Se podría decir que la historia de los video juegos es la historia de mi infancia y adolescencia. Me perdí solamente el furor de la Atari, con esos juegos vectoriales sin relleno y la propaganda “Atari, ohhhh, Atari, computadoras Atari no sé qué...”. Después, desde que para el cumpleaños de siete recibí como regalo la queridísima Spectrum, no paré hasta la adultez. La Spectrum tenías que conectarla a un televisor. Lo más curioso es que funcionaba con casetes de audio. Necesitabas un equipo de audio bueno, bien calibrado, para que reprodujera los sonidos perfectos que después la Spectrum decodificaría y transformaría en video juegos de 16 colores. Igual en ese tiempo teníamos televisor en blanco y negro y usábamos un reproductor portátil, que calibrábamos con un destornillador (maniobra denominada “el chiqui chiqui”). Era la época en que la industria española de video juegos pisaba fuerte. Toposoft, por ejemplo, o Dinamic. Uno iba a comprar los video juegos en Realtime, un local dentro de una galería de la Ciudad de Buenos Aires. Estaba el Titanic, donde manejabas un buzo en busca del barco hundido. Una mañana lo pude encontrar, después de haber jugado no sé cuántas horas antes. Lo único que apareció fue un letrero al estilo “Has encontrado el Titanic” y listo. Después estaba el Match Day, un gran juego de fútbol. Aunque los que más me gustaban eran los estratégicos, como el Zulu Wars, donde tenías que manejar a los colonialistas ingleses, exterminando a tribus zulúes. Sí, lo habrán hecho sudafricanos racistas, pero en ese momento de la infancia no me puse a reflexionar. El Tobruk era otro de esos formidables estratégicos donde tenías que mover bien los tanques para vencer a la computadora. Si mal no recuerdo, para poner a funcionar un juego había que escribir en la pantalla “run tal juego”, y ahí se ponía a cargar, mostrando una pantalla psicodélica con colores cambiantes que podía tardar como media hora. Y pobres de nosotros si alguien tocaba el equipo de audio. Era volver a empezar la carga. La Spectrum utilizaba el querido Basic, con el que podías programar un video juego, incluso, si te animabas. Es que no en vano digo que la Spectrum era una computadora, no una consola de juegos.

También usaba casetes la Commodore 64 con la que jugábamos después de las clases de Logo, en el instituto. Qué gran estafa la del Logo. Aprendíamos a mover una tortuga mediante comandos. Con eso los profesores recaudaban dinero y a cambio nos daban un conocimiento absolutamente inútil. Después llegó el tiempo de la XT con monitor ámbar en lo de mi abuelo. ¿El juego preferido? Sin lugar a dudas el Ancient Art of War, un video juego estratégico impresionante. Había que elegir un escenario histórico y luchar contra alguno de los grandes genios militares de la historia. Cada uno tenía distintos comportamientos. Como unidades estaban los bárbaros, fuertes para resistir flechazos pero débiles contra la caballería. La caballería necesitaba llevar adelante a los bárbaros, para no ser diezmada por los arqueros, que era una unidad perfecta para defensa en castillos. También podíamos ajustar la formación. Bien pegados para masacrar en el cuerpo a cuerpo, y separados para evitar las flechas. Otro peso pesado de la XT era el Grand Prix, en el que primero corrías la clasificación, y dependiendo del tiempo que hicieras largabas desde determinada posición en la grilla. Después estaban los más clásicos, estilo arcade: Digger, Centipede, etc.

Finalmente llegó a mi casa la 286, con monitor S-VGA, la misma definición que los monitores CRT que se pueden ver todavía. En ese momento era algo muy novedoso. Estuve toda la tarde esperando que mi papá llegara del trabajo con ese chiche. Eran máquinas de Intel, con poca memoria RAM y discos rígidos muy pequeños. Se manejaban con el DOS, que se conseguía en varios disquetes, obviamente piratas. El Windows 3.1 solamente servía para usar algunas aplicaciones, pero los juegos corrían en DOS, después de hacer “dir/w” para que apareciera un listado con los archivos para ejecutar. Algunos video juegos necesitaban determinada cantidad de memoria, o usar la memoria expandida. El manejo de la RAM había que indicarlo en dos archivos: config.sys y autoexec.bat (archivos que todavía existen, sí). También desde ahí, escribiendo algunas líneas de código, se configuraba la tarjeta de sonido. Ya ven cómo nos achanchamos con el Windows, donde está todo automatizado. En esa época, pasarnos a un sistema como Linux no nos hubiera dado tanto miedo. Para la 286 había video juegos de fútbol como el Italia 90, de naves espaciales como el Wing Commander, o gloriosas aventuras gráficas como el Maniac Mansion. Los años 80 y los 90 fue la época de gloria de las aventuras gráficas. El Monkey Island es simplemente perfecto, con humor y un ingenio incomparable. A diferencia de las primeras aventuras gráficas, en las que había que escribir los comandos, en esa época ya había un menú gráfico que se manejaba con el mouse. Los usuarios, agradecidos. Y quién no recuerda la cacería de nazis con el Wolfenstein, un pionero de los First Personal Shooters, que después tendría imitaciones más tecnológicas en el Doom, Duke Nukem, Quake, etc. En el Wolfenstein había que escapar de un castillo infestado de nazis, y la final de cada nivel era un Hitler con distintas armas. La canción apaciguante del menú contrastaba con las dosis de adrenalina del video juego. Otra joya era el Street Rod, que hasta el día de hoy no tiene quien lo supere. La premisa es sencilla. Tenemos un taller mecánico y una determinada cantidad de dinero. Compramos un auto usado y lo hacemos correr picadas para ganar algunos billetes o quedarnos con el auto de nuestros contrincantes. Con lo ganado podemos reparar el auto, comprarle partes nuevas, o invertir en un bólido más poderoso. Entre los autos para elegir están todos los autos clásicos de Ford y de otras marcas. El objetivo final es ganarle a The King.

Algunos años después, salteando la 386, pasamos a la 486 y, por último, a la AMD K6 2. Más velocidad y más memoria RAM, básicamente. En estas máquinas disfrutamos el rey de los Role Playing Games, la serie Ultima, que necesitaba un disco booteable que activara la memoria expandida. En el Ultima manejamos al Avatar, que viaja desde el presente a un mundo fantástico, Britannia, para vivir aventuras y cumplir objetivos. Debemos conversar con todo el mundo para ir sacando información, revisar casas para encontrar comida y armas, resolver acertijos y pelear con monstruos y humanos. Es un juego largo y complejo, en el que vamos reclutando compañeros que nos acompañan. Actualmente no existen video juegos tan finamente planeados, con tanto desarrollo argumental. Están más orientados a la pelea o al entorno multi jugador. Con eso evitan crear un mundo inmenso como el del Ultima, con personajes no jugadores que viven su vida independientemente de lo que hagamos. A la noche se van a dormir, al mediodía van a posadas a comer, atienden sus negocios, etc. El Civilization, como comenté extensamente en otra nota, es el clásico de clásicos de la estrategia. Después había algunas curiosidades, como el Wolf, un simulador de lobo (o el SimAnt, ¡donde manejábamos hormigas!). Teníamos que huir de los cazadores, y a la vez cazar conejos y otros animales para alimentarnos. Había que valerse de todos los sentidos para ir progresando. Incluso se podía elegir un modo recortado, con objetivos específicos. Otro simulador era el Elite. Somos comerciantes espaciales, vendiendo mercancía en distintos planetas para equipar la nave. O contratados para distintas misiones, con jugosas recompensas. En la misma línea iba el Privateer, aunque con un universo bastante más estrecho. Ya empezaba a salir la serie de fútbol FIFA, y también el manager español PcFútbol, donde manejábamos los destinos de un equipo. Comprábamos y vendíamos jugadores, y alineábamos a los muchachos para que salieran a la cancha. Actualmente es más divertido jugar por internet a video juegos como el Hattrick, donde los otros técnicos son humanos también. También fue la época en que comenzaron a aparecer los Real Time Strategy, de la mano del Dune 2. Ambientado en el universo Dune, había que elegir una casa, los Atreides (los buenos), los Harkonnen (los malosos), o los Ordos (comerciantes sin corazón), y cosechar especia para construir unidades. La gran novedad era que todo se manejaba en tiempo real, teniendo que reaccionar rápido y planear distintas tácticas en el momento. En la misma línea salió el Warcraft y el Command and Conquer. Para los que soñaban con crear juegos sin saber programar estaba el Klik & Play (y su secuela de Corel, Click and Create). Mediante menús gráficos y un poco de ingenio, se podrían crear video juegos bastante entretenidos, aunque limitados. Tenía una galería de imágenes y animaciones para no necesitar creaciones propias. Pero obviamente lo más divertido era ponerse a dibujar, por más mal que nos saliera. Después llegó la AMD Athlon, la facultad y el trabajo, por lo que disminuyó sensiblemente el frenesí gamer.

Deben haberme quedado toneladas de juegos en el tintero. Es que había muchas conversiones de las salas de video juegos, pero la gracia era hablar sobre los específicos de la computadora. Si quieren conocer las glorias de esa época o pasar un momento de nostalgia, hay montones de páginas de Abandonware para visitar. La más gloriosa es la de Underdogs (http://www.the-underdogs.info). Hay muchos emuladores para correr los video juegos viejos en nuestras máquinas monstruosas. Que lo disfruten.