo sucedió esto? Adam Smith nos dio la respuesta hace doscientos años” . Todo eso fue posible, claro está, gracias a la existencia providencial del libre mercado. Y de la división del trabajo -aunque Friedmano no lo diga-.

Casi todo el pensamiento de Friedman se sustenta en “el genio de Adam Smith”, como el mismo lo nombra, y a partir de ideas muy específicas retomadas de Smith, Friedman construye un mundo donde cualquier referencia al Estado es espuria. Uno de los argumentos centrales está relacionado con lo que Friedman denomina “El papel de los precios”, y con la “sencilla forma” en que ellos pueden ser determinados, fuera de la intervención estatal.

El sistema de precios y el mundo del trabajo

Lo que para muchos teóricos podría resultar un desarrollo de cuestiones complejas y articulación de conceptos, Friedman lo resume en pocas líneas y con la misma idea que le sirvió para defender la “mano invisible del mercado”. De hecho, su razonamiento pretende sustentarse en la autoridad de Adam Smith. Friedman toma de La riqueza de las Naciones el concepto de intercambio entre dos partes: “si un intercambio entre dos partes es voluntario, no sucederá salvo que ambas crean que se beneficiarán de él” . Para continuar con el panegírico: “El genio de Adam Smith fue reconocer que los precios que emergían de un intercambio voluntario entre compradores y vendedores –en un libre mercado– podían coordinar la actividad de millones de personas, cada una buscando su propio interés, de manera tal que cada uno saliera beneficiado” .

Las recurrentes apelaciones al pensamiento liberal de Adam Smith le permiten a Friedman intervenir en la discusión sobre cómo enfrentar la crisis del Estado de Bienestar. Avalado por la crisis del petróleo de 1973, Free to choose resulta una defensa apologética de la ausencia necesaria del Estado como una fuerza interventora sobre la sociedad, y como consecuencia, de la inequidad de la división internacional del trabajo. Podemos deducir esto también para lo citado anteriormente respecto del sistema de precios: ¿es acaso infalible, dentro del pensamiento neoliberal friedmaniano, el intercambio voluntario, el triunfo de los intereses individuales de cada consumidor y vendedor, la mágica regulación de los precios, resultado de estas transacciones justas en las que todos ganan? La respuesta es simple: de ninguna manera el sistema es infalible. Eso sí, hay una única razón por la cual el sistema puede fallar: la intervención del Estado, la contaminación de un sistema que sin él funcionaría de forma óptima. Toda legislación, toda medida administrativa que tienda a intervenir en el sistema de precios, es intrínsecamente perniciosa y maligna. El Estado, por lo tanto, no es más que una presencia demoníaca.

En relación con el denominado “sistema de precios”, aparecen tres conceptos vinculados en el desarrollo friedmaniano que cierran esta fábula donde el Estado es el ogro y el mercado la víctima que hay que salvar: los precios como transmisores de información, los incentivos para la acción y la distribución del ingreso en el mercado.

Transmisión de información

Una de las funciones principales que Friedman asigna a los precios es su capacidad de transmitir información a quienes intervienen en el mercado, tanto a los consumidores como a quienes cumplen determinados roles en la división del trabajo, desde el que vende el producto en su negocio (por ejemplo, lápices), hasta quien corta la madera para fabricarlos. Nuevamente en una amena forma narrativa más que teórica, Friedman explica el funcionamiento de esta transmisión de información: “Supongamos que aumenta la demanda de lápices. Los vendedores minoristas se darán cuenta de que están vendiendo más lápices, y pedirán más cantidad a los mayoristas. Los mayoristas pedirán más lápices a los manufactureros, que a su vez ordenarán más madera, bronce y grafito, todos los productos necesarios para fabricar lápices. Para inducir a sus proveedores a que fabriquen más productos, deberán ofrecer un precio mayor por ellos. Este precio ofrecido inducirá a los proveedores a redoblar su fuerza de trabajo para satisfacer el aumento de la demanda. Para contar con más trabajadores deberán aumentar los salarios u ofrecer mejores condiciones de trabajo". La fábula nos deja con una conclusión alentadora: este círculo virtuoso se diseminaría por todo el mundo, informando sobre la existencia de un aumento de la demanda de lápices. Todos los eslabones en la cadena de la producción se verían beneficiados, sin la necesidad de ningún Estado que regule los precios de ningún producto (ni siquiera de los sueldos que percibirían los trabajadores). Debemos destacar aquí que no hay lugar para la desigualdad, o en todo caso para la “injusticia”, puesto que cada individuo que interviene en el circuito económico sale beneficiado. Esta idea aparecerá reforzada cuando nos ocupemos, más adelante, de estudiar el pensamiento neoliberal respecto de los conceptos de equidad y libertad y su relación con el trabajo de cada individuo, y su relación con el mercado del trabajo.

Incentivos para la acción

Gracias a la información transmitida por los precios, los individuos pueden estar motivados a actuar “correctamente”. “Al productor de madera no le resulta productivo que le informen que hay una mayor demanda de madera salvo que tenga un incentivo para reaccionar a la suba del precio de la madera y producir más madera en consecuencia. Una de las bellezas de un sistema de precios libres es que los precios que transmiten información también proveen un incentivo para reaccionar frente a ella y los medios para hacerlo” . Nuevamente, es posible observar cómo el comportamiento dentro del mercado queda supeditado a esa mano invisible que gobierna todas las decisiones. Es notable cómo la debilidad teórica del pensamiento friedmaniano intenta ser contrarrestada con fábulas narrativas en las cuales el sentido común es el argumento más fuerte, el motor que las hace funcionar.

Lo que Friedman denomina “incentivos”, que están íntimamente relacionados con el “sistema de precios libres”, representan ni más ni menos que la actitud neoliberal frente al mercado: los individuos son libres en el mercado, los precios en el mercado son justos, las posibles elecciones de cada uno también son justas, e inclusive las acciones de cada consumidor vienen dadas por los intereses individuales, que a través de la cooperación voluntaria permiten que el sistema de precios funcione correctamente. Estos incentivos para la acción llevan directamente al tercer elemento que menciona Friedman respecto de los precios: la distribución del ingreso en el mercado.

Distribución del ingreso por trabajos y su influencia en el mercado

“El ingreso que cada persona obtiene del mercado está determinado por la diferencia entre lo que recibe por la venta de bienes y servicios y los costos en los que incurre para producir esos bienes y servicios” . Sustentado en el sistema de precios planteado anteriormente, no tienen por qué intervenir otras variables en el comportamiento del mercado: todo es cuestión de cuánto cuesta producir y cuánto se obtiene por las ventas de los productos. Por otra parte, debemos destacar que desde la óptica de Friedman no existe el “ingreso de las corporaciones”. En realidad, explica el Premio Nobel de Economía de 1976, quienes obtienen dinero son los dueños de las corporaciones. La aclaración de Friedman no puede ser más iluminadora: decir “beneficios corporativos” es en realidad “lenguaje figurado”, una mera metáfora. “Sólo los hombres tienen ingresos y los derivan del mercado a través de los recursos que poseen, sean estos stock corporativo, bonos, tierra o capacidad personal” .

La sencillez con la que aparecen desarrollados los argumentos principales a favor de una política neoliberal probablemente sea una característica común a los defensores del neoliberalismo. Ya señaló esto Atilio Boron , y podemos aquí reafirmarlo: lo que aporta sustento al desarrollo neoliberal de Friedman no es su capacidad de desarrollo teórico, sino la forma narrativa con que expone sus diversos argumentos. La apelación al sentido común es algo que podremos observar a lo largo de los distintos aspectos que estudiemos y es lo que ha permitido que tuviera tanta aceptación en un momento que resultó ser muy oportuno para su aparición.

Igualdad y libertad neoliberales

La pregunta que sigue a la cuestión del Estado es, en el pensamiento friedmaniano (y en el de todos los neoliberales), si igualdad y libertad son conceptos que pueden convivir o si resultan contradictorios. En su momento, von Hayek se había preguntado lo mismo, diagnosticando que era imposible asegurar ambas cosas: quienes nacen pobres no tienen ni podrán tener nunca la misma posibilidad de “triunfar” -una idea bien capitalista, la cuestión del éxito-, por la sencilla razón de que ya han nacido en un lugar y en determinadas circunstancias que le impedirán tal cosa. Y esto, para von Hayek y también para Freedman, no tiene ninguna relación con la desigualdad entre clases: es tan sólo fruto del azar.

Para retratar con más precisión el pensamiento neoliberal, introduciremos aquí una cuestión que resulta central en el esquema freedmaniano y que llamaremos la “igualdad de resultados” . Existe la igualdad ante Dios, ya que todos los hombres “han sido creados iguales”, y la igualdad de oportunidades, en la que cada individuo puede desarrollarse “de acuerdo a sus talentos personales”. Por supuesto, indicará Freedman, “una literal igualdad de oportunidades es imposible. Un niño nace ciego, y otro nace con vista. Claramente, no tienen idénticas oportunidades, y no hay manera de que sus oportunidades puedan parecerse” . Pero de ninguna manera debería pensarse esto como conflictivo: es más bien la base del neoliberalismo, cada cual es lo que es porque ha podido explotar su talento propio, innato, al máximo. De esta manera, Bill Gates y tantos otros multimillonarios han logrado sus fortunas gracias a sus capacidades y habilidades personales y no por haber nacido, por ejemplo, en el seno de familias adineradas. “Ni la igualdad ante Dios, ni la igualdad de oportunidades entran en contradicción con la libertad” . Por esta razón, el pensamiento neoliberal se apoya en la igualdad de oportunidades, como bastión para defender la explotación capitalista. Y aquí Freedman completa su fábula narrativa: con una crítica que a los ojos de un neoliberal puede resultar sarcástica, pero que en realidad es casi ridículamente infantil.

La igualdad de resultados, dice Freedman, entra en conflicto con la libertad. “Todos deben tener el mismo nivel de vida, todos deben terminar la carrera al mismo tiempo” . Nada más pernicioso que esto para el empresario capitalista: la explotación resultaría imposible si existiera la igualdad de resultados. El desarrollo de la idea es interesante, puesto que apunta a discutir la cuestión de la “justa” distribución de la riqueza. ¿Quién determina qué es lo justo?, se pregunta Freedman. ¿Por qué el Estado debe promover medidas para que cada individuo obtenga una justa distribución de bienes? Estas medidas reducirían la libertad. Y aquí parecen resonar los ecos de von Hayek, de su camino de servidumbre. “Mucho del fervor moral detrás de la lucha por la igualdad de resultados viene de la creencia de que no es justo que algunos niños tengan una gran ventaja sobre otros simplemente porque han nacido en una familia rica” . Para completar, Freedman cierra su reflexión: “La vida es injusta. Es tentador creer que el gobierno puede rectificar lo que la naturaleza ha creado” .

Las reflexiones de Freedman exponen con facilidad la más expandida creencia neoliberal: que es una cuestión de naturaleza que haya individuos que nazcan en familias pobres; que por puro capricho de la Madre Natura cualquiera podrá tener la chance de ser un empresario magnate o un obrero explotado. Como afirmamos en un principio, el pensamiento neoliberal, y particularmente lo que hasta aquí hemos visto de Freedman, no se sustenta en desarrollos teóricos o conceptuales, sino en bonitas historias que se utilizan como ejemplos para explicar, por un lado, por qué el Estado no debe intervenir en la economía; por otra parte, nadie debe quejarse de la pobreza o la injusta distribución de la riqueza: es lo que la naturaleza ha decidido, o lo que cada uno ha podido hacer con sus propios talentos personales.

Neoliberalismo y democracia

En esa especie de “selección natural”, es una consecuencia casi inevitable que la democracia defendida por el neoliberalismo esté impregnada, en su definición, por contenidos muy lejanos de lo que podríamos concebir como democrático. La experiencia latinoamericana iniciada con la dictadura de Pinochet en Chile indica que fue justamente un escenario contrario a lo democrático el propicio para la propagación de las ideas neoliberales. Terrorismo, censura, medidas tendientes a la acentuación de la desigualdad, promoción de medidas a favor del mercado financiero y de la liberalización de capitales, fueron todas premisas compartidas por la instauración de las dictaduras militares que comenzaron con Pinochet y Videla y se extendieron por toda América Latina.

La democracia neoliberal, en tanto igualdad de oportunidades, seguía funcionando: quien más capital podía invertir resultaba exitoso. Las empresas más importantes, en tanto estuvieran en connivencia con el régimen militar, pudieron seguir funcionando con prosperidad. En Argentina, medios como Clarín, La Nación, Gente, subsistieron justamente gracias a su no oposición a las políticas de censura y represión de la dictadura. Inclusive la guerra de Malvinas, defendida a ultranza como una “resistencia contra el imperialismo británico”, fue vivada desde los grandes medios de comunicación nacionales.

El fin de las dictaduras, en la década del ochenta, sufrió, en la posterior transición hacia gobiernos democráticos, las herencias dejadas por el terrorismo de Estado. “La profundida de la crisis, agravada de modo extraordinario en nuestro continente por la sangría financiera sin precedentes ocasionada por la deuda externa, los desafíos de la redemocratización y, por último, el nuevo clima ideológico mundial, dominado por el paradigma neoconservador, apresuraron la búsqueda de soluciones fundadas en las supuestas virtudes del mercado” . La herencia de los setenta repercutió en los ochenta, y como señala Boron en la obra citada, la mayoría de los países latinoamericanos sufrieron sensibles bajas en su PBI interno per cápita. De esta manera, el camino hacia la instauración de políticas neoliberales estaba abierto. Fujimori en Perú, y Menem en Argentina, son casos modelo de lo que fue la década del 90 en materia política: regulación a favor de las empresas, privatizaciones, recorte del gasto público. Como salida de la crisis, un nuevo gobierno democrático como el de Menem y con Domingo Cavallo como ministro de economía, dispusieron desligar del Estado todo aquello que diera pérdidas: transporte, servicios de agua y electricidad, servicio de telefonía. Como forma de salir de la crisis, fue el mismo Estado el que optó por “achicarse”. Siguiendo los preceptos friedmanianos, se dejó de lado aquello donde más énfasis debía hacerse si lo que se pretendía era reconstruir un modelo de país que estaba horadado. “En un país como la Argentina, cuyo déficit habitacional supera los dos millones de viviendas; donde los hospitales públicos carecen del equipamiento mínimo indispensable para garantizar la salud de la población; donde existen un 40% de deserción escolar y varios millones de analfabetos funcionales; donde la investigación científica languidece, junto a la educación superior, por la bancarrota fiscal; donde el 50% de la población urbana carece de agua corriente y servicios cloacales; donde la administación pública no dispone de los elementos más imprescindibles para realizar su labor; donde maestros, médicos, policías ganan sueldos absolutamente miserables: ¿qué sentido tiene hablar de ‘achicar’ el Estado, reducir el déficit fiscal, disminuir los gastos sociales?” . La reflexión de Boron es clara y con ella volvemos una vez más a la cuestión de la “igualdad de oportunidades”: en el mundo neoliberal, es más que justo que haya desigualdad, pues ella es simplemente una expresión de lo que la naturaleza le ha provisto a cada individuo. El que nace pobre, o el que nace ciego, como nos enseña Friedman, nada puede hacer. No es su culpa estar en inferioridad de condiciones, pero tampoco responsabilidad del Estado intentar equilibrarlas.

El Estado, la bestia negra

Como hemos visto, en el esquema del pensamiento neoliberal, la cuestión del Estado es central. Luego del auge del Estado de Bienestar keynesiano que se vio colapsado por la crisis del petróleo de 1973, la conclusión para explicar la crisis quedó prácticamente servida para quienes apoyaban la doctrina friedmaniana: el Estado se había entrometido demasiado en cuestiones que no le competían, o que no debían competerle. Asignaciones de precios, regulaciones de demanda y oferta, beneficios sociales que generaban déficit. ¿Qué sentido tenía intentar una redistribución de la riqueza si quien tenía menos recursos que otros era porque, o bien no había utilizado sus “talentos”, o bien porque la naturaleza así lo había decidido? ¿Por qué preocuparse por regular el mercado, si evidentemente -y la crisis del petróleo así lo evidenciaba para los neoliberales-, la intromisión estatal había generado un rotundo fracaso? En definitiva, lo que se tomó en América Latina en la década del 70 fue el remedio neoliberal. El Estado se convirtió en un conveniente chivo expiatorio, funcional a la explicación del problema que los pensadores neoliberales pretendían introducir. Así fue como Friedman, por ejemplo, amparado en la pedagogía adamsmithiana, pudo explicar cómo una sociedad podía y debía funcionar sin intervención estatal -salvo los casos en los cuales sí tenía que hacerlo: para favorecer a las empresas, y para garantizar la “libre competencia”-. Como afirma Boron, “la derecha capitalizó notablemente la disconformidad y las protestas de los sectores populares ante una institución cuyo funcionamiento -no sólo en la Argentina sino en toda América Latina- deja mucho que desear” . En eso constituyó el triunfo neoliberal: ante el descontento generalizado, ganó lugar el discurso que anunciaba que con ciertas medidas, “acortando” gastos, la situación cambiaría. Fue la piedra de toque para dar lugar a lo que Samir Amin ha caracterizado como “polarización”, señalada para el sistema capitalista pergeñado en los 80 y perpetrado en los 90 .

El mundo polarizado. El capitalismo a partir de los 90

El proyecto de un mundo polarizado, claramente dividido entre ricos y pobres, entre centro industrializado y periferia atrasada, se ha constitutido como fundamento del pensamiento neoliberal. El excelente trabajo de Amin aborda con justeza esta cuestión, y señala que dicha polarización se da, por un lado, entre los países del globo, pero también al interior de cada uno de esos países. Esta polarización justifica los deseos de Friedman: sosteniendo la desigualdad, es posible fomentar la competencia, estímulo necesario para el crecimiento capitalista.

El período que Amin denomina de posguerra, y que sitúa entre 1945 y 1990, vio erosionadas las bases de una integración al interior de las naciones. “Durante el período se produjo la industrialización de las periferias, un proceso obviamente desigual que resultó el factor dominante en América Latna y Asia (…). En esos años se produjo el progresivo desmantelamiento de los sistemas de producción nacional autocentrados y su recomposición como elementos constitutivos de un sistema integrado de producción mundial. Esta doble erosión supuso una nueva manifestación de la profundización de la globalización” . El desgaste producido alrededor del concepto de Estado y la definición respecto de su rol en la economía y su intervención para promover el funcionamiento de una sociedad democrática (con sus respectivos efectos deseables, tales como redistribución de la riqueza, beneficios sociales, mejoras en salud y educación), se constituyeron como elementos centrales para la crítica neoliberal, que propició la construcción de un nuevo mapa mundial, en el cual algunos autores han celebrado “el fin del estado-nación”, como un momento en el cual las fronteras parecen haber desaparecido, dando lugar a una nueva forma de economía . De hecho, se pregunta Ohmae, si la guerra fría ha terminado y el dinero ya está fuera del alcance de los gobiernos y circula alrededor del globo, ¿para qué queremos un estado nacional?

De alguna manera, Amin intenta responder esta pregunta a partir de una caracterización de lo que él denomina “el sistema mundial actual”, diferente de aquel mencionado para el período de posguerra y en el cual se había alcanzado cierto equilibrio respecto de la cuestión del Estado. La propuesta de Amin está centrada en dos erosiones: por un lado, se observa la erosión del Estado-nación y “la consiguiente desaparición del vínculo entre la esfera de la reproducción y la de la acumulación”, con lo cual se produce un debilitamiento del control político y social, conseguido hasta ese momento gracias a las propias fronteras del Estado-nación. Por otra parte, acudimos a una erosión en la cual se produce una “gran fractura” entre un centro industralizado y regiones periféricas no industrializadas, lo que genera nuevas formas de polarización . Partiendo de estas dos formas de erosión del Estado-nación, Amin plantea una interesante posición en la discusión respecto de las jerarquías globales: propone no hablar de “hegemonías”, por considerarlo un concepto estéril y vago, y resalta la idea de que los países que mejor posición ocupan en el rango de competencia del mercado mundial son aquellos que disponen del uso de cinco monopolios:

1. Monopolio tecnológico: costoso, sólo afrontable por un país rico y poderoso. Usualmente relacionado con gastos militares, sustentados por apoyo estatal.

2. Control de los mercados financieros mundiales: la nueva configuración económica global ha generado la liberalización del mercado, lo que provoca que “la mayor parte de los ahorros de una nación”, que antes circulaban dentro de un ámbito nacional, hoy son operados por instituciones “cuyas operaciones tienen un alcance mundial”.

3. Acceso monopolista a los recursos naturales del planeta: ante la explotación indiscriminada de tales recursos, el capitalismo, en el corto plazo, refuerza el monopolio de los países que ya explotan el medio ambiente, e intentan evitar, por todos los medios, que nuevos países intenten hacerlo. Se limitan “a no permitir que otros sean tan irresponsables como ellos” .

4. Monopolio de los medios de comunicación: la expansión del mercado de los medios ha abierto nuevas formas de manipulación política, constituyendo un poder muy arraigado en los medios, “uno de los principales componentes de la erosión de las prácticas democráticas en el propio Occidente”.

5. Monopolio de las armas de destrucción masiva: en manos según Amin, de los Estados Unidos. Aun a pesar de los riesgos de un descontrol de la proliferción nuclear, es cierto que al no haber control democrático, la solución más visible es la misma proliferación, para luchar contra el monopolio.

Así constitutidos, los cinco monopolios funcionan en conjunto y definen el

poder de los respectivos países del globo. “El resultado final es una nueva jerarquía en la distribución de los ingresos a escala mundial, que subordina las industrias de las periferias y las reduce a la categoría de subcontratadas. Éste es el nuevo fundamento de la polarización” .

En el mapa de la globalización financiera advenida en los finales de la década del 90, con la creciente liberación del mercado financiero y la apertura de capitales; con el inevitable acrecentamiento de poder de los países que ostentan los mencionados monopolios, sucede lo que también Friedman supo celebrar: una desigualdad que aumenta, situaciones desoladoras en la mayoría de los países (con el caso de África como ejemplo más terrible), y una periferia que cada vez más adopta una posición de subyugada respecto de los países industrializados. En el esquema neoliberal capitalista, esto es resultado de lo que la naturaleza le ha deparado a cada uno, y de este argumento se desprender la imposibilidad de cambio. Muy por el contrario, en esa polarización internacional se sostiene el andamiaje de todo el capitalismo financiero.

La circulación del dinero y el fin de las fronteras

Como hemos adelantado, en la citada obra de Kenichi Ohmae se hace hincapié en el fin de las fronteras que ha advenido a partir del crecimiento del sistema económico mundial y de su orientación financiera. Hay una pregunta central que guía su pensamiento: ¿son las fronteras geográficas -arbitrarias- realmente significativas a la hora de hablar en términos de economía? Por supuesto, la respuesta es negativa, y se puede explicar a través de “las cuatro íes”: Inversión, Industria, tecnología de la Información (en inglés, “Information technology”), e Individuos. Estos cuatro elementos permiten comprender el funcionamiento de la “nueva economía mundial” .

En primer lugar, en cuanto a la inversión, está ya no se limita a ningún tipo de frontera geográfica. La fluidez del mundo global permite que sin importar la ubicación donde se asiente una industria, con oportunidad de éxito, el dinero llegará sin problemas. Y vale una aclaración: el dinero será mayormente “privado”, algo que una década atrás sucedía mayormente entre gobiernos o entre prestamistas internacionales y gobiernos. Ohmae resume en esta situación la inutilidad de los Estados: “Como en nuestros días la mayor parte del dinero que atraviesa fronteras es privado, los gobiernos no tienen por qué participar en ninguno de los dos extremos. El dinero irá al lugar en el que se encuentren las buenas oportunidades” .

En segundo término, está la cuestión de la industria, que también es hoy mucho más mundial que nacional. Si en décadas anteriores las empresas se preocupaban por lograr acuerdos con gobiernos anfitriones “en virtud de los cuales aportaban recursos y conocimientos para disfrutar de un acceso privilegiado a los mercados locales” , en el nuevo sistema económico mundial esto ya no sucede. Las estrategias de las corporaciones multinacionales están enfocadas simplemente a dirigirse adonde los mercados más atractivos se encuentren. Pierde importancia la ayuda financiera que pueda brindar un gobierno como anzuelo para captar empresas, pues éstas se desplazan, gracias a la posibilidad de circulación del dinero, adonde ellas consideren conveniente en términos económicos.

Un tercer punto clave desarrollado por Ohmae tiene que ver con las tecnologías de la información. Gracias a los avances tecnológicos advenidos con el siglo XXI, una empresa puede operar en distintas partes del mundo sin tener que asentarse en cada uno de los países en los cuales invierte. Empresas estadounidenses pueden monitorear sin problemas fábricas subsidiarias que tienen diseminadas por distintos países, a través de un sistema informático que procesa la información. “Ya no hay que trasladar a un ejército de expertos; ya no hace falta formar a un ejército de trabajadores. La capacidad puede estar en la red y se puede poner a disposición de quien la necesite, prácticamente en cualquier lugar, cuando haga falta” .

Por último, la “I” correspondiente a los individuos consumidores. Por la nueva configuración del sistema económico mundial, Ohmae resalta que hoy por hoy, gracias al mayor acceso a la información, los consumidores desean siempre el mejor precio, independientemente de la procedencia de los productos.

Combinando estos puntos, es posible vislumbrar la situación de los mercados mundiales actuales. Lo que podemos cuestionar, desde nuestro lugar, es la calificación de esta situación: tanto para Ohmae, como para los neoliberales en general, estas cuatro “íes” funcionan “estupendamente”, y no precisan de ningún estado-nación que intervenga para regular el mercado. Es más, “lo que suelen hacer más frecuentemente es estorbar”.

Algunas consideraciones finales

Hemos desarrollado hasta aquí algunos problemas y reflexiones en torno de la cuestión del Estado, y el neoliberalismo. A modo de cierre, nos gustaría resaltar, a partir de las ideas friedmanianas -que han cimentado las bases neoliberales impuestas en Latinoamérica a partir de la década del 70-, lo que constituye un síntoma de dichos pensamientos: lo que en el neoliberalismo se percibe como sustento de una sociedad justa y libre, en la que cada uno tendría “lo que le corresponde” de acuerdo a cómo la naturaleza ha decidido, es precisamente el fundamento capitalista, y lo contrario a una sociedad justa. Estamos hablando de la división del trabajo, que tan bien divisó Marx, y que constituye las bases del nuevo sistema polarizado mundial, en el que las potencias centrales se constituyen como dueñas del capital, y en el cual los países periféricos no son más que puntos subsidiarios para algunos trabajos de dichas empresas.