En Sociedad > transporte
Jimena tenía veintiún años, era una chica inteligente, que estudiaba en la unviersidad y todos los días cogía el mismo tren, en la estación de Atocha, en Madrid, ya que no tenía medio de transporte. No tenía permiso de conducir porque hacía muchos años, su padre había muerto en un accidente de coche, en la M-30. Ella no había querido correr la misma suerte. Su vida estaba marcada por la tristeza: cuando no tenía más de cinco años, su madre moría dando a luz a un niño que nació enfermo, con el que lucharon para que sobreviviera; sin embargo, tuvo un final feliz. Hoy su hermano tenía dieciséis años y estudiaba bachillerato en un instituto del barrio. Era también inteligente y estaba siguiendo sus pasos. Los dos vivían en casa de su loca tía Elvira, una mujer que tenía la cabeza, como suele decirse, del revés. Había conocido muchos hombres en su vida, pero no había sido capaz de mantener una relación estable con ninguno de ellos. Tampoco se había casado, ni había tenido hijos. De hecho, el juez no estaba del todo convencido al darle la custodia de sus dos sobrinos, pero a falta de más familiares, no tuvo más remedio que hacerlo.
Jimena estaba llevando muy bien sus estudios, pero se había enamorado de Juan, un chico también madrileño, que vivía en su barrio. Se gustaban desde hacía mucho tiempo, se habían conocido compartiendo el mismo transporte: el tren. Habían tonteado durante mucho tiempo pero era ahora cuando habían decidido compartir sus vidas. Un día iban a comprometerse formalmente. Juan había comprado un anillo de compromiso, con un diamante muy pequeño, porque no tenía dinero para más, pero muy significativo. Jimena estaba muy ilusionada con el momento en que vería a su novio y le regalaría el anillo... poco imaginaba que ese momento nunca llegaría.
El amor había llegado a ellos como un ciclón, arrasándolo todo. Los planes que tenían se truncaron cuando se enamoraron, pronto se dieron cuenta de que no podrían vivir el uno sin el otro. Habían decidido casarse el año siguiente, vivir su amor sin prohibiciones... pero también eran lo suficientemente responsables para seguir con sus estudios a pesar de todo. Parecía que todo estaba muy bien estructurado. Tenían la vida muy planeada, demasiado planeada. En esto estaba pensando Jimena mientras esperaba el tren en la estación.
Cuando el tren llegó, el trasiego era enorme: muchísima gente aceleraba la marcha para no llegar tarde a sus respectivos trabajos y los jóvenes del andén subieron al tren que, como cada día, les llevaría a sus respectivos destinos. De pronto, se oyó un gran estruendo. Una lluvia de cristales, de metales empezó a caer por encima de las cabezas de los viajeros. Jimena se llevó las manos a la cabeza muy asustada, sin saber lo que estaba pasando y de pronto... ya no quedaba nada en pie. El tren se había convertido en una infinidad de escombros sobre la vía. El caos se había precipitado sobre todas aquellas personas, muchas de ellas habían muerto, otras estaban heridas. Jimena había desaparecido. Pronto los medios de comunicación dieron la terrible y escalofriante noticia, la que ya todos conocemos, la realidad que todos hubiéramos querido evitar a toda costa. En Santa Eugenia, donde también había habido otra explosión en otro tren, uno de los testigos decía: «He bajado hasta la estación y me he topado con un espectáculo dantesco: uno de los vagones estaba destrozado, abierto por el techo, partido brutalmente por la mitad; la calle estaba llena de restos metálicos, cascotes, hierros retorcidos, cables colgando, objetos esparcidos por el suelo, personas heridas, bomberos, sanitarios, policías, ambulancias; sirenas, luces, desorden, gente en camilla, agitación, socorros improvisados...» Juan, al enterarse, había ido corriendo a la estación, a buscar a Jimena. Quiso acercarse, pero había demasiada gente, demasiado caos... ¡No podía creer lo que estaba viendo! Jimena no aparecía por ninguna parte. Aquel día fue triste para todos, pero Juan estaba destrozado. Aquella maravillosa noche en que iban a sellar su compromiso, el destino les había jugado una mala pasada, el gran amor de su vida había desaparecido bajo los cascotes del tren de la mayor crueldad de los hombres. Un destino roto, vidas truncadas, miles de personas asustadas..
Los medios de comunicación pidieron ayuda. Yo quería ir allí para ayudar a quien pudiese, pero el transporte era un caos. Al final conseguí un billete para salir lo más pronto posible y llegué al cabo de pocas horas: era todo un caos. La gente se agolpaba, había mucha tristeza, muchos destinos rotos... así conocí a Juan. Al principio, él no hacía otra cosa que llorar, pero me di cuenta de que, al sentarme a su lado, Juan parecía calmarse un poco. Sentía que alguien entendía su tristeza y aunque no hablábamos, yo le consolaba en silencio, hasta que al final habló. Primero empezamos a hablar sobre el transporte: habían pasado muchas cosas en poco tiempo y el transporte público había dejado de ser seguro. Poco a poco, él empezó a hablar más, a contarme su historia de amor en la que el transporte había jugado un papel importantísimo. A medida que hablaba, me fui enterando de su situación y nos hicimos amigos. Intenté darle todo el soporte emocional del que fui capaz, siguiendo mi instinto y creo que hoy en día, está empezando a remontar su desgracia. Ha conocido una chica latina, una chica agradable con la que lo pasa bien y le ayuda a superar el dolor, pero él sabe que nunca olvidará a Jimena, su gran amor, la persona por la que habría dado su propia vida. Pero yo creo que a pesar de que a veces el destino es caprichoso, la naturaleza es sabia, y que tal vez él estaba destinado a algo importante, como lo demuestra el hecho de que se ha especializado en cirugía, ya que es médico. Él quiere salvar todas las vidas que pueda, dice que se siente culpable de no haber podido salvar a Jimena.
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