Tres millones y medio de inmigrantes de origen europeo llegaron a las costas de Buenos Aires a fines del siglo XIX y un tercio de estos se radicaron en la ciudad. Es así, que hacia mediados del siglo pasado, los marcadores genéticos de grupos sanguíneos de la población de la ciudad, confrontados con los de los habitantes de ciudades de España e Italia resultaban similares. Estas similitudes biológicas se acompañaron también, de una profunda identificación de la población con todo lo que fuera considerado europeo.

A partir de la década de 1940 las corrientes migratorias se modificaron hacia un aumento en la cantidad de migrantes internos y de los países vecinos, asociándose esto a una paulatina disminución en el flujo de inmigrantes provenientes de Europa. Según estadísticas oficiales, el sesenta por ciento de los extranjeros que residían en el 2001 en Buenos Aires y su región metropolitana eran originarios de países sudamericanos.

Luego de este relato surgen dos interrogantes: ¿Estos cambios en los flujos migratorios impactaron en la composición actual de los genes de la población? y si existieron esos cambios en los genes ¿Se tradujeron estas variaciones genéticas en modificaciones en el imaginario que tiene la población de Buenos Aires de si misma?.

Buscar una respuesta a la primera pregunta, fue lo que movilizo a un grupo de cientificos de la Universidad de Buenos Aires liderados por el doctor Francisco Carnese y dedicados a la antropología biologica.

Según datos publicados en la revista Medicina estos científicos argentinos determinaron que cerca de un dieciséis por ciento, del total de una muestra de genes aportados por residentes de la ciudad y el conurbano que voluntariamente donaron su sangre, poseían marcadores genéticos que frecuentemente se encuentran en las poblaciones indígenas americanas y no son representativos de los individuos europeos.

“Somos una población mestiza, sin embargo seguimos pensando que somos exclusivamente descendientes de europeos, esto esta internalizado y sin ninguna duda condicionado por la historia y la educación escolar”, reflexionó Carnese.

La antropología biológica, disciplina a la que se dedican estos investigadores, busca explicar la biodiversidad de las poblaciones teniendo en cuenta aspectos genéticos y sus contextos demográficos e históricos. Para ello, utiliza herramientas que le son propias de la antropología además de otras que pertenecen a diferentes áreas de la ciencia.

Entre las técnicas de mayor aplicación, se destacan fundamentalmente las de serología y las de biología molecular, las primeras se encargan de estudiar la diversidad de los grupos sanguíneos mientras que las segundas intentan estudiar las diferentes características del ADN contenido en el interior de estructuras celulares conocidas como mitocondrias.

Valiéndose entonces del ADN mitocondrial de esta muestra de habitantes, los autores pudieron revelar que el 46 por ciento de la misma poseía línea materna amerindia en contraposición con solo un cinco por ciento que tenia línea paterna amerindia. Este hallazgo, aun no publicado, sorprendió a los investigadores y permitió develar el rol central de la mujer indígena en el proceso de mestizaje.

“Hubo mucha mas cruza entre europeo e india de lo que realmente se imaginaba. Los europeos que llegaron en época colonial eran mayoritariamente hombres”, comentó el investigador.

El conocimiento más profundo de los genes que componen esta población con linaje indígena tiene aplicación práctica en el campo de la medicina. Según manifestaron los investigadores esto permite conocer factores de riesgo genéticos para padecer diversas enfermedades y lograr también evitar complicaciones frecuentes asociadas a situaciones tales como el embarazo o las transfusiones en estos individuos.

De la mano de variaciones en los patrones migratorios, se manifestaron diferencias en el comportamiento genético en la población de Buenos Aires y su región metropolitana en los últimos años. Pero según opinó Carnese “el análisis de genes de una población no basta para explicar como construye su identidad”.

Esta ultima afirmación parece validar la antigua frase que dice que el habitante de Buenos Aires es un italiano que habla español, se viste como un ingles y quiere ser frances.

El camino que recorrerán estos investigadores argentinos con su antropología consistirá en conocer la genética de los habitantes de otras ciudades cosmopolitas del país, tales como Córdoba, Salta y Misiones con la finalidad de construir un verdadero mapa futuro de genes de la nación. Será trabajo de otras ramas de la ciencia procurar armar ese complejo rompecabezas que constituye la identidad de una región.

“Hay que separar la información que uno puede tener a nivel genético del sentimiento de pertenencia que es un problema de tipo cultural, por eso cuando hablamos de identidad no podemos hablar de los genes, cuando hablamos de genes decimos que hubo un cambio. La identidad es otra historia, la identidad tiene una base sociocultural”, concluyó Carnese.