La lectura del arte y la modernidad

Cuando Charles Baudelaire escribió “El pintor de la vida moderna”, jamás imaginó que este texto cobraría vida casi dos siglos después, sin necesidad de adentrarse en la irreverencia de sus acostumbrados giros verbales o en la vehemencia de sus postulados estéticos. Al integrarse en el enunciado los vocablos pintor y vida moderna, el autor deja sobre la mesa su concepción de mundo identificable sólo mediante una lectura háptica que busca desenmascarar la ingenuidad de la frase, para descubrir los múltiples horizontes culturales subyacentes en la conciencia individual del lector. Es asunto de la trivialidad histórica pronunciar que la irrupción de la Ilustración deja sellada toda posibilidad barroca en la sociedad europea. Es sabido que la Ilustración configuró un fraccionamiento religioso, social, político y cultural en el siglo XVIII. El cogito ergo sum de Descartes alineó a la Razón por encima de Dios. La novedad y el entusiasmo de la época sembraron el camino de la democracia en medio de atávicas ideas absolutistas. La pasión por la actualidad es signo de umbralidad y es sensación de transitoriedad. He aquí una razón que ilustra, que discierne y que disiente de todo lo que se abre a su paso; una razón al estilo de Giovanni Papini quien quiso conocerlo todo, saberlo todo, para destruirlo todo…una razón a fin de cuentas en perpetuum mobile.

Todo lo moderno, según Ulrich Gimbrecht es actual, nuevo y efímero, de modo pues que al realizar un arqueo del arte mismo y de las invenciones humanas más celebradas, la imprenta de Gütemberg sería entonces un instrumento novedoso y eterno del que la Ilustración se sirvió para promover sus lineamientos y no como punto de partida de la modernidad. Si así se manipularan las ideas, diríase que en el justo momento de la invención de la rueda, la modernidad, se hubiese inaugurado. Ni la rueda ni la imprenta marcaron el inicio de la modernidad, porque ambas fueron soporte en su momento de la cultura de turno, ni la una ni la otra son efímeras, ni mucho menos se convirtieron en elementos apocalípticos de régimen alguno, mas si fungieron como instrumentos de dominación transitoria tanto intelectual como física, geográfica. La modernidad, al modo de Patxi Lanceros, es la frontera autoconciente y explícita entre dos épocas. El pintor(el arte) que vive en ella representará todo aquello que ante sus sentidos se manifieste como incomparable o heterogéneo, disímil a cualquier representación preexistente. El pintor de la vida moderna establece su arte, su inquietud, en el murmullo de la multitud, en la voz que se escurre tras la vidriera de un café o en el objeto de un basurero, y que no puede soñar en volver a despertar, porque es esa voz la flor de un instante, porque es esa voz transita su belleza en la evanescencia, porque esa voz que pinta el lienzo se inscribe en lo tangible, en lo irreal, platónicamente hablando. Son la vista y el oído, según Juan David García Bacca, “los sentidos más artísticos…sentidos que no están aferrados, agarrados a la realidad, tal como de ordinario se nos presenta.” Para Inmanuel Kant, la belleza posee una sutileza que eleva al ser humano sobre lo real ordinario, brutal. El pintor de la vida moderna va más allá de lo habitual; él aspira, como al amigo de Tirso Vélez, “pintar no la flor sino el aroma”, aspira colorear no el astro sino el resplandor de su luz en los cristales. El pintor de la vida moderna, ya según Baudelaire, ha dejado de inspirarse en las cosas heroicas o religiosas porque su mirada se vuelca sobre la localidad, sobre el margen, el afuera, la vida cotidiana; sobre toda aquella cosa revestida de circunstancia y singularidad. No menosprecia el jardinero del mal que haya existido una modernidad para cada pintor antiguo, claro está, que entre los antiguos hubo quienes, desde la excepción, fueron opuestos a la idea estética de su época. El ejemplo más representativo recae sobre la figura del pintor Peter Brueghel, un artista capaz de dibujar el color del Renacimiento sobre las imágenes de una sociedad enferma y brutal. Es Brueghel un pintor de la vida moderna desde el instante en que se arte traduce lo que otros artista no ven, desde que sus tonalidades iniciaron su angustioso relato de la decadencia, de la pobreza. Está también en Brueghel la sensación de una metamorfosis de lo bello-horrendo o de una estética de lo feo. Es Brueghel, como cualquier pintor de la vida moderna, un artista de la minoría, un hombre de mundo enamorado de lo pagano, del pueblo y sus desmanes, desde donde arranca toda su pasión, su análisis y originalidad, rompiendo, de este modo, el afán sacro por centralizar dentro del arte el poder de la realeza y de la Iglesia junto con el panfletismo iconográfico manifiesto en toda expresión artística bajo su influjo.

Por Ricardo Sayalero García. Junio 2002. Escritos sobre arte.